i. Introducción
Hoy convergen tres frentes que conviene analizar con el rigor que exige la actualidad y sin ceder al ruido de fondo. Washington intensifica en paralelo dos mediaciones que compiten por la misma atención presidencial: la ucraniana, de baja intensidad pero renovado impulso diplomático, y la iraní, que ayer volvió a las armas tras un mes de calma tensa.
El Estrecho de Ormuz vuelve a ser escenario de intercambio de golpes entre Estados Unidos e Irán, con consecuencias inmediatas sobre el precio del crudo, que hoy supera los 91 dólares el barril de Brent. Simultáneamente, Bishkek —y no Tashkent, como recogía la nota de trabajo de partida; conviene corregir el dato antes de que se propague— acoge la 26ª cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, con Xi Jinping, Vladímir Putin, Narendra Modi y el propio presidente iraní, Masud Pezeshkian, compartiendo mesa en su 25º aniversario. Tres historias, un mismo trasfondo: el orden internacional sigue reacomodándose bajo la presión simultánea de la guerra en Ucrania, la crisis del Golfo y la consolidación de un eje euroasiático que observamos con la vigilancia que merece.
II. Noticias más importantes de las últimas 24 horas
1.La mediación de Witkoff y Kushner busca reactivar el proceso de paz en Ucrania
Hechos
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, mantuvo ayer domingo una conversación telefónica con los enviados especiales de Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, que él mismo calificó de detallada y constructiva. Según relató en Telegram, ambas partes discutieron la coordinación permanente entre los equipos negociadores estadounidense y ucraniano, y ya se baraja fecha para una visita de los enviados a Kiev, que podría seguirse de un desplazamiento a Moscú.
Zelenski trasladó a sus interlocutores el estado del frente, donde, según sus propias palabras, los avances rusos son insignificantes y se logran a un coste humano desproporcionado. El mandatario ucraniano ha señalado que septiembre podría traer cambios sustanciales en el curso de la guerra, aunque matizó que la inteligencia ucraniana y de sus socios indica que el líder ruso desea prolongar el conflicto, pese a que la mayoría de la población rusa respaldaría el cese de las hostilidades en la línea de contacto actual. Este acercamiento se produce en un contexto de fatiga: la invasión rusa entra ya en su quinto año sin que ninguna de las múltiples rondas de mediación —Abu Dabi, Ginebra, Miami, Riad— haya cuajado en un acuerdo de alto el fuego duradero.
Implicaciones
El patrón se repite con una regularidad casi litúrgica: contactos calificados de constructivos, anuncios de visitas inminentes y ausencia persistente de resultados tangibles sobre el terreno. Nada de ello resta valor al esfuerzo diplomático —que sostenemos sin reservas frente a cualquier intento de resolver por la fuerza una disputa territorial—, pero obliga a preguntarse si Moscú tiene hoy incentivo real para negociar mientras conserve, siquiera de forma marginal, la iniciativa militar.
La circunstancia de que Witkoff y Kushner deban repartir su atención entre Ucrania y la crisis iraní, mucho más aguda en este momento, no ayuda a la causa ucraniana ni transmite a Moscú la sensación de urgencia que sería deseable.
Perspectivas y escenarios
El escenario más favorable pasa por que la anunciada visita a Kiev, seguida de un nuevo encuentro en Moscú, permita finalmente desbloquear las cuestiones de soberanía sobre el Dombás y la línea de demarcación, que llevan bloqueando el proceso desde el inicio. El escenario más probable, sin embargo, es el de un nuevo ciclo de gestos diplomáticos sin acuerdo sustantivo, mientras Rusia continúa desgastando el frente a fuego lento. El riesgo que debemos vigilar es el de una fatiga negociadora en Kiev y en las cancillerías europeas si Washington termina subordinando la cuestión ucraniana a la crisis de Oriente Próximo, que hoy exige recursos diplomáticos y militares crecientes.
2. Washington y Teherán reanudan el pulso militar en el Golfo; el petróleo se dispara
Hechos
Tras un mes de calma tensa, Estados Unidos e Irán volvieron a intercambiar golpes directos el domingo. Fuerzas estadounidenses atacaron lanzacohetes y drones marinos iraníes en la isla de Larak, en pleno Estrecho de Ormuz, después de detectar preparativos para el minado de la vía navegable.
