La sucesión de Jerome Powell al frente de la Reserva Federal ha dejado de ser un trámite institucional para convertirse en uno de los episodios más reveladores de la nueva economía política estadounidense. Lo que está en juego no es solo el nivel de los tipos de interés, sino el papel del dólar, la independencia del banco central, y el modelo económico que Estados Unidos quiere adoptar en la próxima década.
Durante meses, Donald Trump ha repetido un mensaje con una claridad poco habitual en política monetaria: la Reserva Federal debería llevar los tipos de interés hacia el 1%. No como respuesta a una crisis financiera, sino como instrumento deliberado de política económica.
En paralelo, la presión sobre Jerome Powell ha alcanzado niveles sin precedentes. La apertura de una investigación criminal relacionada con la reforma de la sede de la Fed fue interpretada en Washington como un intento explícito de erosionar la autoridad del presidente del banco central y enviar un mensaje inequívoco sobre quién marca las prioridades económicas del país.
Sin embargo, el reciente nombramiento de Kevin Warsh como candidato a presidir la Fed ha introducido una complejidad inesperada en esta narrativa.
Warsh no es un político. Es un técnico con experiencia directa en la crisis de 2008 y profundo conocedor de la institución. Y sus declaraciones públicas apuntan a un diagnóstico que, aunque compatible en apariencia con algunas críticas de Trump, conduce a conclusiones muy distintas.
El diagnóstico de Warsh: el problema no fueron los tipos, fue el balance
Para Warsh, el gran error de la Fed en las últimas dos décadas no fue mantener tipos bajos, sino haber expandido el balance de la institución desde menos de 1 Trillón de dólares antes de la crisis financiera hasta cerca de 9 Trillones tras la pandemia. Incluso después de los esfuerzos de reducción cuantitativa, hoy el balance se mantiene en torno a 6,5 Trillones, un nivel históricamente anómalo.
Su argumento es profundo y políticamente incómodo:
- Esta expansión masiva de liquidez infló el precio de activos financieros e inmobiliarios.
- Contribuyó a la inflación posterior.
- Y generó una desigualdad estructural, ya que aproximadamente la mitad de los estadounidenses no posee activos financieros y vive exclusivamente de su salario, mientras que la otra mitad vio multiplicarse el valor de su patrimonio.
En esta lectura, el problema central no es si los tipos deben estar en 3% o en 1%. El problema es que hay demasiados dólares estructuralmente en el sistema.
Y la solución implícita es clara: una política monetaria más restrictiva, reducción progresiva del balance, y prudencia frente a recortes agresivos de tipos.
La contradicción con la estrategia económica de Trump
Aquí emerge la gran paradoja.
La insistencia de Trump en recortes drásticos de tipos no responde únicamente al deseo de estimular el consumo o abaratar el crédito. Responde a un objetivo mucho más estratégico: debilitar el dólar.
Durante décadas, el dólar fuerte ha sido una bendición para los consumidores estadounidenses, pero un lastre para su industria:
- abarata importaciones,
- encarece exportaciones,
- alimenta déficits comerciales crónicos,
- y desincentiva la producción local frente a Asia y Europa.
La nueva agenda económica de la Casa Blanca —aranceles, reindustrialización, relocalización de cadenas de suministro— necesita un dólar más débil para funcionar.
La ecuación política es sencilla:
Tipos bajos → dólar débil → exportaciones más competitivas → industria más fuerte.
Pero la ecuación monetaria de Warsh es exactamente la inversa:
Menos liquidez + tipos relativamente altos → dólar más fuerte.
El dólar como campo de batalla silencioso
Una Fed que reduzca el balance y mantenga una postura hawkish atraerá capital global hacia activos denominados en dólares. Eso implicará, inevitablemente, una apreciación del USD frente al euro y otras divisas.
Y eso socavaría, sin proponérselo, el corazón del proyecto económico de Trump.
Por primera vez en décadas, el valor del dólar no es una consecuencia secundaria de la política monetaria. Es un objetivo político explícito.
Y la Fed se encuentra atrapada entre dos visiones de país:
Visión Trump | Visión Warsh (técnica) |
| Dólar débil para exportar | Dólar fuerte por disciplina monetaria |
| Tipos bajos para estimular industria | Tipos prudentes para controlar inflación |
| Liquidez para crecer | Reducción del exceso monetario |
| Prioridad geoeconómica | Prioridad estabilidad macro |
La verdadera pregunta para el Senado
El debate en torno a la ratificación de Warsh no gira realmente en torno a su competencia, que es ampliamente reconocida.
La cuestión de fondo es más delicada: ¿Seguirá Warsh su propio diagnóstico técnico o la estrategia política de la Casa Blanca?
Si actúa conforme a sus convicciones:
- Mantendrá una línea ortodoxa.
- Priorizará la estabilidad monetaria.
- Y fortalecerá el dólar.
Si, por el contrario, se alinea con las prioridades de Trump:
- Acelerará los recortes de tipos.
- Tolerará un balance elevado durante más tiempo.
- Y contribuirá a debilitar el dólar.
Eso no es una decisión técnica. Es una decisión sobre el modelo económico de Estados Unidos.
La independencia de la Fed bajo una nueva presión
En ciclos anteriores, la Reserva Federal debía elegir entre inflación y empleo.
En este ciclo, debe elegir también entre estabilidad monetaria y estrategia industrial nacional.
Nunca antes el banco central estadounidense había estado tan directamente implicado en una agenda geoeconómica.
Y por eso la nominación de Warsh es tan significativa: podría convertirse en el primer presidente de la Fed que tenga que decidir no solo entre halcones y palomas, sino entre: la ortodoxia monetaria y la visión estratégica del presidente que lo nombró.
En esta ocasión, el desenlace no se reflejará primero en los tipos de interés. Se reflejará en el valor del dólar.

