De las catedrales del dinero a los estudios vacíos
Hubo un tiempo en que las grandes discográficas parecían inexpugnables. Ocupaban edificios majestuosos en las capitales del mundo, contaban con ejércitos de ejecutivos, abogados, y productores, y controlaban cada eslabón de la cadena musical: desde la grabación hasta la distribución. Eran, como hoy los grandes bancos, instituciones más grandes que el propio producto que gestionaban.
Ese mundo desapareció más rápido de lo que nadie anticipó.
La comparación con la gran banca actual no es solo pertinente; es inquietantemente precisa.
El poder del edificio… y su fragilidad
Las grandes entidades financieras siguen proyectando solidez a través de sedes imponentes, oficinas emblemáticas, y plantillas de miles de empleados. Durante décadas, esa monumentalidad fue sinónimo de confianza. Igual que lo eran las torres de las discográficas en Nueva York, Londres, o Los Ángeles.
Pero la historia de la música demostró algo fundamental: la escala física y organizativa no protege frente a un cambio tecnológico. Al contrario, puede convertirse en un lastre.
Las discográficas no cayeron porque dejaran de gustar las canciones. Cayeron porque su modelo —basado en control, intermediación, y escasez artificial— dejó de tener sentido cuando la tecnología permitió distribuir música de forma directa, global y casi gratuita.
Hoy, la banca se enfrenta a una dinámica similar.
Intermediarios que confundieron control con valor
Las discográficas creían que su valor residía en controlar el acceso al mercado. Sin ellas, un artista no podía grabar, distribuir, ni cobrar. Cuando la tecnología eliminó esa barrera, quedó al descubierto una verdad incómoda: el intermediario no era imprescindible, solo era dominante.
La gran banca corre el mismo riesgo. Durante años, controlar cuentas, pagos, crédito y custodia fue una ventaja estructural. Hoy, muchas de esas funciones pueden replicarse —o superarse— con software, plataformas digitales, y sistemas descentralizados.
Cuando el cliente puede pagar, invertir, ahorrar, o transferir valor sin pisar una sucursal ni hablar con un gestor, el edificio deja de ser una fortaleza y pasa a ser un coste fijo difícil de justificar.
Las monedas digitales de bancos centrales: el golpe estructural
La introducción de monedas digitales emitidas directamente por los bancos centrales marca un punto de inflexión histórico. Por primera vez, ciudadanos y empresas podrán —al menos potencialmente— tener dinero del banco central sin pasar por un banco comercial.
Esto no es una mejora tecnológica; es un cambio de arquitectura del sistema financiero.
Si el dinero digital del banco central se convierte en un medio de pago ampliamente aceptado:
- los depósitos bancarios dejan de ser la forma dominante de dinero;
- la banca pierde el monopolio práctico sobre la creación monetaria;
- el banco central pasa de ser un regulador del sistema a un proveedor directo de la infraestructura monetaria.
Es el equivalente financiero a lo que supuso internet para la distribución musical: una capa pública que hace redundante al intermediario tradicional.
Plantillas enormes en un mundo que ya no las necesita
Las discográficas estaban llenas de perfiles diseñados para un mundo analógico: gestores de catálogo, responsables de distribución física, intermediarios comerciales. La digitalización no los hizo menos competentes; los hizo irrelevantes.
La banca tradicional enfrenta hoy un problema parecido. Gran parte de sus estructuras internas existen para sostener procesos manuales, burocráticos, y fragmentados que la tecnología moderna puede automatizar o eliminar por completo.
El problema no es solo económico, sino cultural. Las organizaciones grandes, jerárquicas, y aversas al riesgo no se transforman con facilidad. Las discográficas intentaron adaptarse tarde, comprando startups, creando plataformas propias, defendiendo el statu quo con litigios. Perdieron tiempo. Perdieron talento. Perdieron el control.
Cuando el negocio sigue existiendo, pero la industria no
La música no desapareció. Al contrario: nunca se consumió tanto. Lo que desapareció fue la idea de que necesitaba gigantes corporativos para existir.
Ese es el paralelismo más inquietante para la banca.
Las finanzas seguirán siendo esenciales. El crédito, el ahorro, los pagos y la inversión no van a evaporarse. Pero no hay ninguna ley que diga que deban organizarse alrededor de bancos universales con miles de empleados y márgenes protegidos por la inercia.
Como ocurrió en la música, el valor se desplazará:
- del control a la experiencia,
- de la infraestructura física al software,
- de la jerarquía a la red.
El error final: creer que el pasado garantiza el futuro
Las grandes discográficas no murieron por falta de información. Vieron venir el cambio. Lo subestimaron. Creyeron que su tamaño, su historia y su poder de negociación les darían tiempo. No lo hicieron.
La gran banca corre hoy el mismo riesgo de soberbia estructural: pensar que la regulación, la confianza histórica o el miedo al cambio del cliente bastarán para sostener el modelo actual.
La música enseñó una lección brutal: cuando la tecnología elimina la necesidad del intermediario, la pregunta no es si el intermediario se adapta, sino si lo hace lo suficientemente rápido.
Algunas entidades financieras lo lograrán. Muchas no.
Y dentro de unos años, cuando miremos esos edificios majestuosos y esas organizaciones mastodónticas, quizá los veamos como hoy vemos las antiguas sedes de las discográficas: monumentos a una era que dominó el mundo… hasta que dejó de hacerlo.
