UNA CUMBRE TRANSCENDENTAL EN UN MOMENTO TRASCENDENTAL CON CONCLUSIONES INTRASCENDENTES
Informe especial sobre la Cumbre de la OTAN — Ankara, 7 y 8 de julio de 2026
Gasto, industria, programas conjuntos, tensiones internas y las carencias estructurales de Europa
I. INTRODUCCIÓN
La 36ª cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), celebrada los días 7 y 8 de julio en el Complejo Presidencial de Beştepe, en Ankara —la segunda que acoge Turquía tras la de Estambul de 2004—, era, sobre el papel, una cumbre trascendental en un momento trascendental: la primera tras el compromiso de La Haya del 5% del PIB, la primera tras la guerra contra Irán y la crisis del estrecho de Ormuz, la primera tras el anuncio del Pentágono de una revisión de seis meses de su presencia militar en Europa, y la primera tras el colapso —el 8 de junio— del programa FCAS, el proyecto de defensa más ambicioso que Europa haya intentado jamás. El secretario general Mark Rutte la presentó como el momento de «convertir los compromisos aliados en resultados concretos» y de dar vida a la llamada OTAN 3.0: «una Europa más fuerte en una OTAN más fuerte», una Alianza «menos dependiente de Estados Unidos, pero en la que Estados Unidos permanezca firmemente arraigado».
Sin embargo, este analista estima que el resultado final merece el tercer adjetivo del título: conclusiones intrascendentes. No porque los anuncios fueran menores —algunos, como veremos, son genuinamente importantes—, sino porque la cumbre fue diseñada, de principio a fin, no para resolver los problemas estratégicos de la Alianza sino para gestionar el humor de un solo hombre. Una única sesión de trabajo de apenas tres horas, una agenda deliberadamente comprimida a dos jornadas cortas, una declaración final breve y pactada de antemano a nivel de embajadores: todo el formato se concibió para minimizar el riesgo de un choque con Donald Trump. Ni siquiera eso bastó. Nada más aterrizar, el presidente estadounidense reventó el guion: reabrió la reivindicación sobre Groenlandia, volvió a acusar a los europeos de haberle «abandonado» en la guerra contra Irán y amenazó con retirar «todos nuestros soldados de Europa»; y, en la mañana de la segunda jornada, consumó contra España la agresión más grave jamás dirigida por Washington contra un aliado formal: la orden al Tesoro de «cortar todo el comercio» con nuestro país, al que calificó de «causa perdida» y «aliado terrible». La paradoja es amarga: la cumbre que debía escenificar la mayor transformación de la OTAN desde el final de la Guerra Fría acabó siendo, una vez más, una operación de contención psicológica.
Este informe examina, con los datos disponibles al cierre de la cumbre, los seis planos que la definen: los compromisos de gasto de cada Estado miembro; los proyectos conjuntos de armamento y los contratos anunciados en el Foro de la Industria de Defensa; el refuerzo de los medios propios de la Alianza —GlobalEye, MRTT, A400M, Triton—; las tensiones internas, con la polémica de Groenlandia en primer plano; la irrupción en plena cumbre del colapso del alto el fuego con Irán, junto a las dudas sobre la continuidad misma del formato de cumbres; y una conclusión deliberadamente pesimista sobre la incapacidad europea de invertir, coordinar y construir las capacidades que su propia supervivencia estratégica exige, con el divorcio franco-alemán del caza de sexta generación como síntoma terminal.
II. EL DINERO: LOS COMPROMISOS DE INVERSIÓN EN DEFENSA
El marco lo fijó La Haya en junio de 2025: el 5% del PIB en 2035, desglosado en un mínimo del 3,5% para defensa básica (personal, equipamiento, operaciones, mantenimiento, I+D militar) y hasta un 1,5% adicional para gasto relacionado con la seguridad (ciberdefensa, infraestructuras críticas, resiliencia, movilidad militar), con revisión intermedia en 2029 y planes nacionales anuales «claros, creíbles y concretos». Ankara era la primera prueba de credibilidad de ese compromiso, y las cifras agregadas que Rutte exhibió son, en efecto, históricas.
