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25/09/26

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Informe de geopolítica. Perspectivas y escenarios – Gustavo de Arístegui (25/09/26)

I. Introducción

La jornada ofrece un contraste que resume con crudeza el estado del mundo a finales de septiembre de 2026. En Washington, la Casa Blanca desplegó tropas con peluca y tricornio, cazas y bombarderos en vuelo rasante y una cena de gala con los grandes nombres de la tecnología estadounidense para recibir a Xi Jinping, sin que de la cumbre saliera un solo avance de fondo sobre comercio, Taiwán, inteligencia artificial o la guerra de Irán. A pocos cientos de kilómetros, en Nueva York, los negociadores estadounidenses e iraníes exploran una salida por fases a un conflicto que roza ya los siete meses, atascados en la misma pregunta de siempre: quién renuncia primero a su instrumento de presión.

Mientras tanto, en el sur de la península arábiga, la organización terrorista hutí ha lanzado decenas de misiles y drones contra Arabia Saudí, que ha interceptado seis misiles balísticos y ha emitido alertas de emergencia para La Meca, Yeda y Yanbu. Riad ha activado políticamente su pacto de defensa colectiva con Turquía y Pakistán, el Gran Muftí del reino ha llamado a los soldados a estar dispuestos a sacrificar su vida, y un alto mando militar iraní ha amenazado con extender la guerra al océano Índico si su país vuelve a ser atacado. El Brent ha vuelto a superar los cien dólares por barril.

El hilo conductor de este informe es geográfico antes que diplomático. La guerra que comenzó el 28 de febrero con los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán ha dejado de ser un conflicto del golfo Pérsico para convertirse en una guerra de dos estrechos, Ormuz y Bab el-Mandeb, con una amenaza latente sobre un tercer espacio, el océano Índico. El régimen oligárquico-yihadista de Teherán sabe lo que quiere y actúa en consecuencia; Washington conserva la superioridad militar, pero sigue sin definir su desenlace; China observa, cobra y no arriesga. Las cuatro noticias que siguen son piezas de ese mismo tablero.

II. Noticias de las últimas 24 horas

Noticia 1. Irán: una guerra sin final a la vista y una negociación por fases en Nueva York

Hechos

The Economist abre su resumen diario con un diagnóstico escueto: no hay final a la vista para la guerra de Irán. El mismo día, Reuters, en una información firmada por Samia Nakhoul, Parisa Hafezi y John Irish y basada en dos fuentes iraníes, dos responsables regionales y dos fuentes diplomáticas occidentales, revela que los negociadores de Estados Unidos e Irán reunidos en Nueva York, al margen de la Asamblea General de la ONU (United Nations, Organización de las Naciones Unidas), exploran una salida escalonada: Teherán reabriría el estrecho de Ormuz y Washington levantaría el bloqueo económico que asfixia a la economía iraní, con la posibilidad añadida de que Irán recupere el acceso a parte de sus activos congelados.

El obstáculo es de manual: ninguna de las dos partes quiere ser la primera en renunciar a su palanca. Un alto responsable iraní explicó que la primera etapa consistiría en poner fin al bloqueo y reabrir Ormuz, lo que obligaría a Donald Trump a aceptar otro arreglo provisional después de que un entendimiento anterior se desmoronara en julio. El mismo responsable advirtió de que Irán se prepara para la eventualidad de una reanudación de la guerra, afirmó que «tenemos el dedo en el gatillo» y calificó de extremadamente bajas las posibilidades de éxito diplomático por lo que considera exigencias excesivas de Washington.

Según fuentes regionales, Teherán estaría dispuesto a sacar del acuerdo principal su exigencia de cobrar peajes por el tránsito en Ormuz y a trasladarla a un anexo, porque el levantamiento del bloqueo se ha convertido en su prioridad. Los Estados del Golfo rechazan de plano cualquier peaje, y las mismas fuentes subrayan que el arreglo sería temporal y no supondría una renuncia formal a la posición iraní. Uno de los interlocutores de Reuters lo formuló con precisión: Irán puede aplazar la cuestión de los peajes, pero no piensa renunciar al control administrativo del estrecho.

El jueves, el ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araqchi, detalló ante la prensa la propuesta transmitida a Washington a través de intermediarios, con Catar como canal principal. Según su esquema, las hostilidades cesarían en todos los frentes, incluido el Líbano, en un plazo de siete días; Estados Unidos levantaría el bloqueo de los puertos iraníes, liberaría los fondos congelados y suspendería las sanciones petroleras; el estrecho de Ormuz se reabriría el último día, y solo entonces comenzarían las conversaciones sobre el programa nuclear y los demás asuntos pendientes.

La Casa Blanca responde con una mezcla de desdén y cálculo. Un responsable estadounidense declaró que Irán está desesperado por un acuerdo, que Trump tiene todas las cartas, que la economía iraní se está hundiendo bajo las sanciones y el bloqueo, y que el presidente se conforma con dejar que el colapso iraní siga su curso antes que dejarse manipular. El propio Trump ha sugerido que un acuerdo podría llegar después de las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre. El exnegociador estadounidense Dennis Ross estima en apenas un 30 % la probabilidad de un acuerdo antes de esa fecha, aunque sostiene que ambas partes tendrían más razones para cerrarlo antes que después.

