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06/09/26

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El oro vuelve a casa: la geopolítica cambia el mapa de las reservas

 

Durante décadas la arquitectura financiera occidental se construyó sobre una premisa aparentemente incuestionable: cuanto más integrado estuviera un país con Estados Unidos y sus aliados más sentido tenía mantener una parte significativa de sus reservas estratégicas en los grandes centros financieros occidentales.

Nueva York y Londres se convirtieron así en los grandes custodios del oro monetario mundial. Para muchos bancos centrales europeos mantener sus reservas en Estados Unidos no representaba un riesgo sino precisamente una garantía de seguridad. Durante la Guerra Fría la presencia de oro europeo en Nueva York tenía además una lógica estratégica evidente: en caso de una confrontación militar con la Unión Soviética las reservas estarían alejadas del territorio europeo y bajo la protección de Estados Unidos. Pero el mundo que justificó aquella arquitectura está cambiando.

Las crecientes tensiones geopolíticas, la utilización de sanciones financieras como instrumento de política exterior, las guerras comerciales, el deterioro de las relaciones transatlánticas, y la creciente fragmentación del sistema financiero internacional están llevando a algunos bancos centrales a replantearse una cuestión que durante mucho tiempo parecía puramente logística: ¿dónde debe estar físicamente el oro de un país?

La respuesta empieza a cambiar.

Países Bajos da una señal significativa

El movimiento más reciente procede de Países Bajos. Entre Marzo y Agosto de 2026 De Nederlandsche Bank trasladó o reubicó 86 toneladas de oro que estaban en Nueva York y Ottawa hacia Londres, en una operación presentada como una medida destinada a mejorar la preparación ante posibles situaciones de crisis.

La decisión resulta especialmente significativa porque no se trata simplemente de una operación de gestión de cartera. El propio banco central neerlandés ha explicado que una mayor diversificación geográfica permite disponer de las reservas de una manera más rápida y flexible en caso de emergencia.

Y aquí aparece un detalle importante: Londres no es Holanda pero tampoco es Nueva York.

La elección de Londres demuestra que el objetivo no es necesariamente repatriar todo el oro al territorio nacional. Se trata también de situarlo en un centro financiero considerado estratégico, líquido, y accesible. Londres continúa siendo el principal centro mundial de negociación física de oro y alberga una infraestructura extraordinariamente desarrollada para su custodia, liquidación, y negociación.

Después de la operación aproximadamente el 32% de las reservas de oro neerlandesas se encuentran en Londres mientras que Nueva York y Ottawa mantienen alrededor del 18,5% cada uno.

La operación no es por tanto una retirada del sistema financiero occidental sino más bien una diversificación dentro de ese mismo sistema. Pero el mensaje geopolítico resulta difícil de ignorar.

Lo cierto es que Países Bajos no es el primer país europeo que reconsidera la ubicación de sus reservas.

Alemania ya había abierto el camino

Alemania inició en 2013 un ambicioso programa para trasladar parte de sus reservas desde el extranjero hacia Frankfurt. El Bundesbank terminó adelantando el programa y completó en 2017 el traslado previsto desde Nueva York y París. En 2016 por ejemplo fueron trasladadas más de 216 toneladas: 111 toneladas procedentes de Nueva York y 105 toneladas de París.

En total el programa contemplaba trasladar aproximadamente 300 toneladas desde Nueva York y 374 toneladas desde París hacia Frankfurt. Una vez completado, aproximadamente la mitad de las reservas alemanas quedó almacenada en territorio nacional.

En aquel momento Berlín insistió en que la decisión no debía interpretarse como una falta de confianza en Estados Unidos o Francia. La explicación oficial estaba relacionada con la necesidad de garantizar que Alemania pudiera disponer de sus reservas con rapidez en caso de una crisis monetaria o financiera.

Sin embargo visto desde la perspectiva actual, aquel movimiento adquiere una dimensión diferente. Lo que entonces podía interpretarse como una medida prudencial y técnica hoy parece formar parte de una tendencia mucho más amplia: los bancos centrales están concediendo un valor creciente a la soberanía física de sus activos de reserva.

De la confianza absoluta a la gestión del riesgo

Durante buena parte de las últimas décadas la cuestión fundamental para un banco central era dónde podía obtener la máxima seguridad, liquidez, y eficiencia. Hoy existe una cuarta variable: el riesgo geopolítico.

Un activo puede ser perfectamente seguro desde el punto de vista financiero y al mismo tiempo estar expuesto a riesgos políticos, jurídicos, o logísticos.

El oro presenta además una característica que lo diferencia de las reservas de divisas: no es un pasivo de otro Estado. Un bono del Tesoro estadounidense es una obligación financiera del Gobierno de Estados Unidos. Un depósito bancario es un derecho frente a una entidad financiera. El oro en cambio no depende de la solvencia de un emisor. Pero su ubicación sí importa.

Si un país entra en conflicto diplomático con otro, si se producen sanciones, restricciones de capital, controles financieros, o interrupciones logísticas, la cuestión deja de ser simplemente cuánto oro posee un banco central y pasa a ser qué capacidad tiene para acceder a él.

Esa es precisamente la lógica que parece estar detrás de la reciente decisión neerlandesa.

El precedente de la Guerra Fría se está invirtiendo

Existe una paradoja histórica particularmente interesante. Durante la Guerra Fría algunos países europeos consideraron prudente mantener parte de sus reservas de oro en Estados Unidos. La distancia geográfica era entonces una ventaja: mantener el oro lejos de Europa significaba protegerlo frente a una eventual invasión o conflicto militar en el continente.