Las cifras clave
| Indicador | Cifra | Contexto |
| Gasto adicional acumulado de aliados europeos y Canadá, 2016–2026 | 1,2 billones USD | Rutte lo bautiza «el billón de Trump» para halagar a Washington |
| Incremento del gasto europeo y canadiense solo en 2025 | +139.000 M USD (+20%) | El mayor esfuerzo inversor desde el final de la Guerra Fría |
| Inversión adicional combinada 2025–2026 (estimación filtrada a Euronews) | ≈258.000 M USD | Debe traducirse en «capacidades listas para el combate» |
| Gasto total de aliados europeos y Canadá en 2025 | >571.000 M USD | 2,3% del PIB combinado, frente al 1,4% de 2014 (precios de 2021) |
| Gasto de Estados Unidos en 2025 | ≈838.000 M USD | EEUU sigue gastando más que los otros 31 aliados juntos |
| Aliados que cumplen el 2% del PIB en 2025 | 32 de 32 | En 2014 solo lo cumplían tres; todos superan también el 20% en equipamiento |
| Ayuda militar comprometida a Ucrania para 2026 | 70.000 M € | Con compromiso de nivel «al menos equivalente» en 2027 |
| Nuevos contratos anunciados en el Foro Industrial de Ankara | ≈50.000 M USD | Cifra difundida por agencias (EFE); Rutte habló de «decenas de miles de millones» |
Fuentes: OTAN (Informe Anual del Secretario General 2025, marzo de 2026; documentación oficial de la cumbre), Reuters, Euronews, EFE, Congressional Research Service. Cifras nominales salvo indicación.
El compromiso país por país
Detrás del agregado triunfal se esconde una Alianza de tres velocidades. El cuadro siguiente ordena a los principales aliados según su esfuerzo en 2025 (estimaciones de la OTAN, cifras redondeadas) y la senda anunciada hacia el objetivo de La Haya. La lectura es inequívoca: el flanco oriental corre, el noroeste acelera, y el sur —con España como caso extremo— se ampara en la contabilidad de capacidades para no pagar la factura.
| País | % PIB 2025 (est.) | Senda anunciada hacia el 5% | Observación |
| Polonia | ≈4,5 | ≈4,7% en 2026; primera en alcanzar el 5% «muy por delante del calendario» | Locomotora del rearme europeo; firmó en Ankara el centro de servicio de misiles PAC-3 con EEUU, Alemania, Países Bajos y Suecia |
| Estonia | ≈3,4 | ≈5,4% desde 2026 | Junto a Letonia y Lituania, la vanguardia báltica |
| Lituania | ≈4,0 | 5–5,5% de media en 2026–2030 | Acoge brigada alemana permanente |
| Letonia | ≈3,5 | ≈5% hacia 2028 | Frontera directa con Rusia y Bielorrusia |
| Dinamarca | ≈3,2 | Aceleración sostenida; fondos extraordinarios | Rearma bajo la doble presión de Rusia y de las amenazas de Trump sobre Groenlandia |
| Noruega | ≈3,3 | Senda al 5% comprometida | Primer aliado europeo que supera a EEUU en gasto de defensa per cápita |
| EEUU | ≈3,2 | No sujeto a senda; exige a los demás | Sigue aportando más que los otros 31 juntos, pero recorta el NATO Force Model y revisa su presencia en Europa |
| Países Bajos | ≈2,1 | 3,5% + 1,5% asumidos por el Gobierno | Sede de la flota MRTT (Eindhoven) |
| Alemania | ≈2,1–2,4 | 3,5% básico hacia 2029; reforma constitucional del freno de la deuda | El mayor giro estructural de la Alianza; fondos especiales fuera del Schuldenbremse |
| Reino Unido | ≈2,3 | 2,6% básico en 2027; ambición del 3%; 4,1% total (con el 1,5%) declarado para 2027 | La dimisión del ministro de Defensa John Healey en junio —por la negativa del Gobierno a gastar más «en tiempo de amenaza creciente»— desnuda la brecha entre retórica y presupuesto |