Irán respondió con misiles balísticos y drones contra las bases estadounidenses de Al Hussein y Al Azraq, en Jordania, y con un ataque de dron contra Emiratos Árabes Unidos. Amán confirmó la intercepción de ocho misiles sin daños, mientras que Teherán cifró en dos militares y un civil sus propias bajas por el ataque estadounidense inicial. El presidente Trump prometió una respuesta contundente —»vamos a golpearlos duro», declaró— y llegó a compartir en su red Truth Social un vídeo generado por inteligencia artificial que mostraba, presuntamente, la destrucción de la isla de Kharg, el principal terminal petrolero iraní; no existe, conviene subrayarlo, evidencia alguna de un ataque real sobre esa instalación, por lo que el vídeo debe leerse como amenaza y no como hecho consumado.
El Mando Central estadounidense (CENTCOM), por su parte, desmintió como pura desinformación la afirmación del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) de haber minado un superpetrolero en el sur del estrecho. El mando militar y de seguridad que dirige hoy la escalada iraní —encabezado por el general Ahmad Vahidi al frente del CGRI y, desde este mes, por Mohsen Rezaei al frente del Consejo Supremo de Seguridad Nacional— responde a una lógica de poder que analizamos en la sección III de este informe. Como consecuencia inmediata de la escalada, el crudo Brent superó hoy los 91 dólares por barril, con una subida acumulada superior al 9% en el último mes.
Implicaciones
El episodio certifica el fracaso definitivo del memorando de entendimiento firmado en junio para reabrir el tráfico comercial por Ormuz: el bloqueo naval estadounidense a los puertos iraníes sigue vigente, y Teherán mantiene sus amenazas de tarifas, detención y confiscación a los buques que transiten sin su autorización. La consolidación de Vahidi al frente del CGRI —tras la muerte en combate de su predecesor, Mohammad Pakpour— confirma que la paradoja del descabezamiento sigue operando en Irán: cada comandante abatido es sustituido por un cuadro más duro y más comprometido con la escalada, nunca por uno dispuesto a negociar. Los mercados energéticos, por su parte, acusan ya el nerviosismo: las navieras asiáticas —China, Japón, Corea del Sur— buscan proveedores alternativos tan lejanos como Argentina para compensar las pérdidas de suministro de Oriente Próximo, y la reserva estratégica de petróleo estadounidense se aproxima a mínimos operativos por el aumento de las exportaciones de crudo.
Perspectivas y escenarios
El riesgo inmediato es el de una escalada de temperatura variable, con episodios puntuales de intercambio de golpes que no llegan a configurar una guerra abierta pero que mantienen el estrecho en un estado de inestabilidad crónica, con el consiguiente coste para el comercio mundial. No cabe descartar un ataque efectivo —esta vez real— contra Kharg si Teherán persiste en sus provocaciones contra el tráfico marítimo. Resulta indispensable que los aliados del Golfo, con apoyo occidental, refuercen una coalición naval capaz de garantizar la libertad de navegación, en lugar de depender exclusivamente de la disuasión unilateral estadounidense.
3. La OCS certifica en Bishkek —no en Tashkent— la consolidación del eje euroasiático
Hechos
La 26ª cumbre de jefes de Estado de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) se celebra estos días —31 de agosto y 1 de septiembre— en Bishkek, capital de Kirguistán, y no en Tashkent, como recogía la relación de temas de partida de este informe; la aclaración es pertinente porque el dato erróneo podría trasladarse fácilmente a análisis posteriores. La cita, que conmemora el 25º aniversario de la organización bajo el lema «25 años de la OCS: juntos por la paz sostenible, el desarrollo y la prosperidad», reúne a Xi Jinping, Vladímir Putin, Narendra Modi, el primer ministro paquistaní Shehbaz Sharif y el presidente iraní, Masud Pezeshkian, entre otros mandatarios de los diez Estados miembros, que representan conjuntamente más del 40% de la población mundial.
