La revalorización de las acciones y los inmuebles ha creado una riqueza récord pero su distribución revela una economía cada vez más dividida. El riesgo no es solo económico: la desigualdad patrimonial está alimentando una nueva generación de populismo.
Estados Unidos nunca había sido tan rico. Pero tampoco había sido tan evidente la distancia entre quienes poseen los activos que generan esa riqueza y quienes dependen fundamentalmente de su salario.
Los últimos datos de la Reserva Federal ofrecen una fotografía extraordinariamente reveladora. En el segundo trimestre de 2026 el patrimonio neto de los hogares y las organizaciones sin ánimo de lucro alcanzó un récord de 195,9 trillones de dólares después de aumentar en 12,8 trillones en apenas tres meses. La mayor parte de ese incremento procedió de la revalorización de las acciones: el valor de las acciones corporativas directa e indirectamente en manos de los hogares aumentó en 10,7 trillones de dólares durante el trimestre. El valor de los inmuebles residenciales también aumentó en otros 1,1 trillones.
El problema es que esta extraordinaria creación de riqueza no se distribuye proporcionalmente entre los estadounidenses.
Una concentración patrimonial extraordinaria
Según las Distributional Financial Accounts de la Reserva Federal aproximadamente el 1% más rico de los hogares estadounidenses concentra el 32,5% de toda la riqueza nacional.
La cifra resulta aún más llamativa cuando se amplía el grupo.
Grupo de hogares Riqueza acumulada Porcentaje aproximado
| 1% más rico | $60,3 trillones | 32,5% |
| 10% más rico | $127,9 trillones | 68,9% |
| 50% más rico | $181,4 trillones | 97,7% |
| 50% inferior | $4,28 trillones | 2,3% |
Los datos de la Fed dividen el 1% superior entre el 0,1% más rico y el siguiente 0,9%. El 0,1% superior posee 27,87 trillones de dólares, mientras que el siguiente 0,9% posee otros 32,45 trillones. El siguiente 9%, correspondiente a los hogares entre los percentiles 90 y 99, posee 67,63 trillones. El 40% situado entre los percentiles 50 y 90 posee otros 53,43 trillones. En el extremo inferior el 50% menos rico controla solamente 4,28 trillones.
Dicho de otra manera: la mitad de los hogares estadounidenses comparte apenas el 2,3% de la riqueza mientras que el 10% superior controla casi siete de cada diez dólares de patrimonio.
Y aproximadamente 1,35 millones de hogares (el 1% superior) concentran casi un tercio de toda la riqueza estadounidense.
No se trata únicamente de una cuestión estadística. Es una diferencia que determina la capacidad de una familia para afrontar una crisis, comprar una vivienda, financiar la educación de sus hijos, soportar un periodo de desempleo, o simplemente jubilarse con seguridad.
La gran ventaja de poseer activos
La paradoja de la economía estadounidense de las últimas décadas es que las políticas destinadas a evitar las crisis y estimular el crecimiento han tenido también un importante efecto sobre el precio de los activos.
Tipos de interés muy bajos, enormes estímulos fiscales y monetarios, y una prolongada expansión de la liquidez, han contribuido a impulsar el precio de las acciones y de los inmuebles. Para quien ya poseía esos activos el resultado ha sido extraordinario, mientras que para quien no los poseía el efecto ha sido muy diferente.
La Reserva Federal muestra que en el segundo trimestre de 2026 los hogares estadounidenses tenían 74 trillones de dólares en acciones corporativas frente a 38,6 trillones en 2022. El valor de los inmuebles residenciales ocupados por sus propietarios alcanzaba 49,8 trillones.
Pero la distribución de esos activos es extremadamente desigual. En el segundo trimestre de 2026 el 0,1% superior poseía aproximadamente 16,15 trillones de dólares en acciones y participaciones en fondos de inversión mientras que el 50% inferior apenas poseía 370.000 millones.
La diferencia es abismal.
Por cada dólar de acciones que posee la mitad inferior de los hogares el 0,1% superior posee más de 40 dólares. Por eso una subida del 20% de la bolsa no tiene el mismo significado para ambas familias. Para quien tiene 10 millones de dólares invertidos supone potencialmente dos millones adicionales de patrimonio. Para una familia que no posee acciones significativas el beneficio directo puede ser prácticamente inexistente.
La inflación agrava la fractura
Aquí aparece el segundo elemento de la ecuación: la inflación.
Una subida de precios no afecta de la misma manera a todos los hogares. Quien posee una cartera diversificada de acciones, inmuebles, y participaciones empresariales, dispone de activos que pueden aumentar de valor junto con el nivel general de precios.
Quien depende fundamentalmente de su salario y consume prácticamente toda su renta tiene mucha menos capacidad para protegerse. Y aunque la inflación se modere los precios no regresan automáticamente a los niveles anteriores.
Esta distinción es fundamental para comprender el malestar de las clases medias y bajas estadounidenses. Una inflación del 3% después de una inflación del 8% no significa que la vida vuelva a ser un 5% más barata. Significa que los precios continúan aumentando aunque a un ritmo inferior.
