Hay una forma extraordinariamente cómoda de hablar de la economía de un país. Nos referimos a mirar la tasa de crecimiento del PIB, compararla con la de sus vecinos, y concluir que la economía funciona bien.
El problema es que el PIB por sí solo cuenta una historia incompleta. Cuando los medios de comunicación anuncian que la economía estadounidense crece entre un 2% y un 3% anual, el mensaje que recibe el lector es sencillo: Estados Unidos tiene una economía dinámica, sólida, y saludable. Se habla de la fortaleza del consumidor, de la resistencia del mercado laboral, de la innovación tecnológica, y de la superioridad del modelo económico estadounidense.
Pero hay una cifra que rara vez recibe la misma atención: el déficit público.
Estados Unidos puede crecer alrededor del 2% o 3%, pero lo hace mientras mantiene un déficit federal cercano al 6% del PIB. Para 2026 la Congressional Budget Office proyecta un déficit de 1,9 trillones de dólares, equivalente al 5,8% del PIB. Además, el déficit medio estadounidense de los últimos cincuenta años ha sido del 3,8% del PIB.
La pregunta por tanto debería ser inevitable: ¿cuánto de ese crecimiento económico existe gracias a un nivel de gasto público y endeudamiento que en otras circunstancias asociaríamos con una situación de crisis?
El gran estímulo del que casi nadie habla
No se trata de afirmar que cada dólar de déficit genera automáticamente un dólar adicional de PIB. La relación es mucho más compleja. Una parte del déficit responde a gastos estructurales y otra cada vez mayor al pago de intereses de una deuda acumulada durante décadas.
Pero ignorar la dimensión fiscal del crecimiento es igualmente engañoso. Una economía que crece un 2,5% mientras su Gobierno genera un déficit equivalente al 5,8% del PIB no debería analizarse de la misma forma que una economía que obtiene ese mismo crecimiento con unas cuentas públicas equilibradas.
La política fiscal importa. Y cuando el Estado gasta sistemáticamente mucho más de lo que recauda, ese gasto sostiene directa o indirectamente la demanda agregada, el consumo, la inversión, y el empleo.
El resultado es que el crecimiento observado puede ofrecer una imagen más favorable de la economía de la que realmente existiría en ausencia de ese estímulo.
Dicho de otra manera: sin el déficit público, la economía estadounidense probablemente crecería menos.
Ésa es precisamente la cuestión que rara vez ocupa los titulares.
No se trata de negar la fortaleza de la economía americana. Estados Unidos continúa teniendo ventajas estructurales extraordinarias:
- Una población más dinámica que la europea
- Una enorme capacidad de innovación
- Mercados de capitales profundos
- Abundancia energética y tecnológica
- Algunas de las empresas más competitivas del mundo.
Pero reconocer esas fortalezas no debería obligarnos a ignorar el hecho de que una parte de su crecimiento se está financiando con deuda.
Crecer a crédito
Existe una diferencia fundamental entre una economía que crece gracias a un aumento sostenido de la productividad y otra que complementa ese crecimiento con una política fiscal permanentemente expansiva.
En el primer caso se genera una base sólida para el futuro. En el segundo se adelanta actividad económica utilizando recursos que deberán ser financiados posteriormente.
El déficit no es riqueza, es financiación.
Cuando un Estado gasta más de lo que ingresa, la diferencia debe cubrirse mediante deuda. Esa deuda genera intereses y a medida que crece una parte cada vez mayor del presupuesto público se destina simplemente a pagar el coste del endeudamiento anterior.
Estados Unidos se encuentra ya en una dinámica preocupante. La CBO prevé que la deuda federal en manos del público alcance el 101% del PIB en 2026 y el 120% en 2036.
Es un círculo difícil de romper: más deuda genera más intereses; más intereses elevan el déficit y un déficit mayor obliga a emitir más deuda.
Y mientras tanto el crecimiento económico continúa siendo presentado como si fuera completamente independiente de esa política fiscal.
