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28/01/26

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USD: estrategia, riesgo, y el fantasma de una guerra de divisas

El dólar ha dejado de comportarse como la divisa refugio incuestionable que dominó la arquitectura financiera global durante décadas. Su reciente depreciación frente al euro — que ha alcanzado niveles cercanos a 1,20— no es solo un movimiento técnico de mercado ni una reacción pasajera a datos macroeconómicos. Refleja, más bien, una narrativa política y estratégica que empieza a tomar forma desde Washington.

Las declaraciones de Donald Trump afirmando que no está preocupado por la caída del dólar, y que este simplemente “se dirige a su precio justo”, han sido interpretadas por los mercados como una señal inequívoca: Estados Unidos ya no defiende activamente la fortaleza de su moneda. En un contexto donde otros países —en particular China y Japón— han sido históricamente acusados por Washington de mantener sus divisas artificialmente débiles, la aparente tolerancia (e incluso complacencia) hacia un dólar débil sugiere un cambio de paradigma.

El dólar débil como instrumento político y económico

Lejos de ser un accidente, la debilidad del dólar puede entenderse como una herramienta funcional dentro de la agenda económica del trumpismo.

Primero, como motor exportador

Un dólar más barato convierte a los productos estadounidenses en más competitivos en los mercados internacionales. Desde maquinaria industrial hasta bienes agrícolas y tecnología, el “Made in USA” se vuelve más accesible para compradores extranjeros. Esto encaja perfectamente con la narrativa de revitalización industrial asociada al lema Make America Great Again: más fábricas, más producción doméstica y, en teoría, menos dependencia de importaciones.

Segundo, como respuesta estratégica a Asia.

Durante años, Washington ha acusado a China y Japón de mantener el yuan y el yen infravalorados para sostener superávits comerciales masivos con Estados Unidos. Un dólar débil funciona como una réplica indirecta a esta política: si EEUU no puede forzar a otros a revaluar sus monedas, puede permitir que la suya caiga para neutralizar esa ventaja.

Tercero, como mecanismo de alivio de deuda.

Con una deuda pública que supera ampliamente el 120% del PIB, un dólar más débil tiene un efecto técnico relevante: reduce el valor real de las obligaciones denominadas en dólares. En otras palabras, la inflación importada y la depreciación de la moneda actúan como un “impuesto silencioso” sobre acreedores, facilitando el servicio de la deuda a largo plazo.

 

Otras motivaciones menos evidentes

Más allá de estas razones explícitas, existen otros incentivos implícitos para tolerar —o incluso fomentar— un dólar débil.

  • Reindustrialización vía sustitución de importaciones. Un dólar caro incentiva la compra de bienes extranjeros; uno débil empuja a consumidores y empresas a optar por producción local.
  • Reequilibrio del déficit comercial estructural. EEUU ha mantenido déficits comerciales crónicos durante décadas, financiados por la demanda global de dólares. Un ajuste cambiario es una forma indirecta de corregir ese desequilibrio.
  • Presión sobre los mercados financieros. Un dólar más débil suele impulsar activos reales y bolsas estadounidenses, reforzando la riqueza doméstica.
  • Reducción del atractivo del ahorro en dólares para extranjeros. Esto podría forzar a que más capital global se reinvierta productivamente dentro de EEUU en lugar de mantenerse en deuda del Tesoro.

El efecto colateral: inflación importada y el dilema de la Fed

  • Sin embargo, esta estrategia no está exenta de costes macroeconómicos significativos. Un dólar débil encarece automáticamente las importaciones: energía, componentes electrónicos, bienes de consumo, materias primas y productos intermedios utilizados por la industria estadounidense.
  • Ese encarecimiento se traduce en inflación importada. Incluso si la demanda interna se modera, los precios pueden seguir presionados al alza simplemente por el efecto cambiario. Para una economía que ha luchado durante años por reconducir la inflación hacia el objetivo del 2%, este factor se convierte en un obstáculo estructural.
  • Aquí emerge una tensión central: mientras Trump ha presionado reiteradamente a la Reserva Federal para que baje los tipos de interés y estimule el crecimiento, un dólar débil hace precisamente lo contrario de lo que la Fed necesita para justificar esa bajada. La depreciación de la moneda obliga al banco central a mantener una postura más restrictiva durante más tiempo para evitar que la inflación se reavive.
  • En otras palabras, la política cambiaria implícita de la Casa Blanca puede estar dificultando la política monetaria que desea.

El Euro en 1,20 y el dilema europeo

Para Europa, el fortalecimiento del euro frente al dólar no es necesariamente una buena noticia. Encarece las exportaciones europeas en un momento de crecimiento frágil y pone presión sobre el Banco Central Europeo para evitar un endurecimiento monetario excesivo. Paradójicamente, mientras EEUU parece aceptar —y quizá buscar— un dólar débil, Europa se encuentra incómoda con un euro fuerte que erosiona su competitividad. ¿Hacia una guerra de divisas?

Este entorno recuerda a episodios históricos en los que las principales economías compitieron por devaluar sus monedas para ganar ventaja comercial. Si Washington deja de defender el papel del dólar fuerte, otros bancos centrales podrían verse forzados a responder. Japón y China difícilmente permitirán que sus exportaciones pierdan competitividad relativa sin actuar.

El riesgo es una guerra de divisas silenciosa, donde cada país intenta abaratar su moneda sin declararlo abiertamente. El resultado podría ser una erosión progresiva de la confianza en las divisas fiat y un aumento del atractivo de activos alternativos —oro, materias primas, e incluso criptomonedas— como reservas de valor.

Un cambio estructural en la hegemonía del dólar

Durante décadas, la fortaleza del dólar fue un pilar del liderazgo económico estadounidense. Permitía financiar déficits sin consecuencias inmediatas y consolidaba el papel del dólar como moneda de reserva global.

La novedad ahora no es solo que el dólar caiga, sino que desde la Casa Blanca no parece existir urgencia por detener esa caída.

Si esta postura se consolida, el mundo podría estar presenciando un giro histórico: el paso de un Estados Unidos que defendía el “dólar fuerte” como símbolo de poder, a otro que lo utiliza como palanca táctica en una nueva fase del nacionalismo económico.

El Euro en 1,20 puede ser solo el primer síntoma visible de ese cambio más profundo.

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