El problema oculto detrás de la expansión de los programas de bank sweeping en Estados Unidos es más que evidente.
Durante décadas la regla parecía sencilla. En Estados Unidos un depositante tenía una protección asegurada por la FDIC de hasta 250,000 dólares por banco y por titularidad. Por encima de ese límite el cliente debía asumir una realidad elemental de cualquier economía de mercado: si quería mantener grandes cantidades de dinero en un banco debía preocuparse por la solvencia de esa institución.
Esa regla no era un accidente. Era una pieza esencial de la disciplina financiera. Un depositante con varios millones de dólares tenía al menos en teoría un incentivo para preguntarse dónde colocaba su dinero. ¿Es este banco solvente? ¿Está bien gestionado? ¿Tiene una cartera de préstamos excesivamente agresiva? ¿Depende de financiación inestable? ¿Tiene suficiente capital para absorber pérdidas?
Hoy sin embargo, una parte creciente de esa lógica ha sido diluida por la expansión de los programas de bank sweeping y las redes de depósitos recíprocos.
El mecanismo es relativamente sencillo. Un cliente deposita por ejemplo cinco millones de dólares en una institución. A través de una red de bancos participantes el dinero puede dividirse en múltiples depósitos cada uno por debajo del límite estándar de 250.000 dólares por entidad. A cambio el banco original puede recibir depósitos equivalentes procedentes de otros miembros de la red.
El cliente mantiene la comodidad de trabajar con una única entidad. Su saldo sin embargo queda distribuido entre numerosos bancos. De esta manera puede acceder a una cobertura agregada del seguro de depósitos muy superior al límite de 250.000 dólares que en principio caracteriza al sistema de garantía de la FDIC.
La operación es técnicamente sofisticada. El problema es que sus consecuencias económicas merecen mucha más atención de la que reciben.
La desaparición de la disciplina del depositante
El primer efecto es evidente: cuanto más protegido se siente un depositante menos necesita preocuparse por la calidad del banco.
Si una empresa puede mantener diez, veinte, o cincuenta millones de dólares, y considerar que todo su saldo está protegido mediante su distribución automática entre decenas o cientos de entidades, la pregunta sobre la solvencia del banco con el que mantiene la relación comercial deja de ser esencial.
Esto altera profundamente la disciplina de mercado. En un sistema financiero sano el riesgo debería tener un precio. Un banco conservador, bien capitalizado, y prudentemente gestionado, debería disfrutar de una ventaja competitiva. Un banco que asume riesgos excesivos debería tener que pagar un precio más alto para atraer financiación o sencillamente perder depósitos.
Pero cuando el cliente no necesita analizar el riesgo porque su saldo se distribuye automáticamente y permanece en gran medida dentro de los límites asegurados por la FDIC una parte fundamental de ese mecanismo desaparece.
El banco ya no tiene que convencer al cliente de que es seguro.Basta con convencerle de que su dinero lo está. Son dos cosas muy distintas.
La diferencia entre ambas define uno de los problemas fundamentales de la arquitectura bancaria moderna. La primera exige buena gestión. La segunda puede conseguirse mediante ingeniería de depósitos.
El seguro de depósitos como ventaja competitiva
Los defensores de estos sistemas sostienen correctamente que permiten a bancos pequeños y regionales competir con las grandes entidades. También facilitan la gestión de liquidez de empresas, instituciones públicas, y clientes con grandes saldos.
No es un argumento menor. La crisis de 2023 demostró que los depósitos no asegurados pueden abandonar una entidad con una velocidad extraordinaria. Silicon Valley Bank se convirtió en el ejemplo más dramático de cómo la concentración de grandes depósitos sin cobertura puede acelerar una crisis de liquidez hasta convertirla en una cuestión de horas.
Pero reconocer la utilidad de una herramienta no significa ignorar sus efectos secundarios. La pregunta debería ser si estamos resolviendo un problema de liquidez creando otro de incentivos.
El seguro de depósitos se diseñó para evitar que un pequeño ahorrador perdiera sus ahorros por el fracaso de un banco. No para garantizar que cualquier entidad, independientemente de su tamaño, estrategia o calidad de gestión, pueda captar cantidades prácticamente ilimitadas de financiación porque sus clientes no necesitan preocuparse por su solvencia.
A través de las redes de depósitos recíprocos, una entidad puede captar grandes relaciones comerciales y al mismo tiempo redistribuir los fondos entre una red de bancos participantes. La entidad mantiene la relación con el cliente y obtiene a cambio depósitos equivalentes procedentes de otros bancos.
En esencia la estructura permite separar dos elementos que tradicionalmente estaban unidos: la relación comercial con el cliente y la evaluación del riesgo de crédito del banco.
El cliente cree que está trabajando con una entidad. Su dinero sin embargo puede estar repartido por todo el sistema.
