A comienzos del siglo XX, Estados Unidos era una potencia económica en plena expansión, pero su sistema financiero tenía un talón de Aquiles: funcionaba sin red de seguridad. No existía un banco central, no había un prestamista de última instancia y, cuando estallaba una crisis, cada banco quedaba librado a su suerte. La confianza era el único pegamento del sistema… y en 1907, ese pegamento se rompió.
La chispa fue un fallido intento de especulación con acciones de una compañía de cobre. Lo que parecía un episodio aislado se transformó rápidamente en un pánico financiero. Varios bancos y trust companies comenzaron a caer, los rumores se multiplicaron y los ahorradores hicieron lo único que saben hacer cuando el miedo se apodera del mercado: correr a retirar su dinero.
En pocos días, Wall Street estaba paralizado. Las colas frente a los bancos crecían, las reservas se evaporaban y el crédito se congelaba. La economía real comenzaba a sentir el impacto. Y lo más inquietante era que no había ninguna institución pública capaz de intervenir. El gobierno miraba desde afuera y el sistema financiero se enfrentaba a su propia fragilidad.
En ese vacío apareció John Pierpont Morgan.
Morgan no era solo un banquero más: era el centro de gravedad del sistema financiero estadounidense. Cuando la crisis amenazó con llevarse todo por delante, convocó a los principales banqueros del país a su biblioteca privada en Nueva York. Allí, entre balances revisados a contrarreloj y decisiones tomadas bajo enorme presión, Morgan actuó como un banco central improvisado.
Decidió qué instituciones eran viables, organizó rescates, forzó aportes de capital y, sobre todo, restauró la confianza. Inyectó liquidez cuando nadie más podía hacerlo y logró frenar el pánico antes de que se transformara en un colapso total. Wall Street sobrevivió gracias a la acción coordinada —y autoritaria— de un solo hombre.
El sistema se salvó, pero la lección fue inquietante: una economía moderna no podía depender de la fortuna, el criterio ni el carácter de un banquero privado para sobrevivir a una crisis. El país necesitaba una institución permanente, con capacidad de emisión y legitimidad pública, que actuara cuando el miedo paralizara a los mercados.
Esa lección desembocó, pocos años después, en la creación de la Reserva Federal en 1913. Su función central era clara: servir como prestamista de última instancia, aportar liquidez en momentos de estrés extremo y evitar que una crisis de confianza destruyera el sistema financiero y la economía real.
Desde entonces, el rol de los bancos centrales se volvió indispensable. Hoy, más de un siglo después, nadie duda de su importancia. Cuando estalla una crisis —ya sea financiera, sanitaria o geopolítica— los bancos centrales actúan con rapidez: bajan tasas, inyectan liquidez, compran activos, y sostienen al sistema antes de que el pánico se propague.
Sin embargo, este avance trae consigo un dilema profundo.
La certeza de que siempre habrá un rescate puede incentivar comportamientos más riesgosos. Si las ganancias se privatizan en tiempos de bonanza, pero las pérdidas se socializan cuando todo sale mal, el sistema tiende a asumir riesgos cada vez mayores. Es el problema del riesgo moral: la red de seguridad que evita el colapso también puede alentar excesos.
La historia de 1907 nos recuerda por qué necesitamos bancos centrales fuertes y creíbles. Pero también nos advierte que su existencia no elimina la necesidad de responsabilidad, regulación, y prudencia. El prestamista de última instancia es fundamental cuando el miedo se extiende, pero no puede convertirse en una excusa para apostar sin límites.
Sin embargo, todo parece indicar que esa lección hoy se está olvidando. En un entorno donde los rescates llegan rápido y la liquidez parece infinita, muchos agentes y operadores del mercado actúan con una responsabilidad cada vez menor, confiados en que siempre habrá alguien dispuesto a apagar el incendio. El riesgo se normaliza, la disciplina se diluye, y la confianza vuelve a ponerse a prueba. La historia ya mostró cómo termina ese camino. La pregunta por tanto no es si volverá a ocurrir, sino cuándo, y a qué costo

