Cada cierto tiempo reaparece el mismo titular: el dólar ha dejado de ser la moneda de reserva del mundo. El argumento suele apoyarse en el avance de la fragmentación geopolítica, el uso creciente de sanciones financieras y el deseo —legítimo— de muchos países de reducir su dependencia del sistema financiero estadounidense. Sin embargo, cuando se examinan los datos con frialdad, el diagnóstico resulta bastante menos dramático.
Es cierto que el peso del dólar en las reservas oficiales de los bancos centrales ha disminuido de forma sostenida durante las últimas décadas. En 1999, el dólar representaba cerca del 70% de las reservas globales; hoy esa cifra ronda el 57%. La pérdida es relevante —13 puntos porcentuales—, pero conviene contextualizarla. No se trata de un fenómeno reciente ni atribuible a una administración concreta, sino de una tendencia lenta y estructural que se extiende a lo largo de más de veinte años.
Además, la diversificación no ha beneficiado a un único competidor claro. Aproximadamente dos puntos han ido al euro, otros dos al yuan, y una parte significativa se ha canalizado hacia el oro, reflejando más una búsqueda de activos alternativos que la emergencia de una nueva moneda hegemónica. En otras palabras, el dólar ha perdido cuota, pero no ha sido reemplazado.
Donde el discurso del declive resulta aún más débil es en el ámbito de las transacciones internacionales. En pagos globales, comercio, y financiación, el dólar no solo sigue liderando, sino que ha reforzado su posición. Su participación en los pagos internacionales ha alcanzado el 50,5%, el nivel más alto desde 2023, y supone un aumento de 11,6 puntos porcentuales en los últimos cuatro años. Este avance se ha producido, en gran medida, a costa del euro, que ha visto erosionarse su cuota en los flujos globales.
La aparente contradicción —menos peso en reservas, más uso en transacciones— no lo es tanto. Las reservas reflejan decisiones estratégicas de largo plazo y consideraciones políticas; las transacciones reflejan eficiencia, liquidez, profundidad de mercado, y confianza operativa. Y en estos factores el dólar sigue sin rival. Ninguna otra moneda ofrece, hoy por hoy, un mercado de capitales comparable, una infraestructura financiera tan amplia ni un activo “libre de riesgo” con la escala y liquidez del Tesoro estadounidense.
Nada de esto implica que el estatus del dólar sea inmutable. La tendencia a la diversificación es real y continuará. Pero confundir una erosión gradual con un colapso inminente es un error de análisis. El sistema monetario internacional no se transforma por declaraciones políticas, sino por alternativas creíbles que aún no existen.
La reflexión final es incómoda para quienes anuncian el fin del dólar: el mundo quiere reducir su dependencia de la moneda estadounidense, pero todavía no ha encontrado nada mejor. Hasta que eso ocurra, el dólar seguirá siendo menos dominante que antes, pero tan imprescindible como siempre.