El banco puede seguir creciendo aunque su riesgo aumente
Aquí aparece una de las distorsiones más importantes. En teoría una entidad mal gestionada debería encontrar cada vez más difícil atraer depósitos. Si los clientes perciben un aumento del riesgo deberían retirar sus fondos o exigir una mayor remuneración.
En la práctica la existencia de una red de depósitos asegurados puede reducir significativamente esa presión.
Una entidad puede ofrecer a un cliente una estructura en la que grandes cantidades quedan distribuidas automáticamente entre bancos asegurados. Para el depositante la solvencia del banco que origina la relación se convierte en una preocupación secundaria. El riesgo inmediato de perder el depósito queda reducido mediante la estructura de aseguramiento.
Pero eso no significa que el riesgo haya desaparecido. Simplemente se ha desplazado.
El banco sigue tomando decisiones de crédito. Sigue invirtiendo. Sigue asumiendo riesgo de duración, riesgo inmobiliario, riesgo de liquidez y riesgo de concentración. Si esas decisiones son equivocadas, las pérdidas no desaparecen porque los depositantes estén protegidos.
Las pérdidas se trasladan a la estructura de garantía. Esta es la esencia del problema del riesgo moral: quien toma la decisión puede disfrutar de una parte importante de los beneficios, mientras que una parte del coste potencial del fracaso queda absorbida por un sistema de protección colectivo.
El único sector con una red de seguridad pública permanente
La banca disfruta de un privilegio que prácticamente ningún otro sector de la economía posee.
Una empresa industrial que fracasa no puede pedir que el Estado proteja automáticamente a todos sus clientes. Una cadena hotelera mal gestionada no recibe una garantía pública sobre los pagos realizados por sus consumidores. Una compañía tecnológica no puede seguir captando recursos argumentando que, si quiebra el Gobierno protegerá automáticamente a quienes contrataron sus servicios.
En la banca sin embargo existe una infraestructura pública de protección.
El seguro de depósitos es necesario. Sin él las crisis bancarias serían más frecuentes y destructivas. La existencia de la FDIC ha sido una de las grandes innovaciones institucionales del sistema financiero moderno.
Pero una cosa es proteger al pequeño depositante. Otra muy distinta es utilizar esa garantía para facilitar la captación masiva de depósitos.
El sector bancario ha construido un modelo en el que en demasiadas ocasiones las ganancias permanecen privadas mientras que las pérdidas potenciales terminan directa o indirectamente dentro de una red de protección colectiva.
La fórmula es conocida: privatización de beneficios y socialización del riesgo.
Es cierto que el fondo de seguro de depósitos de la FDIC se financia principalmente mediante primas pagadas por las entidades aseguradas. Pero el sistema existe porque cuenta con el respaldo institucional y la credibilidad del Estado. La confianza última del depositante no descansa en el balance de su banco sino en la certeza de que existe una garantía respaldada por la autoridad pública. Cuando esa garantía se extiende de forma efectiva a cantidades cada vez mayores mediante redes de sweeping la frontera entre protección prudencial y subsidio implícito al modelo bancario comienza a desdibujarse.
El gran problema: todos los bancos empiezan a parecer iguales
Un mercado eficiente necesita diferenciar entre las buenas y las malas empresas. Sin esa diferenciación el precio del riesgo pierde su función.
Los depósitos bancarios han sido históricamente una de las pocas formas mediante las cuales el mercado podía ejercer una disciplina directa sobre las entidades. Un banco que asumía riesgos excesivos podía encontrarse con dificultades para atraer grandes depósitos no asegurados.
Pero si esos depósitos pueden ser automáticamente divididos en bloques asegurados y redistribuidos entre una amplia red de instituciones el incentivo para seleccionar cuidadosamente el banco disminuye.
Un banco excelente y uno mediocre pueden ofrecer al cliente una protección similar.
Un banco conservador y uno agresivo pueden acceder a la misma infraestructura de depósitos.
Un banco con una gestión prudente y otro con un balance más arriesgado pueden competir por el mismo cliente sin que éste tenga una necesidad real de distinguir entre ambos.
Ese es precisamente el tipo de distorsión que las economías de mercado deberían evitar.
No se trata de defender la desaparición del seguro de depósitos. Se trata de recordar que el seguro tiene un coste: reduce la disciplina del mercado.
Cuanto mayor sea la cobertura mayor será la necesidad de una regulación estricta.
Cuanto más fácil sea para una entidad acceder a grandes depósitos asegurados más exigente debería ser el control sobre la forma en que utiliza esos recursos.
La crisis de 2023 debería haber servido de advertencia
La respuesta a las crisis bancarias recientes ha sido en muchos casos ampliar explícita o implícitamente la protección.