La presión económica sigue apretando. Washington ha ampliado el alcance de sus sanciones a empresas de terceros países que comercian con Irán, las llamadas sanciones secundarias, y este mes ha apuntado contra las aerolíneas comerciales iraníes y sus redes de apoyo. El jueves, Emiratos Árabes Unidos y Omán vetaron los vuelos de compañías iraníes, primer efecto visible de ese giro. Los líderes del Golfo, reunidos con Trump en Nueva York, le pidieron claridad sobre su estrategia más allá de las elecciones y le trasladaron su rechazo colectivo a cualquier control iraní de Ormuz. Por su parte, según la agencia oficial china Xinhua, Xi Jinping expresó en Washington su apoyo a que Estados Unidos e Irán vuelvan al alto el fuego y negocien la paz, sin que haya señal alguna de que Pekín esté dispuesto a presionar a Teherán.

Implicaciones

La clave del esquema de Araqchi no está en su contenido, sino en su secuencia. Irán obtendría primero todo lo que le importa, es decir, el fin del bloqueo, la liberación de fondos, la suspensión de las sanciones petroleras y el cese de las operaciones contra Hizbulá en el Líbano, y entregaría Ormuz en último lugar, dejando el programa nuclear para una negociación posterior en la que ya no tendría nada que perder. Es exactamente la inversión de la lógica de la verificación: el régimen cobra por adelantado y promete pagar después. Las siete exigencias iraníes, ya analizadas en informes anteriores, reaparecen así con otro envoltorio, más presentable y más peligroso, porque ahora se presentan como una hoja de ruta razonable.

La cuestión de los peajes merece atención especial. Trasladarlos a un anexo no es una concesión, sino un aplazamiento táctico que preserva lo esencial: la pretensión de un «control administrativo» sobre un estrecho internacional. Esa pretensión choca frontalmente con el régimen de paso en tránsito que la CNUDM (United Nations Convention on the Law of the Sea, Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar) consagra para los estrechos utilizados para la navegación internacional, un régimen que Irán firmó en 1982 pero nunca ratificó. Aceptar, aunque sea de forma implícita, que Teherán administre Ormuz equivaldría a legitimar el sistema de extorsión que el régimen ha construido desde el inicio de la guerra.

La simetría de las palancas explica el bloqueo de la negociación. Washington controla la presión que más daño hace a Irán; Irán controla un paso por el que antes de la guerra circulaba una quinta parte del petróleo mundial. El calendario electoral estadounidense introduce, sin embargo, una asimetría a favor de Teherán, que lee con precisión la necesidad de Trump de abaratar la gasolina antes del 3 de noviembre. El exanalista de la inteligencia militar israelí Danny Citrinowicz lo resume bien: Irán no retrocederá mientras crea que el presidente quiere evitar una escalada antes de las elecciones. Al mismo tiempo, el exnegociador Alan Eyre advierte de que el bloqueo, lejos de ablandar al régimen, puede empujarle a escalar, porque sus dirigentes creen que ceder equivale a morir.

La frase del responsable iraní sobre el dedo en el gatillo tiene, además, una lectura interna. Mientras la diplomacia de Pezeshkian y Araqchi busca una salida en Nueva York, los centros de poder que controlan la maquinaria militar, cuya estrategia de mantenimiento deliberado de las hostilidades se ha analizado en informes anteriores, conservan intacta su capacidad de sabotear cualquier acuerdo. La negociación no se libra solo entre Washington y Teherán, sino también dentro del propio régimen.

Por último, la actitud de la Casa Blanca confirma la tesis que este informe sostiene desde hace meses. Al éxito táctico y militar se contrapone un fracaso geopolítico sin paliativos, porque apostar por el «colapso inevitable» de Irán no es una estrategia, sino una esperanza. Nadie ha explicado qué ocurriría el día después de una implosión desordenada del régimen: quién controlaría los arsenales de misiles, qué harían las unidades del CGRI (Sepah-e Pasdaran-e Enqelab-e Eslami, Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica) sin mando central, cómo se evitaría que Ormuz y Bab el-Mandeb quedaran en manos de facciones sin interlocutor. La presidenta del Emirates Policy Center de Abu Dabi, Ebtessam al-Ketbi, lo formuló con una claridad que debería incomodar en Washington: los iraníes saben lo que quieren y están remodelando el paisaje regional a través de Ormuz y Bab el-Mandeb, mientras Estados Unidos no ha definido todavía su hoja de ruta.

Perspectivas y escenarios

  • Escenario A. Acuerdo interino por fases antes del 3 de noviembre (probabilidad estimada: 25-30 %). Levantamiento parcial del bloqueo a cambio de una reapertura gradual de Ormuz, con los peajes aparcados en un anexo y la cuestión nuclear diferida. Sería un alivio para los mercados y para Trump, pero reproduciría la fragilidad del entendimiento de julio y dejaría intacta la pretensión iraní de control del estrecho.
  • Escenario B. Estancamiento negociado hasta después de las elecciones (probabilidad estimada: 45-50 %). Conversaciones intermitentes a través de Catar, bloqueo y sanciones secundarias en vigor, y presión iraní desplazada hacia sus organizaciones terroristas interpuestas, en particular los hutíes en el mar Rojo y los grupos proiraníes de Irak. Es el escenario más probable y el más costoso para Arabia Saudí.
  • Escenario C. Ruptura y reanudación de las hostilidades directas (probabilidad estimada: 20-25 %). Un incidente grave en Bab el-Mandeb, en Ormuz o en el océano Índico, o un cálculo de Washington liberado ya de la restricción electoral, reactivaría los ataques directos. Ross advierte de que, tras las elecciones, Trump tendría menos ataduras para intensificar la presión o recurrir a opciones militares.