Se espera la adopción de la llamada Declaración de Bishkek, junto con otros documentos sobre el desarrollo futuro de la organización. Kirguistán entrega la presidencia rotatoria a Pakistán, que la ejercerá hasta la cumbre de 2027. Putin mantiene encuentros bilaterales separados con Xi y con Pezeshkian al margen de la cumbre, mientras Uzbekistán promueve activamente el llamado Corredor Trans-Afgano, y avanza —aunque todavía sin estructura definida— el proyecto de un banco de desarrollo propio de la OCS.
Implicaciones
La cumbre funciona, una vez más, como escaparate de cohesión de un bloque euroasiático que Pekín y Moscú emplean sistemáticamente para proyectar la idea de un orden multipolar alternativo al liderado por Occidente. Conviene, sin embargo, no exagerar su solidez interna: la OCS carece de los compromisos vinculantes propios de una alianza militar o una unión económica, y las tensiones entre sus miembros —India y Pakistán por Cachemira, India y China por la frontera del Himalaya— siguen sin resolverse pese a los gestos de acercamiento. La presencia de Pezeshkian, mientras su régimen libra una guerra abierta en el Golfo con Estados Unidos, ilustra el intento de Teherán de buscar en Eurasia la cobertura diplomática que no encuentra en Occidente.
La dependencia económica rusa de China, agravada por las sanciones occidentales derivadas de la invasión de Ucrania, sigue profundizándose, y proyectos como el Corredor Trans-Afgano o el Corredor Internacional Norte-Sur amplían de forma silenciosa la influencia china y rusa en Asia Central, una región que seguimos vigilando con particular atención dado el patrón ya conocido de Pekín en el control de rutas, materias primas y tierras raras.
Perspectivas y escenarios
Cabe esperar de la Declaración de Bishkek una retórica multipolar de crítica velada a Occidente, sin que ello se traduzca en compromisos operativos duros. Convendrá observar con atención si el texto final aborda explícitamente la guerra de Ucrania o el conflicto entre Estados Unidos e Irán, y en qué términos lo hace, así como el grado de avance real del proyectado banco de desarrollo de la OCS, que de consolidarse podría convertirse en un instrumento adicional de desdolarización parcial de los intercambios comerciales entre sus miembros.
III. Perfil de poder: Vahidi y Rezaei, la guerra como instrumento de consolidación interna
Hechos
El 9 de agosto, el líder supremo Mojtaba Jamenei designó al general Mohsen Rezaei, de 71 años y comandante en jefe del CGRI entre 1981 y 1997 durante buena parte de la guerra Irán-Irak, como su representante personal en el Consejo Supremo de Seguridad Nacional (CSSN). Al día siguiente, el presidente Masud Pezeshkian lo nombró secretario del propio Consejo, en sustitución de Mohammad Bagher Zolghadr, que apenas llevaba cinco meses en el cargo tras la muerte en un bombardeo, en marzo, de su predecesor, Ali Larijani. Rezaei se suma así a Saeed Jalili, otro veterano de línea dura, como segundo representante directo de Jamenei en el órgano que coordina la seguridad y la política exterior del régimen. El nuevo secretario, doctor en economía y ex vicepresidente para Asuntos Económicos con el fallecido presidente Raisi, figura también, al igual que el general Vahidi, en la notificación roja de Interpol por el atentado contra la mutua judía AMIA de Buenos Aires en 1994, cuando mandaba el CGRI.
Desde su nombramiento, Rezaei ha protagonizado algunas de las declaraciones más beligerantes del régimen: ha amenazado con impedir la salida de una sola gota de petróleo por el Golfo Pérsico o por Ormuz si algún país vecino se suma a la presión económica estadounidense, ha calificado de enemigo a cualquier Estado que coopere con Washington en ese frente, y ha insistido en que el estrecho no reabrirá hasta que Estados Unidos retire sus fuerzas de la región. Estas posiciones contrastan abiertamente con las del propio presidente Pezeshkian, quien en fechas recientes defendió públicamente el acuerdo alcanzado con Washington en junio y advirtió de que Irán no puede continuar en guerra para siempre.