| Francia | ≈2,1 | Leyes de programación militar sucesivas; senda al 3,5% no cerrada | Prioriza la disuasión nuclear soberana y su industria; compró dos GlobalEye en diciembre |
| Turquía | ≈2,1 | Al alza; gran beneficiaria industrial de la cumbre | Anfitriona; Trump anunció el levantamiento de las sanciones CAATSA y abrió la puerta al retorno al F-35 |
| Italia | ≈2,0 | Reconoce que no llegará al 5%; contabilidad creativa (puente de Mesina como gasto dual) | Bloqueó hasta el final partes del texto sobre Ucrania en la declaración |
| Canadá | ≈2,0 | Compromiso formal con el 5% en 2035; negocia seis GlobalEye para el Ártico | Cumple el 2% por primera vez |
| Bélgica | ≈2,0 | Senda mínima | Participa en MMF, flota A400M y programa AWACS |
| España | 2,1 | Rechaza el 5%; exención obtenida en La Haya; tope autoimpuesto del 2,1% | El caso extremo: véase el análisis de la sección V |
| Eslovenia, Hungría, Chequia (grupo rezagado) | ≈2,0 | Sin intención aparente de superar sustancialmente el 2% | El propio Gobierno español los cita para relativizar su singularidad |
Cifras redondeadas a partir de las estimaciones de la OTAN (junio de 2025 y marzo de 2026) y de anuncios nacionales posteriores; las sendas son compromisos políticos declarados, no obligaciones jurídicas. El código de color refleja la credibilidad relativa del esfuerzo: verde (vanguardia), ámbar (cumplimiento en construcción), rojo (rezago o rechazo).
Rutte advirtió en vísperas de la cumbre de que dispone de «mecanismos para convencer» a los países más reticentes —una alusión transparente a España— y anunció que la Alianza publicará por primera vez una «declaración de necesidades consolidada» que detalle las carencias de capacidades, para que los gobiernos no puedan seguir escondiéndose tras porcentajes y semánticas. Algunos aliados, confirmó, alcanzarán el 5% ya en 2026, nueve años antes del plazo. El problema, como siempre en la OTAN, no es la vanguardia: es la retaguardia.
III. LOS MEDIOS PROPIOS DE LA ALIANZA: EL «BIG REVEAL» DE ANKARA
La OTAN, como organización, apenas posee medios militares propios: su flota de 14 aviones de alerta temprana E-3A Sentry (AWACS) basada en Geilenkirchen desde 1982, algunos drones de vigilancia y poco más. Por eso los anuncios del Foro de la Industria de Defensa del 7 de julio —escenificados por Rutte bajo el rótulo de «Big Reveal», con música tecno y vídeos corporativos, en un formato pensado más para Truth Social que para el Consejo del Atlántico Norte— tienen un peso cualitativo muy superior a su cifra: por primera vez en cuatro décadas, la columna vertebral de los medios comunes de la Alianza será europea.
| Programa | Contenido | Países / marco | Valor y calendario |
| Saab GlobalEye — nuevo AWACS de la OTAN | Hasta 10 aviones AEW&C (radar Erieye ER sobre Bombardier Global 6500) para sustituir a los 14 E-3A. Negociación formal con la NSPA anunciada por Rutte el 7 de julio. Detecta amenazas furtivas, drones y misiles balísticos e hipersónicos; 11–13 horas de autonomía; vigilancia simultánea aire-mar-tierra | Programa iAFSC; consorcio de diez naciones; Suecia como nación industrial líder | ≈550 M€/unidad; >5.000 M€ el conjunto Primeras entregas hacia 2030; E-3 se retiran en 2035 |
| Flota Multinacional MRTT (A330) | Entrega del 10º Airbus A330 MRTT (reabastecimiento en vuelo, transporte estratégico, evacuación médica) e incorporación de Finlandia como noveno socio; objetivo de 12 aparatos, base en Eindhoven | P. Bajos, Luxemburgo, Noruega, Alemania, Bélgica, Chequia, Suecia, Dinamarca, Finlandia | 10 de 12 aviones en servicio o entrega inminente |