Indicadores a vigilar: continuidad del canal catarí, tránsitos efectivos de petroleros por Ormuz, ampliación de las prohibiciones de vuelo a aerolíneas iraníes y cualquier movimiento del despliegue naval estadounidense fuera del golfo Pérsico.

Noticia 2. La cumbre Trump-Xi en Washington: mucha fanfarria, ningún avance

Hechos

Donald Trump recibió el jueves a Xi Jinping en la Casa Blanca en la primera visita del presidente chino a Washington en más de una década y el segundo encuentro entre ambos este año, tras el viaje de Trump a Pekín en mayo. Reuters describe una cumbre cargada de simbolismo y ligera de sustancia, sin avances en los asuntos espinosos: la inteligencia artificial, el comercio, Taiwán y la guerra de Irán. La reunión se celebró en Washington mientras decenas de jefes de Estado y de Gobierno se encontraban en Nueva York para la Asamblea General.

La puesta en escena fue la protagonista. Tropas con peluca y tricornio desfilaron en una Rosaleda rediseñada al estilo de un club de golf de Trump, cazas y bombarderos sobrevolaron la ceremonia con tal estruendo que uno de ellos hizo respingar al presidente, y la prensa acreditada fue convocada no para escuchar a los dos líderes hablar de asuntos de Estado, sino para verlos recorrer el helicóptero Marine One, el nuevo helipuerto de la Casa Blanca y las obras del futuro salón de baile. Preguntado por el contenido de la reunión, Trump respondió que a Xi le encanta el buen granito y que había sido un gran encuentro. Las cadenas de televisión estadounidenses se negaron a emitir en directo las intervenciones en protesta por la exclusión de CNN, MS Now y Politico de la cobertura de la Casa Blanca. En la cena de gala se sentaron, entre otros, Tim Cook, Jeff Bezos, Sundar Pichai, Sam Altman, Elon Musk y Jensen Huang, mientras a las puertas un grupo de manifestantes coreaba consignas por la libertad de Hong Kong.

En el terreno comercial, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció que ambas partes han prorrogado solo dos meses la tregua que puso fin a la guerra comercial del año pasado y que expiraba en noviembre. Las cuestiones de fondo, esto es, aranceles, compras chinas, suministro de tierras raras y restricciones tecnológicas, quedan aplazadas a la siguiente ronda. Bessent reconoció que Pekín cumple su compromiso de comprar 25 millones de toneladas de soja, pero va con retraso en los 17.000 millones de dólares prometidos en otros productos agrícolas, y responsables estadounidenses admiten que las entregas de tierras raras también se quedan cortas. Fuentes conocedoras de los planes de Washington anticipan que Trump mantendrá los controles a la exportación de tecnología estadounidense que Xi quiere relajar.

Sobre Taiwán, según Xinhua, Xi pidió a Estados Unidos que maneje la cuestión «con prudencia» y que se oponga a la independencia de la isla, una fórmula más dura que la tradicional posición estadounidense de «no apoyar» la independencia. La Casa Blanca no difundió de inmediato su propia versión. Conviene recordar que, tras su viaje a Pekín en mayo, Trump dejó en suspenso un paquete de armamento para Taiwán valorado en unos 14.000 millones de dólares y lo calificó de «muy buena baza negociadora», lo que inquietó a aliados asiáticos y a algunos republicanos.

Xi invocó de nuevo la «trampa de Tucídides», la tesis según la cual la rivalidad entre una potencia emergente y otra establecida tiende a desembocar en la guerra, y afirmó que ese riesgo puede superarse. Pidió un diálogo militar regular y mecanismos más sólidos de prevención de crisis. Trump, por su parte, evocó la alianza de ambos países frente a Japón en la Segunda Guerra Mundial. En inteligencia artificial, las posiciones divergieron abiertamente: Trump, que propone llamarla «superinteligencia», escribió en redes sociales que quiere dejarla exactamente como está y confiar en el Departamento de Justicia antes que en nuevas salvaguardias; Xi sostuvo que ambas potencias tienen la capacidad y la responsabilidad de garantizar que su desarrollo quede siempre bajo control humano. En el brindis, Trump aseguró que nunca se habían llevado mejor; Xi habló de un «nuevo enfoque» para la convivencia entre grandes potencias y de una «nueva orientación estratégica» para la relación bilateral, sin concretar en qué consiste.

Implicaciones

La cumbre retrata dos concepciones opuestas del poder. Edgard Kagan, antiguo responsable de

Asia Oriental en la Casa Blanca y hoy en el CSIS (Center for Strategic and International Studies, Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales), lo resumió con acierto: Trump presenta la relación como una cuestión de amistad personal con Xi, mientras Xi insiste en que se trata de una relación entre naciones. El líder chino habla en nombre de un Estado y de un horizonte de décadas; el presidente estadounidense, en nombre de sí mismo y del próximo ciclo electoral. Reuters añade un matiz inquietante: el equilibrio de poder se ha desplazado hacia Xi tras una guerra comercial que terminó con una marcha atrás de Washington en los aranceles. El contraste de tono con el discurso de Trump en la ONU, en el que habló de poder «aniquilar» a Irán, es elocuente.