Una comparación más incómoda: Europa también crece a crédito
Sería sin embargo incorrecto presentar a Estados Unidos como el único responsable de esta distorsión. Y es que Europa tampoco puede presumir ya de una disciplina fiscal generalizada.
Durante años, el relato dominante contrapuso a una América dinámica y expansiva frente a una Europa más prudente y fiscalmente conservadora. Esa imagen pertenece en gran medida al pasado.
El conjunto de la Unión Europea registró un déficit público equivalente al 3,1% del PIB en 2025. La Comisión Europea prevé que aumente al 3,5% en 2026 y al 3,6% en 2027. Para la eurozona las previsiones son déficits del 2,9%, 3,3% y 3,5%, respectivamente.
Por tanto Europa también está utilizando la política fiscal para sostener sus economías. La diferencia es que en muchos casos obtiene un resultado mucho más pobre.
La Unión Europea crecerá previsiblemente un 1,1% en 2026 y la eurozona apenas un 0,9% según las últimas previsiones de la Comisión Europea.
Y ningún país refleja mejor esta contradicción que Francia. La segunda economía de la eurozona creció un 0,8% en 2025 y se espera que vuelva a crecer apenas un 0,8% en 2026. Sin embargo su déficit público se mantiene en el 5,1% del PIB y podría aumentar hasta el 5,7% en 2027. La deuda pública francesa según la Comisión Europea alcanzaría el 120,2% del PIB en 2027.
Es decir, Francia, mantiene un déficit superior al 5% del PIB para generar un crecimiento inferior al 1%.
Si en Estados Unidos la pregunta es cuánto del crecimiento procede del estímulo fiscal, en Francia la cuestión resulta aún más incómoda: ¿cómo puede una economía acumular déficits tan elevados y al mismo tiempo crecer tan poco?
La respuesta es que el déficit no siempre se traduce en crecimiento. Una parte del endeudamiento público se utiliza simplemente para financiar el funcionamiento ordinario del Estado, las prestaciones sociales y, de manera creciente los intereses de la deuda acumulada.
Y ésa es una diferencia fundamental.
- Estados Unidos utiliza un enorme déficit y obtiene un crecimiento relativamente elevado.
- Francia utiliza un déficit apenas inferior y obtiene un crecimiento prácticamente estancado.
En ambos casos existe un problema. Pero no es exactamente el mismo.
El espejismo de la prosperidad
Una economía verdaderamente sana debería ser capaz de crecer sin necesitar déficits extraordinarios de manera permanente.
Un déficit del 6% o 7% del PIB puede tener sentido durante una recesión profunda, una pandemia, una guerra o una crisis financiera. Lo extraordinario es que estos niveles hayan comenzado a normalizarse en economías que oficialmente no se encuentran en recesión.
Estados Unidos no está atravesando una gran depresión. Francia tampoco se encuentra en una crisis comparable a la de 2008 o a la pandemia de 2020. Y sin embargo ambos países mantienen desequilibrios fiscales que históricamente habrían sido considerados excepcionales.
Éste es el problema del relato económico contemporáneo. Los medios presentan el crecimiento como una prueba de salud. Pero el crecimiento sin analizar la política fiscal que lo acompaña puede convertirse en una estadística engañosa.
El titular no debería ser simplemente: “Estados Unidos crece un 2,5%”. Debería ser: “Estados Unidos crece un 2,5% mientras mantiene un déficit público cercano al 6% del PIB”.
Y en el caso de Francia: “Francia crece menos del 1% mientras mantiene un déficit superior al 5% del PIB”.
Solo entonces el lector tendría toda la información necesaria para evaluar la verdadera calidad del crecimiento.
El déficit como anestesia económica
La política fiscal puede convertirse en una anestesia extraordinariamente eficaz.
Permite suavizar las consecuencias de una economía que sin estímulo quizá crecería mucho menos. Sostiene el consumo, protege determinados sectores, mantiene el empleo, y reduce la percepción de desaceleración.