| Flota Multinacional A400M (nuevo High Visibility Project) | Creación de una flota multinacional de transporte estratégico-táctico A400M según el modelo «pooling and sharing» del MRTT: propiedad y operación compartidas, mantenimiento, adiestramiento y adquisición conjuntos; inicialmente con aparatos ya operativos y en cadena de producción, con posibles pedidos nuevos | Bélgica, Croacia, Francia, Polonia, España, Turquía y Reino Unido | Lanzado el 7 de julio; balón de oxígeno para la línea de Sevilla, cuya continuidad estaba en duda |
| MQ-4C Triton (Northrop Grumman) | Hasta 5 drones HALE de vigilancia marítima persistente para la Fuerza ISR de la OTAN: gran altitud, larga autonomía, cobertura de amplias áreas oceánicas, prioridad para el Gran Norte y las líneas de comunicación marítimas | Dinamarca, Finlandia, Alemania y Noruega; «Made in NATO» con industria a ambos lados del Atlántico | Adquisición conjunta anunciada el 7 de julio |
| NATO Drone Edge | Iniciativa para multiplicar la inversión en sistemas contra-dron y la formación de operadores, asumiendo la lección central de Ucrania y de la guerra de Irán: no se puede gastar un misil de un millón de dólares en derribar un dron de 30.000 | Conjunto de la Alianza | Anunciada el 7 de julio |
Fuentes: OTAN (NSDIF26), Saab, Airbus, Reuters, Breaking Defense, The War Zone.
El significado estratégico: la europeización de los medios comunes
Conviene detenerse en la elección del GlobalEye, porque es la decisión industrial más reveladora de la década en la OTAN. En noviembre de 2023 la Alianza había seleccionado —sin concurso— seis Boeing E-7A Wedgetail para suceder a los AWACS. Cuando la Administración Trump canceló en junio de 2025 su propio programa E-7 (26 aparatos) en favor de la vigilancia espacial del «Golden Dome», el plan aliado perdió, en palabras oficiales, su «base estratégica y financiera»: la OTAN reabrió el concurso a comienzos de 2026 y lo adjudicó al avión sueco. Es la primera vez desde 1982 que la alerta temprana aerotransportada de la Alianza no será estadounidense: célula canadiense (Bombardier), radar y sistema de misión suecos (Saab), sostenimiento europeo. La dependencia de las decisiones de adquisición del Pentágono —que primero arrastró a la OTAN hacia el E-7 y luego la dejó colgada— ha producido, por reacción, el mayor trasvase de soberanía industrial hacia Europa en la historia de los medios comunes aliados. Lo mismo cabe decir de la flota A400M y del décimo MRTT: Europa empieza a comprar europeo no por convicción, sino porque Washington ya no ofrece ni fiabilidad programática ni voluntad de seguir subvencionando las carencias ajenas.
IV. LOS CONTRATOS ANUNCIADOS: EL REARME COMO OFRENDA
El Foro Industrial reunió a ministros aliados y a más de un centenar de empresas, y sirvió de escaparate para una batería de contratos cuyo propósito declarado era la disuasión frente a Rusia y cuyo propósito real —nadie en Ankara lo disimulaba— era aplacar a Trump horas antes de su aterrizaje. La agencia EFE cifró el paquete en al menos 50.000 millones de dólares; la propia Associated Press matizó que en el acto no se dieron cifras y que parte de lo exhibido eran proyectos acordados hace tiempo y reempaquetados para la ocasión. Ambas cosas son ciertas, y la segunda es la más elocuente.