La estrategia del exabrupto, que ha funcionado con aliados sometidos a presión, como demostró el acuerdo sobre Groenlandia, no funciona con China. Pekín no se deja impresionar por el espectáculo, entiende la lógica transaccional mejor que nadie y ha aprendido a convertir la dependencia estadounidense de sus tierras raras en un arma. La prórroga de dos meses de la tregua comercial no resuelve nada; simplemente traslada la incertidumbre a enero. Desde la óptica del libre comercio que defendió Ronald Reagan, la lección es clara: los aranceles no han debilitado a China, sino que han revelado la vulnerabilidad de Estados Unidos en las materias primas estratégicas, precisamente el terreno en el que el expansionismo chino avanza con más determinación en África, Asia e Iberoamérica.

Taiwán es el punto más delicado. Pasar de «no apoyar» a «oponerse» a la independencia sería una concesión histórica que modificaría el equilibrio construido desde el comunicado de Shanghái de 1972 y la Ley de Relaciones con Taiwán de 1979, que obliga a Washington a proporcionar a la isla los medios necesarios para su autodefensa. Utilizar un paquete de armamento defensivo como moneda de cambio comercial es un error grave, porque transmite a Pekín que la seguridad de una democracia aliada es negociable y a Tokio, Manila, Seúl y Canberra que la palabra de Washington tiene precio. La buena noticia es que no hay señal de que la Administración vaya a cambiar su formulación, y que el Congreso y el secretario de Estado, Marco Rubio, constituyen un contrapeso sólido frente a cualquier tentación de ese tipo.

La invocación de Tucídides por parte de Xi no es inocente. La fórmula, popularizada por el politólogo de Harvard Graham Allison, sirve a Pekín para presentar a China como una potencia emergente a la que la potencia establecida debe acomodarse si quiere evitar la guerra. Es un argumento que traslada a Washington la responsabilidad de la paz y que omite que la tensión nace de la militarización del mar de la China Meridional, de la presión constante sobre Taiwán y del apoyo chino a regímenes como el iraní y el ruso.

La divergencia sobre la inteligencia artificial encierra una paradoja aparente. El régimen autoritario habla de control humano y la democracia de desregulación. Conviene no dejarse engañar: cuando Pekín habla de control humano se refiere al control del Partido Comunista, que ya utiliza estas tecnologías para la vigilancia masiva de su población. Dicho esto, la negativa de Washington a establecer salvaguardias, pocos días después de que los propios dirigentes del sector alertaran ante la ONU de los riesgos de seguridad, como se analizó en el informe de ayer, deja a China la bandera de la gobernanza responsable, un espacio que nunca debió cederse.

Sobre Irán, la cumbre confirma que China es un beneficiario pasivo de la guerra. Su apoyo verbal a un alto el fuego no le cuesta nada y le permite presentarse como potencia responsable, mientras se abstiene de ejercer sobre Teherán la influencia que su condición de principal comprador de crudo iraní le otorga.

Perspectivas y escenarios

El escenario central es la gestión de la rivalidad sin acuerdos de fondo: nueva ronda comercial antes de que expire la prórroga, probablemente en enero, mantenimiento de los controles tecnológicos y avances limitados en los canales de comunicación militar, que serían el único resultado genuinamente positivo de la visita. El riesgo principal es una concesión verbal sobre Taiwán a cambio de compras agrícolas o de un suministro más fluido de tierras raras, en plena precampaña electoral. El indicador que conviene seguir es el comunicado estadounidense sobre la reunión, si llega, y la terminología que emplee sobre la independencia taiwanesa.

Noticia 3. Arabia Saudí bajo el fuego hutí: seis misiles balísticos, el pacto de La Meca y la amenaza iraní sobre el océano Índico

Hechos

Las autoridades saudíes informaron el jueves de la interceptación de seis misiles balísticos disparados por la organización terrorista hutí desde Yemen, que por su parte afirmó haber lanzado decenas de misiles y drones contra objetivos en el reino. Riad había emitido previamente alertas de emergencia para zonas que incluían la ciudad santa de La Meca, Yeda y Yanbu, principal puerto petrolero saudí en el mar Rojo. Los hutíes aseguran haber atacado Riad e instalaciones de Aramco en Yanbu. Las autoridades saudíes ya habían acusado a los terroristas hutíes de un ataque contra La Meca, y la televisión estatal ha difundido imágenes de un presunto ataque contra una mezquita en el sur del país.

En paralelo, los ministros de Asuntos Exteriores de Arabia Saudí, Turquía y Pakistán se reunieron en el marco del Acuerdo de Defensa Conjunta de La Meca, firmado el 7 de agosto de 2026 en la ciudad santa por el príncipe heredero Mohamed bin Salmán, el presidente Recep

Tayyip Erdogan y el primer ministro Shehbaz Sharif, y que establece que un ataque armado contra cualquiera de las partes se considerará un ataque contra todas. Los ministros condenaron los ataques contra La Meca y otros objetivos civiles, afirmaron el derecho de Arabia Saudí a defenderse y acordaron convocar con urgencia una reunión de los jefes de Estado Mayor de los tres países para estudiar fórmulas de apoyo al reino.