Pero la anestesia tiene un problema. Y es que puede ocultar el dolor sin curar la enfermedad. Una economía puede parecer fuerte durante años mientras acumula desequilibrios que permanecen escondidos bajo la superficie:
- El déficit permite adelantar actividad económica.
- La deuda permite trasladar parte de su coste al futuro.
- Y cuanto más tiempo dependa una economía de déficits elevados para mantener su ritmo de crecimiento, más difícil será retirar ese estímulo sin provocar una desaceleración.
Ésa es la verdadera dependencia.
Lo que inicialmente se presenta como una medida excepcional termina convirtiéndose en una condición necesaria para mantener la expansión.
La factura del crecimiento
Estados Unidos cuenta con una ventaja que ningún otro país posee en la misma medida: emite la principal moneda de reserva mundial.
El dólar permite a Washington financiar déficits enormes a costes que serían imposibles para la mayoría de las economías.
Existe una demanda estructural de activos denominados en dólares. Los bonos del Tesoro estadounidense continúan siendo la referencia mundial de los mercados financieros.
Ese privilegio permite a Estados Unidos mantener déficits durante más tiempo y en mayor magnitud que la mayoría de sus competidores.
Pero que Estados Unidos pueda hacerlo no significa que el déficit sea irrelevante. Simplemente significa que la factura puede retrasarse.
Europa tiene menos margen. Francia, de hecho ya está experimentando una presión creciente de los mercados sobre el coste de su deuda, mientras el Gobierno intenta contener un déficit que continúa muy por encima de los límites europeos.
Éste es el problema de una economía acostumbrada a financiarse permanentemente con déficit: cuando los mercados comienzan a cuestionar la sostenibilidad de la deuda, el ajuste que durante años se evitó puede terminar produciéndose de forma mucho más abrupta.
La pregunta que nadie quiere hacer
El debate económico debería ser mucho más honesto. No basta con preguntar cuánto crece una economía.
Hay que preguntar cuánto cuesta conseguir ese crecimiento:7
- Si un país crece un 3% con las cuentas públicas equilibradas el análisis es uno.Si crece u n 3% con un déficit del 6% del PIB el análisis debería ser diferente.
- Y si un país como Francia crece menos del 1% mientras genera un déficit superior al 5%, entonces el problema es todavía mayor: no solo se está acumulando deuda, sino que esa deuda ni siquiera está generando un crecimiento económico suficiente.
La cuestión fundamental no es quién crece más: Estados Unidos o Europa. La cuestión es cuánto de ese crecimiento es realmente estructural y sostenible y cuánto está siendo comprado mediante gasto público financiado con deuda.
La gran distorsión
La distorsión de los medios no consiste necesariamente en afirmar que Estados Unidos crece y presentar esa cifra como si fuera suficiente para definir la salud de la economía.
y no lo es. El crecimiento del PIB es una parte de la ecuación. El déficit público es otra. La deuda es una tercera. La productividad, la inversión privada, y el crecimiento potencial completan el cuadro. Analizar únicamente la primera es ofrecer una fotografía incompleta.
El gran riesgo de nuestro tiempo es que el mundo desarrollado haya empezado a considerar normal lo que hace apenas unas décadas habría sido considerado una política de emergencia:
- Estados Unidos mantiene déficits cercanos al 6% del PIB mientras presume de una economía dinámica.
- Europa acumula déficits crecientes mientras su crecimiento continúa siendo débil. Francia se endeuda a un ritmo elevado para crecer menos del 1%.
Las diferencias son importantes. Pero la tendencia es común.
El crecimiento se celebra. El déficit se menciona de pasada. Y la deuda queda para otro día.
Quizá ésa sea la mayor distorsión de todas. Porque una economía puede parecer saludable mientras se mira únicamente su crecimiento. Pero si necesita endeudarse cada año de forma masiva para mantenerlo, la pregunta no es si hoy está creciendo.
La pregunta es cuánto de ese crecimiento seguiría existiendo si algún día tuviera que dejar de hacerlo. Y ésa precisamente es la pregunta que rara vez aparece en los titulares.