La lógica actual es prácticamente la contraria. Europa vuelve a enfrentarse a un entorno de elevada incertidumbre geopolítica, pero esta vez la preocupación no procede únicamente de una amenaza militar convencional. Las reservas nacionales pueden verse afectadas por sanciones, conflictos comerciales, fragmentación financiera, restricciones a los movimientos de capital, o cambios inesperados en las relaciones entre aliados.

En este contexto la distancia deja de ser necesariamente sinónimo de seguridad. La proximidad y la capacidad de acceso empiezan a adquirir un valor estratégico.

No significa que Europa haya dejado de confiar en Estados Unidos

Sería exagerado interpretar estos movimientos como una ruptura con Estados Unidos.

Nueva York continúa siendo uno de los principales centros financieros del mundo y la custodia del oro en la Reserva Federal ofrece importantes ventajas de seguridad y liquidez. De hecho Alemania mantiene todavía una parte considerable de sus reservas en Nueva York y el Bundesbank ha defendido la seguridad de esas posiciones.

La cuestión es otra. Los bancos centrales parecen estar adoptando una filosofía más conservadora: no depender excesivamente de un único país, una única jurisdicción, o un único centro de almacenamiento.

Es exactamente el mismo principio que aplicaría un inversor prudente a una cartera financiera.

Diversificar no significa desconfiar necesariamente de una determinada institución. Significa reconocer que incluso una institución considerada extremadamente segura puede estar sometida a circunstancias que escapan al control del inversor.

El oro recupera una función estratégica

Esta evolución coincide además con un cambio más profundo en la percepción del oro. Durante años el oro fue considerado principalmente un activo de reserva tradicional con una función relativamente secundaria frente al dólar, los bonos soberanos, y las reservas de divisas.

Hoy vuelve a adquirir una dimensión estratégica. Los bancos centrales están aumentando sus reservas de oro y simultáneamente, algunos están reconsiderando dónde almacenarlas. El World Gold Council ha identificado una creciente tendencia hacia la diversificación de las localizaciones de custodia, mientras países como Francia, India, Austria, Alemania, y Países Bajos han reducido o reconsiderado parte de su dependencia de depósitos extranjeros.

La razón es sencilla: en un mundo cada vez más fragmentado un activo sin riesgo de contraparte adquiere un valor adicional si además puede ser controlado físicamente por su propietario.

Una señal pequeña con un significado mucho mayor

Las 86 toneladas neerlandesas pueden parecer insignificantes frente a las enormes reservas mundiales de oro. Pero probablemente sería un error medir la importancia de la operación únicamente por su volumen.

Los movimientos de los bancos centrales suelen ser deliberadamente discretos. No necesitan anunciar una ruptura con un sistema financiero para modificar progresivamente su exposición al mismo. Basta con cambiar la distribución geográfica de sus activos, aumentar las reservas de oro, reducir determinadas dependencias, o construir alternativas.

El caso neerlandés resulta especialmente interesante porque Londres aparece como destino.Eso significa que la tendencia no consiste necesariamente en abandonar los grandes centros financieros occidentales. Más bien parece apuntar hacia una mayor autonomía y diversificación dentro de ellos.

Nueva York, Londres, Frankfurt, París, Ottawa y otros centros pueden seguir siendo importantes. Lo que está cambiando es la necesidad de que todas las reservas estén concentradas en los mismos lugares.

El principio de precaución vuelve a la banca central

En última instancia estos movimientos reflejan algo mucho más profundo que una simple operación de transporte de lingotes. Reflejan un cambio de mentalidad.

Durante la globalización los países asumieron que la interdependencia económica reduciría los incentivos al conflicto y que las instituciones internacionales ofrecerían suficiente protección frente a los riesgos extremos. La última década ha puesto en cuestión algunas de esas premisas.

La guerra en Ucrania, las sanciones financieras contra Rusia, la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China, las tensiones comerciales, los conflictos en Oriente Medio, y el deterioro de algunas relaciones históricas entre aliados han demostrado que los activos financieros pueden convertirse también en instrumentos de poder geopolítico.

En este entorno los bancos centrales parecen estar recuperando una filosofía que durante años había quedado relegada: prepararse no para el escenario más probable, sino para el escenario que aunque improbable tendría las consecuencias más graves.

Y pocas cosas representan mejor esa filosofía que el oro. Porque el oro no necesita una promesa de pago. No depende de un emisor. No necesita que otro país siga siendo solvente. Solo necesita estar donde su propietario pueda acceder a él.

Una nueva geografía de las reservas

La decisión de Países Bajos puede terminar siendo recordada no por las 86 toneladas trasladadas sino por lo que representa.

Después de décadas en las que la seguridad se asociaba con mantener activos en los grandes centros financieros internacionales, algunos países están empezando a considerar que la verdadera seguridad también implica poder controlar físicamente sus reservas en caso de que el sistema internacional deje de funcionar como hasta ahora.

Es una diferencia sutil pero importante. La Guerra Fría llevó a Europa a colocar parte de su oro en Estados Unidos porque Washington era considerado el refugio definitivo frente a una amenaza externa.

La nueva era de fragmentación geopolítica está llevando a algunos países a acercar nuevamente sus reservas a casa o, como en el caso de Países Bajos, a ubicarlas en un centro financiero europeo con una enorme capacidad de negociación y acceso inmediato.

No es necesariamente una señal de desconfianza. Es sobre todo una señal de prudencia. Y quizá esa sea la conclusión más relevante para los mercados: cuando los propios bancos centrales comienzan a diversificar geográficamente sus reservas estratégicas para estar preparados ante escenarios extremos, están reconociendo implícitamente que el mundo en el que la seguridad podía darse por descontada ha terminado.

El nuevo paradigma no es abandonar la globalización. Es prepararse para cuando la globalización falle.

 

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