| Contrato / anuncio | Valor | Detalle |
| 200 misiles Patriot para Polonia | >1.000 M USD | Refuerzo de la defensa antiaérea y antimisil del flanco oriental |
| Centro de servicio y producción de misiles PAC-3 | — | Acuerdo firmado en Ankara por Polonia con EEUU, Alemania, Países Bajos y Suecia para acelerar producción y mantenimiento del misil del sistema Patriot en suelo polaco |
| Munición de artillería guiada de precisión | ≈1.150 M USD | Proyectiles de precisión; respuesta directa a la hemorragia de munición evidenciada en Ucrania |
| Comunicaciones por satélite árticas y otros contratos de espacio, vigilancia y defensa aérea integrada | ≈12.800 M USD (paquete) | Paquete que engloba, junto a los sistemas GlobalEye, Airbus y Triton, capacidades espaciales y de comunicaciones para el Gran Norte |
| Ayuda militar a Ucrania 2026 | 70.000 M € | Sancionada en la declaración final, con nivel «al menos equivalente» en 2027; prioridad a defensa aérea, munición de 155 mm y financiación de la industria de defensa ucraniana |
| Financiación europea complementaria | Hasta 170.000 M USD | Parte de los proyectos se financiará con el mecanismo de préstamos baratos de la UE (SAFE/ReArm Europe) levantado en los mercados de capitales |
Fuentes: Euronews, EFE, Ministerio de Defensa de Polonia, OTAN, RUSI. Los contratos de la sección III (GlobalEye, MRTT, A400M, Triton) forman parte del mismo paquete y no se repiten aquí.
Los contratos apuntan, además, a las áreas prioritarias que la OTAN había identificado para la coproducción transatlántica: espacio y vigilancia, defensa aérea y antimisil integrada, y capacidades de ataque en profundidad. La urgencia no es retórica: en mayo, el Pentágono comunicó a los aliados que reducirá el conjunto de capacidades estadounidenses asignadas a los planes de defensa de la OTAN —el NATO Force Model—, lo que obliga a Europa a cubrir con dinero propio, y deprisa, los huecos que deja la retirada parcial americana.
V. LAS TENSIONES INTERNAS: UNA ALIANZA CONTRA SÍ MISMA
1.Trump, Irán y el precio de la «lealtad»
El agravio que Trump trajo a Ankara no es solo el gasto: es sobre todo Irán. Desde marzo, el presidente estadounidense reprocha a los grandes aliados europeos —citó expresamente a Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y España— no haberle secundado en la guerra contra el régimen de los ayatolás, incluida la negativa de varios de ellos a autorizar el uso de sus bases para las operaciones y especialmente España que le negó incluso el sobrevuelo, lo que no hizo ni Francia en la segunda guerra del golfo cuando el gobierno francés estaba en la vanguardia en contra de intervención estadounidense.
El 2 de julio Trump escribió en Truth Social que el apoyo estadounidense a la OTAN se ha vuelto «ridículo» y «unidireccional»: «¡No estuvieron ahí para nosotros!». Y el 24 de junio, ante el propio Rutte, pronunció la frase que define su doctrina atlántica: «No necesitamos su dinero; no necesitamos nada. Solo quiero lealtad». En Ankara añadió que, de no celebrarse la cumbre en Turquía —«donde mi amigo es un líder muy fuerte»—, posiblemente no habría asistido, y deslizó la amenaza máxima: retirar «todos nuestros soldados de Europa». El Pentágono, entretanto, ejecuta una revisión de seis meses, aliado por aliado, para medir cuánto «vale» cada uno para Estados Unidos —un ejercicio sin precedentes que convierte la solidaridad del artículo 5 en una auditoría de rentabilidad.
Vengo describiendo desde hace meses esta dualidad: cuando la política exterior de Trump se deja guiar por la sensatez del secretario de Estado Marco Rubio o el pragmatismo político de JD Vance—como en la reconstrucción del diálogo con Ankara o en el pragmatismo del G7 de Evian—, produce resultados; cuando se abandona al exabrupto, el exceso, el insulto o el impulso transaccional, se produce escenas como la de Ankara. Exigir «lealtad» a aliados a los que no se consultó antes de lanzar una guerra, y castigarlos por no sumarse a ella, no es liderazgo: es la lógica del “protection racquet” aplicada al tratado de Washington. La planificación militar de la campaña contra Irán mereció un diez; la gestión de la alianza que debía sostenerla políticamente sigue mereciendo un cero.
2. La polémica de Groenlandia, reabierta en plena cumbre
Trump escogió el primer día de la cumbre, sentado junto a Erdoğan, para reabrir la herida más peligrosa de todas: «Groenlandia debería estar bajo el control de Estados Unidos, y no de Dinamarca», afirmó, añadiendo que la negativa europea a este respecto es «lo que ha dañado mis relaciones con la OTAN», que «Dinamarca no gasta dinero en ayudar de verdad a Groenlandia» y que la isla está «rodeada de buques chinos y rusos». La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, respondió desde la propia Ankara exigiendo que los aliados respeten la soberanía del Reino de Dinamarca y reiterando que la isla no está en venta.
