La economía global sigue respirando a crédito, pero los signos de fragilidad proliferan
La economía estadounidense – y por extensión gran parte de la economía global – continúa avanzando con una sorprendente sensación de normalidad. El empleo se mantiene relativamente sólido, el consumo resiste, y los mercados financieros operan sin signos evidentes de estrés sistémico. Sin embargo, bajo esta superficie de estabilidad se está acumulando un deterioro cada vez más visible en la calidad del crédito, que plantea una pregunta incómoda: ¿cómo puede sostenerse esta calma cuando las tasas de morosidad se acercan a niveles propios de una crisis?
El crédito no deja de crecer
El endeudamiento de los hogares estadounidenses alcanzó a finales de 2025 aproximadamente 18,2 Trillones de dólares, un nuevo máximo histórico. Los saldos de tarjetas de crédito superan ya los 1,2 Trillones, los préstamos para automóviles rondan los 1,7 Trillones, y la deuda estudiantil permanece por encima de 1,6 Trillones de dólares. En conjunto, el crédito sigue expandiéndose, impulsando el consumo, y retrasando ajustes más dolorosos.
Este crecimiento, sin embargo, no va acompañado de una mejora proporcional en la capacidad de pago de los prestatarios.
Morosidad en niveles preocupantes
Los datos de impagos empiezan a revelar una imagen mucho más frágil:
- La morosidad de más de 90 días en tarjetas de crédito se sitúa en torno al 12,7%, peligrosamente cerca del 13,7% alcanzado durante la crisis financiera de 2008.
- En el segmento subprime de préstamos para automóviles, la mora de más de 60 días ha alcanzado el 6,8%, un nivel históricamente elevado que refleja tensiones crecientes entre los hogares de menor renta.
- En el ámbito educativo, más de 9 millones de préstamos estudiantiles están actualmente en mora, tras el fin de las moratorias y programas de indulgencia aplicados durante la pandemia.
- En el mercado inmobiliario comercial, la tasa de mora en CMBS del segmento oficinas ha alcanzado el 12,3%, el nivel más alto jamás registrado, superando incluso los máximos de la crisis de 2008.
A esto se suman las recientes tensiones en el mercado de crédito privado, donde la congelación de reembolsos en un fondo gestionado por Blue Owl Capital ha puesto de relieve los riesgos de liquidez y valoración en un sector que ha crecido de forma explosiva al margen de la banca tradicional.
¿Por qué no aparece esta mora en los balances?
La clave de la paradoja reside en el desfase temporal y contable entre la morosidad y sus efectos económicos reales.
En primer lugar, muchos préstamos en mora no se reconocen inmediatamente como pérdidas. Los bancos y entidades financieras utilizan provisiones, reestructuraciones, extensiones de plazo, y modificaciones contractuales para evitar clasificar créditos como incobrables. En el crédito privado y en los mercados estructurados, los activos suelen mantenerse a valoraciones internas, lo que suaviza artificialmente el impacto en resultados.
En segundo lugar, una parte sustancial del riesgo ha sido desplazada fuera del sistema bancario tradicional, hacia fondos, vehículos estructurados, y mercados de titulización. Esto fragmenta el impacto: en lugar de concentrarse en unas pocas instituciones sistémicas, las pérdidas potenciales se distribuyen entre inversores, planes de pensiones, y ahorradores, reduciendo la probabilidad de quiebras inmediatas visibles.
Además, los hogares y empresas han recurrido masivamente a estrategias de supervivencia financiera: uso de tarjetas para cubrir gastos corrientes, aplazamientos de pagos, programas de ingresos contingentes en préstamos estudiantiles, y refinanciaciones parciales. Estas medidas permiten seguir operando, pero a costa de acumular fragilidad.
Tipos altos, pero con amortiguadores
Aunque los tipos de interés han empezado a moderarse, siguen siendo elevados y han descendido más lentamente de lo esperado, según ha reiterado la Federal Reserve. Sin embargo, muchas empresas y hogares aún están protegidos por deuda emitida a tipos bajos en años anteriores, lo que retrasa el impacto total del endurecimiento monetario.
Este colchón temporal explica por qué las quiebras no se han disparado, pese al aumento de la mora. El problema no es la ausencia de insolvencia, sino su postergación.
La ilusión de estabilidad
El resultado es una economía que sigue funcionando gracias a un sistema financiero que absorbe, difiere, y redistribuye las pérdidas. La morosidad aumenta, pero no se traduce de inmediato en cierres masivos, despidos, o crisis bancarias. En su lugar, se manifiesta como una erosión lenta: balances más frágiles, consumo sostenido por deuda, y mercados que dependen de que la confianza no se rompa.
Lecciones de 2006-2008
El paralelismo con el periodo previo a la crisis financiera global es inquietante. Entonces, como ahora, las tasas de mora comenzaron a aumentar mientras el crecimiento y el empleo se mantenían sólidos. La diferencia es que hoy el riesgo no está concentrado en un solo activo – como la vivienda residencial – sino disperso entre consumo, automóviles, educación, oficinas y crédito privado.
Además, el sistema actual está diseñado para ganar tiempo: diferir pérdidas, redistribuir riesgos, y evitar ajustes bruscos. Esa sofisticación reduce la probabilidad de un colapso inmediato, pero aumenta el riesgo de una erosión prolongada y más difícil de gestionar.
Reflexión final
La estabilidad actual no es prueba de fortaleza, sino de capacidad de aplazamiento. El crédito continúa sosteniendo la actividad económica, pero las cifras de morosidad revelan que una parte creciente del sistema ya no es plenamente solvente. Mientras los impagos puedan esconderse en plazos extendidos, valoraciones opacas, y estructuras complejas, la economía seguirá avanzando. La pregunta no es si este modelo puede continuar indefinidamente, sino cuánto tiempo puede hacerlo antes de que la acumulación de insolvencia deje de ser gestionable.