El anuncio llegó poco después de que el presidente iraní, Masud Pezeshkian, intentara desmarcarse de los hutíes en una entrevista en el programa «Special Report» de Fox News, un día después de su intervención ante la Asamblea General: según Pezeshkian, los hutíes son responsables de sus propios actos. Sin embargo, fuentes del Gobierno yemení, fuentes iraníes y fuentes regionales han declarado a Reuters que el avance hutí a lo largo de la costa yemení del mar Rojo se ha llevado a cabo bajo la dirección directa del CGRI. Ese avance, que incluyó la toma del puerto de Moca, analizada en su momento en este informe, y de la localidad costera de Dubab, así como de varias islas estratégicas, otorga ya a los terroristas hutíes el control efectivo de la orilla yemení de Bab el-Mandeb. Un ataque de las organizaciones terroristas proiraníes de Irak dejó además temporalmente fuera de servicio el oleoducto saudí Este-Oeste.

En este contexto, el asesor militar del Líder Supremo iraní, Yahya Rahim Safavi, advirtió, según la agencia Fars, de que Irán podría extender la guerra al océano Índico si vuelve a ser atacado, y sostuvo que la conexión entre el golfo Pérsico y el mar Rojo, entre Ormuz y Bab el-Mandeb, alteraría el teatro de operaciones. Bloomberg recuerda que Irán ya atacó en marzo la base angloestadounidense de Diego García, en pleno océano Índico, sin causar daños. El lunes, el CGRI había advertido de que podría cambiar de armas, tácticas y objetivos en caso de nueva escalada.

Los mercados reaccionaron de inmediato. The Economist sitúa el pico del Brent en 102 dólares el jueves; Bloomberg registró subidas de más del 3 % que llevaron el barril por encima de los 106 dólares en el tramo más tenso de la sesión, antes de moderarse ante el aumento de los flujos procedentes de la región. Emily Ashford, responsable de análisis energético de Standard Chartered, describió un mercado con muy pocos amortiguadores, en el que cualquier titular creíble sobre una nueva interrupción física tiene un impacto desproporcionado. El crudo acumula una subida superior al 70 % en lo que va de año.

Implicaciones

La lectura estratégica de la jornada es inequívoca: Irán y sus organizaciones terroristas interpuestas están atacando la válvula de escape de Arabia Saudí. El oleoducto Este-Oeste y el puerto de Yanbu son precisamente la infraestructura que permite al reino exportar crudo por el mar Rojo sin pasar por Ormuz. Golpear el oleoducto desde Irak, bombardear Yanbu desde Yemen y controlar Bab el-Mandeb equivale a cerrar la segunda puerta después de haber cerrado la primera. No se trata de ataques dispersos, sino de una tenaza geográfica diseñada para estrangular al mayor exportador de energía del mundo y, con él, a los mercados que dependen de su crudo.

La declaración de Pezeshkian es un ejercicio clásico de negación plausible, desmentido por la evidencia de la dirección del CGRI sobre la ofensiva hutí. Revela además, una vez más, la dualidad del poder en Teherán: un presidente que habla de paz ante las cámaras estadounidenses y un aparato militar que coordina la escalada sobre el terreno. Los hutíes no son un actor autónomo que actúe por su cuenta, sino una pieza del dispositivo iraní, y deben ser tratados como lo que son: una organización terrorista al servicio de la estrategia regional de Teherán.

El pacto de La Meca afronta su primera prueba real, y su composición es reveladora. Turquía aporta el segundo ejército de la OTAN (North Atlantic Treaty Organization, Organización del Tratado del Atlántico Norte) y una industria de defensa en plena expansión; Pakistán, la única potencia nuclear del mundo musulmán. El acuerdo expresa la voluntad saudí de diversificar sus garantías de seguridad más allá de Washington, lo que constituye en sí mismo un juicio implícito sobre la fiabilidad estadounidense. Plantea también preguntas de calado: la participación de un aliado de la OTAN en un compromiso de defensa colectiva en la península arábiga no activa el artículo 5 del Tratado de Washington, pero crea un vínculo indirecto que la Alianza no ha debatido; Pakistán, a su vez, ha ejercido de mediador entre Washington y Teherán, y ese papel resulta difícil de compatibilizar con un compromiso militar frente a los aliados de Irán.

La amenaza de Safavi sobre el océano Índico es, ante todo, un instrumento de disuasión destinado a encarecer cualquier reanudación de los ataques estadounidenses. No debe, sin embargo, despreciarse. El océano Índico concentra rutas vitales para la economía mundial y, en particular, para India, que importa más del 88 % del crudo que consume. La amenaza iraní apunta así también contra los intereses de países que Teherán dice considerar amigos, lo que debería hacer reflexionar a Nueva Delhi y a Pekín sobre la naturaleza del régimen al que compran petróleo.

En el plano energético, el precio no refleja tanto el volumen efectivamente perdido como la prima de riesgo. La volatilidad entre los 98 dólares de principios de semana, cuando se especulaba con una reapertura de Ormuz en siete días, y los máximos del jueves demuestra que el mercado cotiza ya la guerra de los dos estrechos.