Para una familia con capacidad limitada de ahorro varios años de inflación elevada pueden destruir una parte importante de su capacidad para acumular patrimonio. El resultado es un círculo difícil de romper. Fijense… Los precios de los activos aumentan. Esto supone que quienes ya poseen activos acumulan más riqueza y la vivienda se vuelve menos accesible. La familias jóvenes tienen más dificultades para ahorrar y disminuye su capacidad para adquirir activos. ¿Conclusión? la distancia patrimonial aumenta.
Una economía de dos velocidades
Esta es probablemente una de las razones por las que las estadísticas tradicionales de crecimiento económico no siempre reflejan la percepción de bienestar de la población.
El PIB puede crecer, la bolsa puede alcanzar nuevos máximos y el patrimonio nacional puede marcar récords. Y sin embargo una parte importante de la población puede sentir que su situación económica empeora. No existe contradicción.
El crecimiento del patrimonio nacional puede producirse simultáneamente con una creciente concentración de ese patrimonio.
La Reserva Federal ofrece precisamente esa fotografía: el patrimonio de los hogares aumentó 12,8 trillones de dólares en el segundo trimestre, pero la propia institución advierte que las revalorizaciones de acciones y otros activos no afectan por igual a todos los hogares porque su propiedad está altamente concentrada entre los grupos de mayor riqueza.
De la desigualdad económica al populismo
Aquí es donde la economía comienza a transformarse en política. Durante gran parte de la historia estadounidense la propiedad privada y el capitalismo han disfrutado de una legitimidad extraordinariamente fuerte porque estaban asociados con la posibilidad de ascender económicamente.
La promesa era sencilla: trabajar, ahorrar, invertir, y prosperar. Pero esa promesa pierde fuerza cuando una generación joven percibe que sus padres pudieron comprar una vivienda, invertir en bolsa, y construir un patrimonio que hoy resulta mucho más difícil de alcanzar con un salario similar.
El auge de figuras como Zohran Mamdani en Nueva York debe analizarse también dentro de este contexto.
El éxito de propuestas de izquierda que hace pocos años parecían marginales no significa necesariamente que Estados Unidos esté abandonando el capitalismo. Pero sí revela que una parte creciente del electorado está dispuesta a cuestionar sus resultados.
La vivienda asequible, los alquileres, la sanidad, el transporte, la educación, y el coste de vida han pasado al centro del debate político porque son precisamente los ámbitos en los que la población que no posee activos siente con mayor intensidad la pérdida de poder adquisitivo.
El fenómeno también empieza a aparecer en otros estados y ciudades donde el socialismo democrático ha ganado visibilidad política.
El peligro para el propio capitalismo
Existe aquí una paradoja que los defensores del capitalismo deberían tomarse muy en serio.
El mayor riesgo para el capitalismo estadounidense no es necesariamente una recesión. Puede ser la pérdida de la percepción de movilidad social.
Una economía de mercado puede convivir con importantes diferencias de riqueza mientras exista la expectativa de que alguien que empieza desde abajo puede ascender.
Pero cuando una persona cree que el acceso a la vivienda, a la inversión, y a la acumulación patrimonial está reservado esencialmente para quienes ya poseen riqueza, la desigualdad deja de percibirse como el resultado natural de diferentes decisiones económicas. Comienza a percibirse como un sistema cerrado. Y esa percepción es políticamente explosiva.
La solución no pasa necesariamente por penalizar la acumulación de riqueza. Una sociedad capitalista necesita inversión, empresarios, capital, y mercados financieros. El verdadero desafío consiste en ampliar la propiedad del capital:
- Más familias propietarias de acciones.
- Más acceso a planes de jubilación.
- Más capacidad de ahorro.
- Más vivienda asequible.
- Más posibilidades para que una familia de ingresos medios pueda convertir parte de su renta en patrimonio.
Porque el problema fundamental no es que Estados Unidos tenga demasiada riqueza. Es que demasiados estadounidenses tienen demasiado poca participación en ella.
La cuestión que Estados Unidos tendrá que resolver
La cifra que mejor resume la situación quizá no sea el 32,5% del 1% superior ni siquiera el 68,9% del 10% más rico. Es el 2,3%. Ese es el porcentaje de la riqueza que pertenece aproximadamente a la mitad inferior de los hogares estadounidenses.
Una sociedad en la que el 50% de la población posee apenas el 2,3% de la riqueza puede continuar creciendo durante mucho tiempo. Puede seguir siendo la mayor economía del mundo y uno de los centros de innovación más dinámicos del planeta.
Pero también puede generar una creciente sensación de exclusión. Y esa sensación es el combustible que alimenta el populismo. La gran pregunta para Estados Unidos no es por tanto si seguirá creando riqueza. Probablemente seguirá haciéndolo.
La pregunta verdaderamente importante es si será capaz de conseguir que una proporción suficientemente amplia de sus ciudadanos pueda participar en esa creación de riqueza y convertirse en propietaria de una parte de ella.
Porque cuando el capitalismo deja de ofrecer movilidad patrimonial sus adversarios dejan de tener que convencer a la población de que el sistema funciona mal.
Basta con que una parte creciente de la sociedad deje de creer que funciona para ellos.