La cronología importa. La crisis estalló en enero de 2026, cuando Trump se negó inicialmente a descartar el uso de la fuerza para «tomar» el territorio autónomo danés —miembro fundador de la OTAN—, desencadenando una guerra comercial, protestas masivas en Nuuk y Copenhague, y la advertencia del comisario europeo de Defensa, Andrius Kubilius, de que una invasión estadounidense de Groenlandia «sería el fin de la OTAN». En Davos, Trump descartó la vía militar y a finales de enero anunció con Rutte un difuso «marco para un futuro acuerdo»; desde entonces, Washington negocia con Copenhague y Nuuk —con Marco Rubio confirmando contactos periódicos— un paquete que incluiría el estacionamiento indefinido de tropas (revisando el acuerdo bilateral de 1951), derecho de veto sobre inversiones extranjeras en la isla y acceso preferente a petróleo, uranio y tierras raras. Alemania ha propuesto entretanto una misión permanente aliada, Arctic Sentry, inspirada en Baltic Sentry. Lo dijo con precisión Reuters: es «la mayor crisis transatlántica en décadas», y su reapertura deliberada en Ankara —en el momento exacto en que los europeos exhibían su rearme como ofrenda— revela que para Trump Groenlandia no es un expediente cerrado sino una palanca permanente de presión. Que el debate sobre la integridad territorial de un aliado fundador se haya normalizado dentro de la propia Alianza es, en sí mismo, la conclusión más grave de esta cumbre.
3. Las demás fracturas: Italia, España, Turquía, Reino Unido
Italia bloqueó hasta el último momento partes del texto sobre Ucrania de la declaración y ha reconocido que no alcanzará el 5%, mientras ensaya contabilidades creativas —el puente de Mesina como «infraestructura dual»— que vacían de contenido el compromiso de La Haya. Turquía, en cambio, fue la gran vencedora: Trump anunció el levantamiento de las sanciones CAATSA impuestas por la compra de los S-400 rusos y abrió la puerta al retorno turco al programa F-35, ante la protesta explícita de Netanyahu; Erdoğan capitalizó la cumbre para consolidarse como potencia imprescindible de la Alianza mientras, según Human Rights Watch, la trastienda del encuentro se saldaba con miles de detenidos, periodistas incluidos, en la mayor ofensiva contra la oposición en años. Reino Unido llegó tocado por la dimisión de su ministro de Defensa, John Healey, en protesta por la negativa del Gobierno Starmer a gastar más «en tiempo de amenaza creciente». Y Ucrania obtuvo dinero —los 70.000 millones— pero ni invitación ni calendario de adhesión: Zelenski volvió a reclamarla, de nuevo sin éxito.
Mención aparte merece España. Pedro Sánchez llegó a Ankara blindado en su tope autoimpuesto del 2,1% del PIB —«sin recortar un centímetro de nuestro Estado del bienestar», proclamó en redes—, armado con un informe que subraya que España es el séptimo aliado en cumplimiento de capacidades, el tercero en efectivos desplegados y el primero en aportación al flanco oriental. Los datos de capacidades son reales y las Fuerzas Armadas españolas merecen ese reconocimiento; lo que no es real es la premisa política. La negativa a asumir la senda del 5% —España fue el único de los 32 aliados que se descolgó del Compromiso de Defensa de La Haya—, sumada al veto al uso de Rota y Morón y al cierre del espacio aéreo español durante la guerra contra Irán —un sobrevuelo que ni siquiera Francia negó a Washington en 2003, cuando lideraba la oposición a la segunda guerra del Golfo—, había situado ya a España exactamente donde vengo describiéndolo desde junio: habíamos pasado de la irrelevancia a la sospecha. Ankara ha completado el trayecto: de la sospecha hemos pasado al castigo.
