En los mercados globales de energía, no todos los cuellos de botella son iguales. El Estrecho de Hormuz es, con diferencia, el más crítico.
La escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán ha devuelto al centro del debate uno de los mayores riesgos sistémicos para la economía mundial: la interrupción del tráfico energético por Hormuz, paso obligado para cerca del 20% del petróleo y del gas natural licuado consumido en el mundo.
Las cifras del cuello de botella
Por el estrecho transitan diariamente:
- Alrededor de 20,3 millones de barriles de petróleo
- Cerca de un 20% del comercio mundial de GNL (290 millones de metros cúbicos)
- Mercancías energéticas valoradas en más de 1.000 millones de dólares al día
La magnitud del flujo explica por qué Hormuz no tiene sustituto real a corto plazo.
¿Existen rutas alternativas? Sí, pero son limitadas
Algunos países del Golfo han desarrollado infraestructuras para reducir su dependencia del estrecho. Sin embargo, su capacidad combinada es modesta frente al volumen total que normalmente cruza Hormuz.
- Arabia Saudí dispone del oleoducto Este-Oeste que conecta sus campos petrolíferos con el puerto de Yanbu, en el mar Rojo.
- Emiratos Árabes Unidos cuenta con un oleoducto que permite exportar crudo desde Abu Dabi hasta el puerto de Fujairah, fuera del estrecho.
En conjunto, estas rutas alternativas permiten desviar alrededor de 3 millones de barriles diarios, apenas una fracción de los 20 millones que normalmente atraviesan Hormuz.
Otros grandes exportadores, como Irak, Kuwait y Catar, no disponen de alternativas operativas suficientes y dependen casi por completo del estrecho para sus exportaciones de petróleo y gas.
El resultado es claro: incluso utilizando al máximo todas las rutas alternativas, más de 80% del flujo habitual quedaría interrumpido en un cierre prolongado.
China: el epicentro del impacto
El país más expuesto a este escenario es China. Pekín importa alrededor de 6,5 millones de barriles diarios de Oriente Medio, lo que representa cerca del 50% de todo su petróleo importado.
Un cierre de Hormuz no solo elevaría los costes energéticos de China, sino que afectaría directamente a su seguridad energética, a su balanza comercial, y a su capacidad de sostener el crecimiento industrial. En este contexto, el impacto sería tanto económico como estratégico, con implicaciones para la política exterior y las reservas estratégicas del país.
El efecto en los precios del petróleo
Los analistas coinciden en que la combinación de un cuello de botella extremo y alternativas limitadas provocaría una reacción violenta en los mercados. En un escenario de interrupción parcial, el Brent podría situarse en 90–110 dólares por barril. En caso de cierre prolongado, varias estimaciones apuntan a 120–150 dólares, niveles propios de un shock petrolero histórico.
El mercado del GNL sería incluso más vulnerable, especialmente en Asia, donde la dependencia de Catar y del Golfo es elevada y las alternativas son escasas.
Inflación, crecimiento, y tipos de interés
Un aumento sostenido de los precios energéticos se trasladaría rápidamente al conjunto de la economía:
- Inflación: el shock podría añadir entre 0,5 y 1,5 puntos porcentuales al IPC en economías avanzadas, más en emergentes.
- Crecimiento: el encarecimiento de la energía actuaría como un impuesto sobre consumo e inversión, aumentando el riesgo de desaceleración o estanflación.
- Tipos de interés: los bancos centrales se enfrentarían a un dilema incómodo: apoyar el crecimiento o contener la inflación. En la práctica, muchos analistas prevén tipos más altos durante más tiempo y retrasos en cualquier ciclo de recortes.
Reflexión final
El Estrecho de Hormuz no es solo una vía marítima: es una prueba de estrés permanente para la economía global. Que un punto por el que pasan 20 millones de barriles diarios y del que dependen países como China pueda alterar inflación, crecimiento, y política monetaria, revela hasta qué punto el sistema energético mundial sigue concentrado y expuesto.
Mientras no existan alternativas reales y escalables, Hormuz seguirá siendo un recordatorio incómodo de que, en un mundo interconectado, la estabilidad económica global puede depender de un estrecho paso de agua vigilado por la geopolítica

