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27/01/26

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Estados Unidos. Del multilateralismo a la soberanía estratégica

En un giro sin precedentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos está desplegando una estrategia de política exterior que desplaza de raíz su tradicional compromiso con las instituciones supranacionales que han estructurado el orden mundial durante más de siete décadas. Bajo el argumento central de proteger su soberanía y seguridad nacional, la administración Trump ha concretado una serie de retiradas, recortes financieros y propuestas institucionales alternativas que desafían la relevancia y viabilidad de organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS), numerosas agencias de las Naciones Unidas y, potencialmente, alianzas de defensa como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Salida de la OMS: un símbolo de ruptura

El 22 de Enero de 2026, Estados Unidos completó formalmente su retirada de la Organización Mundial de la Salud, poniendo fin a una relación que había durado casi 80 años desde la fundación de la agencia tras la Segunda Guerra Mundial. Washington fue históricamente el mayor financiador del organismo, aportando cientos de millones de dólares anuales y liderando iniciativas de salud pública global. La salida se había iniciado con una orden ejecutiva emitida el 20 de Enero de 2025, citando errores en la gestión de la COVID-19, supuesta falta de independencia y una hostilidad percibida a los intereses estadounidenses. La decisión ha dejado a la OMS ante un déficit financiero de consideración y ha generado inquietud entre expertos en salud pública sobre la debilitación de la vigilancia, la respuesta a pandemias y la coordinación global en crisis sanitarias.

Retirada de organizaciones de la ONU y otras entidades multilaterales

Pero el abandono de la OMS es solo la punta del iceberg. En Enero de 2026, la Casa Blanca emitió un memorando que ordenaba la retirada de 66 organizaciones internacionales, incluidos 31 organismos vinculados a la ONU y 35 que no lo están, argumentando que «operan de manera contraria a los intereses de Estados Unidos».

Entre las entidades señaladas se encuentran organismos clave como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, UN Women, el Fondo de Población de la ONU y diversas comisiones económicas regionales. La medida también alcanza foros globales no pertenecientes a la ONU sobre temas que van desde el cambio climático hasta la migración y el ciberdesarrollo. Esta decisión, sin precedentes en su escala, representa una retirada masiva de Washington del tejido institucional que ha caracterizado la gobernanza mundial desde mediados del siglo XX.

 “Board of Peace”: una alternativa diseñada en Davos

En este contexto de desencanto con las instituciones existentes, el presidente Donald Trump ha presentado, ahora, en Enero de 2026 en el Foro Económico Mundial de Davos la creación del Board of Peace —consejo de paz— diseñado inicialmente para facilitar un alto el fuego en Gaza, pero que según su promotor podría evolucionar para abordar conflictos más amplios y, en la retórica oficial, sustituir la función de organismos como la ONU en la resolución de disputas globales.

Aunque los detalles operativos siguen siendo escasos, el lanzamiento del Board of Peace marcó un intento explícito de establecer una plataforma alternativa a las instituciones multilaterales tradicionales. La iniciativa, criticada incluso por aliados occidentales que no fueron invitados a participar plenamente, ha generado inquietud sobre si se trata de una reorganización pragmática de la diplomacia global o de un reemplazo con legitimidad cuestionable fuera de la órbita estadounidense.

¿El ocaso de la OTAN?

En paralelo, Trump ha sugerido repetidamente que estructuras como la OTAN —la alianza militar transatlántica que ha sido el pilar de la seguridad europea durante más de 70 años— requieren una profunda reconfiguración o incluso un reemplazo. En sus comentarios públicos ha planteado la posibilidad de que el Board of Peace asuma roles que tradicionalmente han sido del dominio de la OTAN, argumentando que los aliados europeos deben contribuir más a su propia defensa y que las estructuras existentes no responden adecuadamente a los intereses estadounidenses.

Aunque por ahora no hay un proceso formal de retirada de la OTAN, las últimas declaraciones y propuestas reavivan el debate sobre la sostenibilidad de alianzas tradicionales frente a nuevos mecanismos de seguridad impulsados unilateralmente por Washington.

Una nueva doctrina o un desafío a la cooperación global

La narrativa oficial de Estados Unidos es clara: las instituciones supranacionales han crecido hasta vulnerar la soberanía nacional y, en varias ocasiones, han operado en contra de los intereses estadounidenses y su visión de seguridad. Esta crítica se combina con una agenda interna de recalibración del gasto exterior y de enfoque en alianzas bilaterales y formatos “a la carta”, en los que Estados Unidos mantiene el liderazgo directo.

Para algunos analistas, esta estrategia puede verse como un intento de reequilibrar las cargas y corregir lo que perciben como una multilateralidad asimétrica que beneficia desproporcionadamente a actores con agendas divergentes. Para otros, supone un debilitamiento deliberado del sistema multilateral que ha permitido la cooperación en salud, derechos humanos, desarrollo y seguridad global durante generaciones.

¿Un punto de inflexión histórico?

La suma de estas decisiones —la salida de la OMS, la retirada de decenas de organizaciones globales y la apuesta por alternativas institucionales bajo control estadounidense— plantea una pregunta fundamental: ¿estamos ante el inicio del fin del orden multilateral del post-guerra? O, en lugar de un colapso, ¿podría tratarse de una transformación hacia una gobernanza global más fragmentada, donde priman acuerdos bilaterales y coaliciones flexibles sobre instituciones universales?

Lo que está en juego es más que un debate académico: la capacidad para enfrentar desafíos transnacionales —desde pandemias hasta conflictos armados, crisis climáticas y brechas de gobernanza global— puede depender de si se logra una coordinación colectiva o si cada gran poder reorienta la cooperación según sus propios criterios estratégicos.

 

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