La desaparición de Silicon Valley Bank y Signature Bank reforzó la idea de que cuando una entidad sistémicamente relevante entra en crisis las autoridades tienen un enorme incentivo para proteger a los depositantes incluso por encima de los límites ordinarios.
La lección que algunos participantes del mercado extrajeron fue clara: el límite de 250.000 dólares puede ser una regla legal pero la protección efectiva en una crisis puede ser mucho mayor.
Los programas de bank sweeping llevan esa lógica un paso más allá.
En lugar de esperar a una crisis para proteger grandes saldos permiten estructurar anticipadamente la distribución de los fondos entre múltiples bancos asegurados.
Desde el punto de vista del cliente es una solución cómoda.
Desde el punto de vista del sistema es necesario preguntarse si estamos reduciendo la posibilidad de que los depositantes ejerzan la mínima disciplina sobre las instituciones que reciben sus fondos.
El falso argumento de que el riesgo desaparece
El dinero distribuido entre múltiples bancos puede estar mejor diversificado. Pero la diversificación no elimina necesariamente el riesgo del sistema. Lo transforma.
Si una red permite que una institución capte grandes depósitos y a cambio reciba financiación equivalente de otros bancos, el riesgo individual del depositante puede reducirse. Pero el riesgo bancario no desaparece: se vuelve más interconectado.
Y la interconexión es una de las características más peligrosas de cualquier crisis financiera.
Un sistema de bancos conectados por redes de depósitos recíprocos puede ser más eficiente en tiempos normales. Pero también puede resultar más difícil de analizar en tiempos de tensión.
La paradoja es evidente: cuanto más se distribuye el riesgo para proteger al cliente individual más complejo puede resultar determinar dónde se encuentra realmente el riesgo agregado.
¿Qué debería cambiar?
La solución no pasa necesariamente por eliminar los programas de bank sweeping. Sería poco realista y probablemente perjudicial para muchas empresas que necesitan gestionar grandes posiciones de efectivo.
Pero sí sería razonable revisar los incentivos.
En primer lugar los grandes depositantes deberían tener una información mucho más clara sobre dónde está realmente colocado su dinero y qué bancos forman parte de la cadena de custodia y aseguramiento.
En segundo lugar las entidades que utilizan de forma masiva estas estructuras para captar financiación deberían estar sometidas a requisitos de liquidez y capital especialmente rigurosos.
En tercer lugar debería existir una diferenciación mucho mayor entre la protección diseñada para los ahorradores y los mecanismos utilizados por grandes corporaciones para garantizar decenas o cientos de millones de dólares de efectivo.
No parece razonable que una pequeña empresa con 500.000 dólares y una gran corporación con 500 millones puedan acceder mediante ingeniería de depósitos a un nivel de protección que reduzca de forma significativa su necesidad de evaluar el riesgo bancario.
El seguro de depósitos debe proteger al ciudadano. No convertirse en una herramienta de financiación ilimitada para entidades bancarias.
La pregunta que el sistema evita
La cuestión de fondo es incómoda. Si un banco necesita una red de seguros públicos para convencer a los depositantes de que coloquen cantidades ilimitadas de dinero en su balance, ¿estamos ante un mercado bancario verdaderamente competitivo?
La competencia debería basarse en la calidad del balance, la prudencia en la gestión del riesgo, la fortaleza del capital, y la confianza que una institución es capaz de generar por sí misma.
Sin embargo una parte creciente de la competencia bancaria se basa en quién puede ofrecer la estructura más eficiente para garantizar los depósitos.
El resultado es que el depositante ya no elige necesariamente al banco más sólido. Elige al banco que puede ofrecerle la mayor comodidad con la mayor protección. Es una diferencia sutil pero fundamental.
El seguro de depósitos fue creado para proteger al sistema de la psicología colectiva de una corrida bancaria. No debería convertirse en un mecanismo que permita a las instituciones liberarse de la disciplina que impone el propio mercado.
La estabilidad financiera no puede construirse eliminando todos los incentivos para preocuparse por el riesgo.
Porque cuando nadie tiene que preocuparse por dónde está su dinero alguien, inevitablemente termina asumiendo el riesgo.
Y en la banca moderna demasiado a menudo ese alguien acaba siendo el sistema entero.
El gran privilegio de la banca no es que pueda asumir riesgos. Todas las empresas los asumen. Es que cuando el riesgo se materializa existe una infraestructura pública diseñada para evitar que sus clientes paguen el precio completo.
Privatizar las ganancias y socializar las pérdidas es una fórmula tan antigua como peligrosa. Los programas de bank sweeping no la han creado.
Pero al extender la protección del seguro de depósitos mucho más allá de su límite aparente corren el riesgo de hacerla más invisible.
Y los privilegios más peligrosos son casi siempre aquellos que el mercado ha dejado de ver.