Implicaciones
La coincidencia temporal de ambos nombramientos —Vahidi al frente del CGRI desde marzo, confirmado formalmente el 10 de agosto; Rezaei al frente del CSSN desde el 9 y 10 de agosto— concentra los dos principales resortes de la seguridad iraní, el mando militar y la coordinación estratégica, en manos de dos figuras cuyo ascenso está directamente vinculado a la continuidad del conflicto con Estados Unidos y que, por su historial y sus declaraciones públicas, representan la facción menos interesada en una salida negociada.
El contraste con Pezeshkian, partidario declarado de preservar el acuerdo de junio, no es casual: cuanto más se prolongan las hostilidades, mayor es la legitimidad que reclaman los mandos de guerra frente a un presidente cuyo margen de maniobra se estrecha en la misma proporción. Sostenemos que ambos nombramientos no obedecen a una simple gestión de bajas o vacantes, sino a una lógica de poder perfectamente identificable: la guerra, lejos de debilitar a la cúpula de seguridad, se ha convertido en el instrumento que legitima y perpetúa su preeminencia interna.
Perspectivas y escenarios
Mientras Vahidi y Rezaei controlen los resortes militares y de seguridad del régimen, resulta improbable que Teherán ofrezca concesiones sustantivas sobre Ormuz o sobre su programa nuclear, por muy dura que sea la presión occidental. Conviene vigilar si Pezeshkian logra recomponer algún margen de maniobra político frente al eje Jamenei-Vahidi-Rezaei, o si queda reducido a una figura decorativa, incapaz de trasladar a la práctica su defensa pública del acuerdo de junio.
El escenario que más nos preocupa es el de una guerra de temperatura variable mantenida deliberadamente por debajo del umbral que provocaría una respuesta occidental masiva, pero por encima del que permitiría cualquier normalización: no ya como simple consecuencia de la dinámica del conflicto, sino como elección racional y consciente de quienes hoy gobiernan la seguridad iraní, y que tienen en la propia guerra su principal activo de poder interno.
IV. Rack de medios
La prensa estadounidense de referencia —CNBC, CBS y Fox News— centra su cobertura en el intercambio de golpes en Ormuz y su impacto inmediato sobre los mercados energéticos, con especial atención a la respuesta que prepara la Casa Blanca. Los medios ucranianos —Ukrinform y Ukrainska Pravda— destacan, por su parte, el tono optimista de Zelenski sobre la conversación con Witkoff y Kushner, presentándola como preludio de una posible visita de los enviados estadounidenses a Kiev en septiembre.
La prensa rusa oficialista subraya, por el contrario, la amenaza de Trump de golpear con dureza a Irán como prueba de la naturaleza errática de la política exterior estadounidense, en línea con su narrativa habitual de desorden occidental.
La prensa india pone el acento en la cumbre de Bishkek como oportunidad para que Nueva Delhi profundice sus vínculos con Asia Central en materia comercial, energética y de conectividad, sin renunciar por ello a su agenda antiterrorista particular.
Los medios del Golfo, finalmente, insisten en la necesidad de que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas adopte medidas firmes y disuasorias frente a lo que consideran un uso sistemático del Estrecho de Ormuz como instrumento de presión y chantaje económico por parte de Teherán.
V. Semáforo de riesgos
🔴 Estrecho de Ormuz y escalada militar entre Estados Unidos e Irán — riesgo alto y en ascenso.
🟠 Mercados energéticos globales — riesgo alto de nuevas subidas de precios ante cualquier nuevo incidente.
🟡 Proceso de paz Ucrania-Rusia — estancado, con ventana de oportunidad diplomática abierta en septiembre.
🟡 Eje Moscú-Pekín-Teherán y cumbre de la OCS — consolidación gradual, sin ruptura inmediata con Occidente.
🟢 Estabilidad regional del Golfo fuera del corredor de Ormuz — contenida, sin escalada generalizada por el momento.