Perspectivas y escenarios

A corto plazo, lo más probable es una intensificación sostenida de los ataques hutíes contra Yanbu, Yeda y la infraestructura del mar Rojo, acompañada de acciones contra el tráfico marítimo en Bab el-Mandeb. La reunión de jefes de Estado Mayor del pacto de La Meca podría traducirse en apoyo aéreo y de defensa antimisiles turco, asesoramiento militar paquistaní y una coordinación más estrecha de inteligencia; una intervención terrestre conjunta en Yemen parece hoy improbable, pero no puede descartarse si los ataques contra los Santos Lugares se repiten. Una acción iraní en el océano Índico es un escenario de baja probabilidad y altísimo impacto, que dependería de una reanudación de los ataques estadounidenses. El Brent seguirá oscilando en torno a los 100 dólares con picos por encima de 105 mientras no haya un acuerdo verificable sobre Ormuz.

Noticia 4. El Gran Muftí de Arabia Saudí llama a las tropas a estar dispuestas al sacrificio frente a los hutíes

Hechos

La máxima autoridad religiosa del reino, el jeque Saleh bin Fawzan al-Fawzan, Gran Muftí de Arabia Saudí desde octubre de 2025, difundió a través de la SPA (Saudi Press Agency, Agencia de Prensa Saudí) un mensaje dirigido a los soldados desplegados en la frontera con Yemen en el que les pide estar preparados para dar la vida en la lucha contra los hutíes hasta que la organización sea desalojada del poder. El texto, de tono inusualmente enérgico, se apoya en abundantes versículos coránicos y dichos del Profeta relativos al sacrificio y a la lucha en defensa de la fe.

El Gran Muftí afirma que proteger la nación y castigar a quien pretenda tocar una sola pulgada de su territorio figura entre los deberes más altos y los actos de devoción más virtuosos, por los que pueden sacrificarse vidas en busca de la complacencia divina. Exhorta a los soldados a mantenerse preparados, a obedecer a los gobernantes y a sus mandos sobre el terreno y a ejecutar las órdenes con la máxima precisión, les dice que siguen los pasos de los compañeros del Profeta en la defensa de los lugares sagrados del islam y pide a Dios la derrota completa de los hutíes y de quienes los asisten y apoyan.

El mensaje llega tras semanas de escalada, con salvas de misiles y drones hutíes contra el reino y ataques aéreos saudíes de respuesta, y después de que las autoridades acusaran a los terroristas hutíes de atacar La Meca y una mezquita en el sur del país. El conflicto de Yemen, prácticamente congelado desde la tregua auspiciada por la ONU en 2022, ha vuelto a estallar y se ha fundido con la guerra de Irán. El mismo día, el vicepresidente yemení pidió una acción internacional para restaurar el Estado y asegurar Bab el-Mandeb.

Implicaciones

La legitimidad de la dinastía saudí descansa en buena medida en su condición de custodia de las dos Santas Mezquitas. Un ataque contra La Meca no es, por tanto, un simple acto de guerra: es un desafío directo a la razón de ser de la monarquía. La intervención del Gran Muftí transforma una guerra fronteriza en una defensa de lo sagrado y moviliza el capital religioso del reino en un momento en que la población del sur sufre los ataques en primera persona. Es también una respuesta a la propaganda hutí, que reviste de legitimidad islámica una agresión dirigida desde Teherán.

Conviene subrayar una distinción que buena parte de los comentaristas occidentales tiende a ignorar. El llamamiento del Gran Muftí se dirige a soldados de un ejército regular, en defensa del territorio nacional y de los Santos Lugares frente a una organización terrorista, y exige expresamente obediencia a la autoridad legítima y a la cadena de mando. Es lo contrario de la doctrina yihadista, que llama a individuos y grupos a actuar al margen del Estado y contra él. Equiparar ambas cosas sería un error intelectual y una injusticia, además de una concesión gratuita a la islamofobia que este informe rechaza.

Dicho esto, el mensaje encierra un riesgo evidente de sectarización. Los hutíes pertenecen a la rama zaidí del chiismo, y un discurso religioso de movilización formulado por una autoridad salafista puede ahondar la dimensión suní-chií del conflicto, que es precisamente el terreno en el que el régimen oligárquico-yihadista de Teherán se mueve con más comodidad. La referencia a «quienes los asisten y apoyan» apunta implícitamente a Irán, y su eco en Pakistán, socio del pacto de La Meca y país con una importante minoría chií, merece seguimiento.

Llama la atención, por último, la reactivación del estamento religioso como instrumento de movilización nacional en un reino que, en el marco de la Visión 2030, había reducido su protagonismo público. El Estado saudí controla con firmeza el discurso religioso y lo pone ahora al servicio de la defensa nacional. El mensaje sugiere que Riad se prepara para una guerra larga y no descarta operaciones de mayor envergadura en la frontera yemení.

Perspectivas y escenarios

Es probable que el llamamiento anteceda a una intensificación de las operaciones saudíes contra las posiciones hutíes en la frontera y en la costa del mar Rojo, y a campañas de alistamiento y movilización en el sur del reino. Cabe esperar una contramovilización religiosa hutí, con un discurso de martirio dirigido a su propia base. El indicador clave será el tono de las autoridades religiosas de los socios del pacto de La Meca, en particular en Pakistán, y la capacidad de Riad para mantener el conflicto dentro de un marco nacional y no sectario.

