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18/01/26

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Groenlandia, la OTAN, y el riesgo de una fractura del orden atlántico

Groenlandia, la mayor isla del mundo y uno de los territorios más estratégicos del Ártico, ha sido históricamente parte del Reino de Dinamarca desde el siglo XVIII. Aunque goza de un amplio autogobierno desde 2009, Copenhague mantiene el control sobre su política exterior y de defensa. Esta arquitectura constitucional ha sido, durante décadas, aceptada tanto por la población groenlandesa como por los aliados occidentales.

Sin embargo, el valor geopolítico de Groenlandia (por su posición entre América del Norte y Europa, sus recursos naturales, y su papel clave en los sistemas de alerta temprana) ha atraído de forma recurrente la atención de Washington. Estados Unidos ya intentó comprar la isla en 1946, durante la presidencia de Harry Truman, y el interés volvió a emerger abiertamente durante el mandato de Donald Trump, cuando la idea de una adquisición o control reforzado fue planteada sin ambigüedades diplomáticas.

En este escenario hipotético, la tensión escala de forma abrupta cuando Washington pasa de la presión política a la amenaza explícita de anexión o compra forzosa. Las autoridades groenlandesas rechazan de manera contundente cualquier cambio de soberanía, invocando el derecho de autodeterminación, mientras Dinamarca solicita apoyo europeo.

Diez países europeos, entre ellos Francia, Alemania y el Reino Unido, han decidido esta semana enviar contingentes militares simbólicos a Groenlandia como medida disuasoria, en lo que se presenta como una misión defensiva y de apoyo a la legalidad internacional. El gesto, sin precedentes entre aliados, marca un punto de inflexión en las relaciones transatlánticas.

La OTAN al borde de una crisis existencial

La presencia de fuerzas europeas frente a un aliado histórico coloca a la OTAN en una situación límite. La Alianza Atlántica, diseñada para disuadir amenazas externas, se enfrenta ahora a un conflicto interno entre sus miembros más poderosos. El Artículo 5 queda en suspenso político: ¿puede invocarse la defensa colectiva cuando el riesgo procede de dentro?

Los escenarios que se abren son inquietantes. Desde una desescalada negociada —con mediación internacional y garantías reforzadas para Groenlandia— hasta una parálisis prolongada de la OTAN, que aceleraría los debates europeos sobre autonomía estratégica y defensa común. En el peor de los casos, la Alianza podría sobrevivir formalmente, pero vaciada de confianza.

Guerra comercial y realineamiento global

En este mismo marco hipotético, Donald Trump ha anunciado ayer sábado una nueva ofensiva comercial: aranceles del 10% a partir del 1 de Febrero y del 25% desde el 1 de Junio contra los diez países europeos implicados en la defensa de Groenlandia. El mensaje es inequívoco: la seguridad y el comercio quedan subordinados a la obediencia estratégica.

La respuesta del resto del mundo no se ha hecho esperar. China ha alcanzado un acuerdo con Canadá para eliminar aranceles bilaterales, mientras que la Unión Europea ha culminado un acuerdo comercial con Mercosur reduciendo significativamente las barreras al comercio. El resultado es una aceleración del desacoplamiento: Estados Unidos queda progresivamente aislado de los grandes flujos comerciales emergentes.

Para Pekín, el momento representa una oportunidad histórica. Al posicionarse como defensor del libre comercio y articular acuerdos con economías avanzadas y mercados emergentes, China podría liderar la formación de un gran bloque comercial euroasiático y transatlántico “sin Estados Unidos”. No se trataría de una alianza ideológica, sino de una convergencia pragmática frente a la imprevisibilidad estadounidense.

Un mundo más fragmentado

El caso de Groenlandia, en este escenario, actúa como catalizador de una transformación más profunda: el paso de un orden internacional liderado por Estados Unidos a uno fragmentado, basado en bloques comerciales y equilibrios regionales. La paradoja es evidente: al intentar reforzar su control estratégico, Washington podría acelerar su propio aislamiento.

Como tantas veces en la historia, una isla remota y escasamente poblada se convertiría en el epicentro de un reajuste global. Y la pregunta que quedaría en el aire no sería quién controla Groenlandia, sino quién define las reglas del nuevo orden económico y de seguridad del siglo XXI.

 

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