VI. Comentario editorial
Lo ocurrido ayer en el Estrecho de Ormuz confirma, una vez más, un patrón que venimos señalando desde hace meses: la oligarquía yihadista que gobierna Irán no responde a la presión con distensión, sino con un cálculo de escalada permanentemente controlada. El perfil de poder que dibujamos en la sección anterior —Vahidi al frente del CGRI, Rezaei al frente del Consejo Supremo de Seguridad Nacional— no es una anécdota biográfica, sino la confirmación de que la paradoja del descabezamiento se ha extendido ya del terreno estrictamente militar al político: cada baja, cada relevo, refuerza a la facción menos interesada en cualquier gesto de distensión, y debilita en la misma medida a quienes, como el propio Pezeshkian, han defendido en público la vía negociada.
Somos favorables, sin ambages, a la política de mano dura de Washington frente a Teherán, y respaldamos sin reservas los ataques dirigidos contra la infraestructura militar del régimen. Conviene, además, reconocer lo que es de justicia: la preparación táctica de la campaña ha sido más que notable, con una ejecución quirúrgica, una precisión en la eliminación de objetivos y una capacidad de anticipación —el ataque preventivo sobre Larak, antes de que el minado del estrecho llegara a materializarse, es el último ejemplo— que acreditan un trabajo de inteligencia y de planificación operativa de primer orden.
El problema no está, pues, en el nivel táctico, donde Estados Unidos ha demostrado una superioridad abrumadora. Está en el nivel geoestratégico, y ahí el déficit resulta sencillamente clamoroso. Seis meses de guerra después, nadie en Washington ha explicado todavía qué se persigue exactamente ni cómo termina esto. El día después, que venimos reclamando desde el primer día, ya no es una incógnita abstracta que quepa despachar con vaguedades: empieza a tener rostro, y ese rostro es el de un régimen más brutal, más endurecido y progresivamente más agresivo, gobernado de facto por el binomio sanguinario Vahidi-Rezaei, dos hombres que han encontrado precisamente en la prolongación de la guerra el instrumento con el que consolidarse como hombres fuertes de un Estado terrorista. Cabe preguntarse, y la pregunta no es en absoluto retórica, si la presión militar sostenida sin una estrategia política que la acompañe no está produciendo el efecto exactamente contrario al buscado: no la implosión del régimen, sino su depuración interna en beneficio de sus elementos más fanáticos.
Un vídeo generado por inteligencia artificial amenazando con destruir la isla de Kharg no sustituye una estrategia. Es, más bien, un síntoma de esa faceta errática y transaccional de la diplomacia de Donald Trump que ya hemos criticado en otras ocasiones, y confiamos en que el buen juicio de su secretario de Estado, Marco Rubio, y la sensatez del sistema que le rodea, terminen imponiéndose sobre el exabrupto y la improvisación.
En Ucrania, la buena voluntad de Steve Witkoff y Jared Kushner no basta por sí sola para torcer el cálculo del Kremlin mientras Moscú conserve, aunque sea de forma marginal, la iniciativa militar sobre el terreno. Seguimos siendo, como no podía ser de otro modo, firmemente contrarios a cualquier intento de modificar fronteras por la fuerza, y firmemente atlantistas en nuestra convicción de que solo una posición occidental unida y sostenida en el tiempo puede forzar a Rusia a negociar de buena fe. Resulta, sin embargo, difícil no constatar que la clase política europea sigue sin tomarse en serio su propia defensa, delegando en Washington —hoy distraído simultáneamente por Ucrania y por Irán— una responsabilidad que debería ser, ante todo, propia.
La cumbre de Bishkek, finalmente, nos recuerda que el mundo multipolar que Pekín y Moscú llevan años proclamando no es ya una simple aspiración retórica, sino un proceso de consolidación institucional lento pero constante, del que Teherán —presente en la mesa mientras libra una guerra abierta con Estados Unidos— pretende beneficiarse como tabla de salvación diplomática. Seguimos vigilantes, como venimos insistiendo desde hace meses, ante el expansionismo chino en Asia Central, materializado hoy en corredores de conectividad y bancos de desarrollo que, tras su apariencia técnica, esconden una ambición estratégica de largo alcance sobre materias primas, rutas comerciales y tierras raras. Frente a ello, Europa sigue sin articular una respuesta propia, cómodamente instalada en la irrelevancia estratégica que denunciamos con insistencia en estas páginas.