III. Rack de Medios

Reuters. Marca la agenda de la jornada con cinco piezas: la negociación por fases sobre Ormuz, firmada por Nakhoul, Hafezi e Irish, que es la información más relevante del día por la calidad y la variedad de sus fuentes; la crónica de la cumbre de Trevor Hunnicutt y David Brunnstrom, que acuña la fórmula de una reunión cargada de simbolismo y ligera de sustancia; el análisis de las cinco conclusiones de la visita de Xi, que subraya la brevedad de la prórroga comercial; la información sobre el cierre de filas de los aliados en torno a Arabia Saudí, de Timour Azhari y Hatem Maher, y la noticia del llamamiento del Gran Muftí. Su tono es sobrio y escéptico sobre las perspectivas diplomáticas.

The Economist. Su resumen diario encabeza con la constatación de que la guerra de Irán no tiene final a la vista y recoge la interceptación saudí de los seis misiles balísticos, la amenaza iraní sobre el océano Índico y el pico del Brent en 102 dólares. Es la síntesis más escueta y, a la vez, la más pesimista.

Bloomberg. Pone el foco en el mercado: la amenaza iraní sobre el océano Índico enfría las esperanzas de un acuerdo sobre Ormuz y dispara el Brent por encima de los 106 dólares en el momento más tenso. Recuerda el ataque iraní contra Diego García en marzo y recoge la advertencia de Standard Chartered sobre un mercado sin amortiguadores.

Arab News. Amplifica la dimensión saudí, con amplios extractos de las exhortaciones del Gran Muftí, la información sobre el pacto de La Meca y el llamamiento del vicepresidente yemení a asegurar Bab el-Mandeb. Destaca la calificación del avance hutí como una amenaza para el comercio mundial y recoge la tesis de la dirección del CGRI sobre la ofensiva.

Fox News. La entrevista de Bret Baier a Pezeshkian en «Special Report» proporciona la frase con la que Teherán intenta desmarcarse de los hutíes, de inmediato contrastada por las agencias con la evidencia sobre el papel del CGRI.

Al Jazeera. Ofrece su propia lectura de la cumbre de Washington en cuatro conclusiones y subraya que la búsqueda de diálogo entre las dos superpotencias no disimula las diferencias sobre Irán, Taiwán, la inteligencia artificial y el comercio.

CSIS. El análisis de Edgard Kagan sobre el contraste entre la personalización de Trump y el enfoque de Estado de Xi es la mejor clave interpretativa de la cumbre.

Xinhua y Fars (fuentes oficiales, citadas por Reuters y Bloomberg). La agencia china difunde la petición de Xi de que Washington se oponga a la independencia de Taiwán y su apoyo retórico al alto el fuego en Irán; la agencia iraní, vinculada al CGRI, transmite la amenaza de Safavi sobre el océano Índico. Ambas deben leerse como instrumentos de comunicación de sus respectivos regímenes.

IV. Semáforo de Riesgos

RiesgoNivelTendenciaComentario
Fracaso de la negociación por fases sobre Ormuz● AltoEstableNinguna parte quiere renunciar primero a su palanca; secuencia iraní inaceptable.
Ofensiva hutí contra Arabia

Saudí (La Meca, Yeda,

Yanbu)

● AltoAl alzaSeis balísticos interceptados; ataque contra la válvula de escape del mar Rojo.
Control hutí de Bab el-

Mandeb

● AltoAl alzaOrilla yemení del estrecho bajo control efectivo de la organización terrorista.
Precio del crudo por encima de 100 dólares● AltoVolátilBrent entre 102 y más de 106 dólares; prima de riesgo dominante.
Extensión de la guerra al océano Índico● MedioAl alzaAmenaza de Safavi; precedente del ataque contra Diego García en marzo.
Internacionalización vía pacto de La Meca● MedioAl alzaTurquía (OTAN) y Pakistán (nuclear) ante su primera prueba real.
Sectarización religiosa del conflicto● MedioAl alzaMovilización religiosa saudí frente a una organización zaidí dirigida por el CGRI.
Concesión sobre Taiwán● MedioAl alzaPaquete de 14.000 millones en suspenso; Pekín exige «oponerse» a la independencia.
Relación comercial EEUUChina● MedioEstableTregua prorrogada solo dos meses; tierras raras por debajo de lo pactado.
Colapso desordenado del régimen iraní sin plan para el día después● MedioEstableLa Casa Blanca apuesta por el hundimiento sin prever sus consecuencias.
Canales de comunicación militar EEUU-China● BajoMejoraÚnico avance tangible de la cumbre: voluntad de diálogo para prevenir crisis.
  • Rojo: riesgo alto ● Ámbar: riesgo medio ● Verde: riesgo bajo

V. Comentario Editorial

Los dos estrechos y el saldo de Lippmann

En 1943, en plena guerra mundial, Walter Lippmann publicó un libro breve que se convertiría en uno de los textos fundacionales del realismo estadounidense, «U.S. Foreign Policy: Shield of the Republic». En él formuló una definición que conserva toda su vigencia: la política exterior consiste en equilibrar los compromisos de una nación con su poder, manteniendo siempre en reserva un cómodo excedente de este último. Lippmann advertía de que la ruina de las potencias no procede de la falta de fuerza, sino de la distancia entre lo que prometen y lo que están dispuestas a sostener. Esa distancia, que la literatura académica bautizaría después como la «brecha de Lippmann», es la mejor clave para leer la jornada de ayer.

Los compromisos de Estados Unidos en esta guerra son enormes y conocidos: garantizar la libertad de navegación en Ormuz, proteger a Arabia Saudí y a los aliados del Golfo, impedir que Irán alcance el arma nuclear, sostener la disuasión frente a China en el estrecho de Taiwán. El poder de Estados Unidos es también enorme, y nadie discute su superioridad militar, demostrada en los primeros meses del conflicto. El problema está en el tercer término de la ecuación de Lippmann, que es la voluntad de emplear ese poder de forma sostenida y coherente. Esa voluntad se ha convertido en una variable subordinada al calendario electoral del 3 de noviembre, y el régimen de Teherán lo sabe.

Irán, en cambio, ha hecho exactamente lo que Alfred Thayer Mahan habría recomendado a una potencia menor frente a una mayor. El almirante estadounidense sostuvo en «The Influence of Sea Power upon History», en 1890, que el dominio de las comunicaciones marítimas y de los pasos estrechos decide las guerras entre potencias, porque quien controla las arterias del comercio controla la respiración económica del adversario. Teherán ha aplicado esa lección con una eficacia que debería avergonzar a los estrategas occidentales. Cerró primero Ormuz; después, a través de la organización terrorista hutí, dirigida por el CGRI, se ha hecho con la orilla yemení de Bab el-Mandeb; ahora ataca Yanbu y el oleoducto Este-Oeste, la válvula que permitía a Arabia Saudí esquivar el primer estrecho, y amenaza con llevar la guerra al océano Índico. No tiene la marina más poderosa, pero tiene la geografía, y ha sabido convertirla en un arma.

La jornada de ayer ofrece la medida exacta de esa asimetría. En Nueva York, un alto responsable iraní afirma tener el dedo en el gatillo mientras su ministro de Asuntos Exteriores propone una secuencia en la que Teherán cobra todo por adelantado y entrega Ormuz en último lugar. En Riad, el Gran Muftí llama a los soldados a prepararse para el sacrificio porque la guerra ha llegado a las puertas de La Meca. En Washington, el presidente de Estados Unidos enseña a su homólogo chino un helipuerto y habla de granito, mientras un responsable de la Casa Blanca explica que el plan consiste en esperar el «colapso inevitable» de Irán.

Esperar no es una estrategia. Este informe lo ha sostenido desde el principio: los ataques contra Irán estaban justificados frente a un régimen oligárquico-yihadista, terrorista y exportador de inestabilidad, y el éxito táctico ha sido indiscutible, pero al éxito militar se contrapone una catástrofe geopolítica que se agrava cada semana. Nadie ha planificado el día después. Si el régimen implosiona de forma desordenada, las unidades del CGRI, huérfanas de mando, podrían convertir los estrechos en feudos de facciones sin interlocutor. Si el régimen sobrevive gracias a un acuerdo que consagre su control administrativo de Ormuz, habrá obtenido en la mesa lo que no pudo conquistar en el campo de batalla.

El contraste con la cumbre de Washington resulta instructivo. Xi Jinping llegó con un discurso de Estado, habló de estabilidad estratégica, invocó a Tucídides y pidió que Estados Unidos se oponga a la independencia de Taiwán. Trump respondió con el lenguaje de la amistad personal. La estrategia del exabrupto, tan eficaz con aliados sometidos a presión, se vuelve inútil ante un rival que no se impresiona con desfiles y que ha aprendido a convertir las tierras raras en arma. China apoya de palabra un alto el fuego en Irán mientras sigue beneficiándose de la guerra, y observa atentamente si la palabra de Washington tiene precio en Taiwán. Si lo tuviera, la brecha de Lippmann dejaría de ser un problema de Oriente Próximo para convertirse en un problema global.

Hay, pese a todo, motivos para no caer en el fatalismo. El sistema estadounidense sigue funcionando: el Congreso mantiene su compromiso con Taiwán, el secretario de Estado, Marco Rubio, representa una línea de firmeza coherente y las sanciones secundarias empiezan a producir efectos visibles, como demuestra el veto a las aerolíneas iraníes en Emiratos y Omán. Arabia Saudí, por su parte, ha comprendido que no puede depender de un único garante y ha tejido con Turquía y Pakistán una red de seguridad propia. Queda por ver si Europa, la más dependiente de la ruta de Suez y de Bab el-Mandeb, se decide alguna vez a tomarse en serio su propia seguridad, o si seguirá contemplando desde la barrera una guerra que decide el precio de su energía y la viabilidad de su comercio.

La lección de Lippmann es sencilla y exigente: no se puede prometer más de lo que se está dispuesto a sostener. La lección de Mahan es complementaria: quien controla los estrechos controla la guerra. Irán ha entendido la segunda. Occidente todavía no ha resuelto la primera. Mientras no lo haga, la guerra de los dos estrechos seguirá sin final a la vista.

Gustavo de Arístegui y San Román

Diplomático

Exembajador de España

Escritor Analista geopolítico

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