El castigo llegó en la mañana del 8 de julio, y llegó con una brutalidad verbal sin precedentes en las relaciones entre aliados formales. Sentado junto a Rutte, sin que ningún periodista le hubiera preguntado por España —el ataque fue deliberado, premeditado, buscado—, Trump pronunció la condena más dura jamás dirigida por un presidente de Estados Unidos contra un socio de la Alianza: España es «una causa perdida» («a wasted cause»), «un aliado terrible en la OTAN: no participan, no pagan», «mala gente» con la que «no quiero tener nada que ver». Y no se quedó en el insulto: anunció que había dado orden al secretario del Tesoro, Scott Bessent, de «cortar todo el comercio» con España —«hágalo de inmediato; ni siquiera hable con ellos»—, así como la suspensión de todas las visitas oficiales a nuestro país. «España gana muchísimo dinero gracias a nosotros, y vamos a hacer que gane mucho menos», remató, antes de anticipar, con desprecio, la capitulación que espera de Madrid: «Ya veremos si siguen siendo tan hostiles cuando llamen para decir: “Por favor, señor, queremos comerciar con ustedes”». El detalle más revelador es el que suele pasar inadvertido: Trump explicó que en los días previos había hablado con Alemania, con Francia, con Reino Unido y con Italia. «No hablé con España», zanjó. Madrid ya no figura en la lista de interlocutores de Washington: figura en la lista de adversarios comerciales.
Tan grave como el ataque fue la soledad que lo rodeó. Rutte, sentado a su lado, no salió en defensa de España: se limitó a recordar a Trump —atribuyéndole a él, y no al Gobierno español, todo el mérito— que «incluso usted logró que España pagara el 2%». Ni una palabra más. La respuesta de La Moncloa fue recibir la embestida «con tranquilidad y normalidad», recordar que la política comercial es competencia exclusiva de la Unión Europea —lo que hace jurídicamente inviable una ruptura bilateral selectiva— y subrayar que Estados Unidos mantiene superávit comercial con España; la Comisión Europea, por su parte, prometió velar por que los intereses de la Unión y de todos sus Estados miembros «estén plenamente protegidos». Todo ello es cierto, y todo ello es irrelevante: los mercados, que no leen comunicados sino intenciones, castigaron al Ibex 35 con una caída inmediata, y un país serio no mide su fiabilidad por la letra pequeña de los tratados comerciales sino por la confianza de sus aliados, que está hoy en su punto más bajo desde el ingreso de España en la Alianza en 1982. Que la única línea de defensa de Madrid consista en escudarse en Bruselas —la misma Bruselas cuyo directorio de defensa, el E5 constituido en Berlín por Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y Polonia, excluyó a Sánchez, con toda razón, el pasado 24 de junio— retrata por sí sola la magnitud del aislamiento.
Porque el hartazgo no es solo de Washington, y este es el punto que La Moncloa se niega obstinadamente a comprender. Es el hartazgo, manifestado ya en público y sin disimulo, de Polonia, de los bálticos, de los nórdicos y de un número creciente de aliados que consideran —con toda razón— que España practica un parasitismo estratégico: acogerse al paraguas del artículo 5 mientras deja que otros paguen la factura y asuman los riesgos, que es exactamente la acusación —«dejan que los demás sean quienes paguen y hagan el trabajo, especialmente España»— que Trump verbalizó en Ankara. Los números del propio informe de la Alianza son inapelables: Polonia destina ya el 4,3% de su PIB a defensa —sacrificando proyectos civiles para lograrlo—, Lituania el 4,03%, Estonia el 3,93% y Letonia el 3,67%; en todos los casos, más del doble del 2,1% tras el que Sánchez se ha atrincherado. El embajador estadounidense ante la OTAN, Matthew Whitaker, citó expresamente a Alemania, Polonia, los nórdicos y los bálticos como los aliados con planes creíbles, dejando a España, sin necesidad de nombrarla, en el grupo de los que carecen de hoja de ruta. Y a la lista de agravios el flanco oriental añade otro que no olvida: España figuró en mayo entre los cinco países que bloquearon la propuesta de Rutte de garantizar a Ucrania un mínimo anual del 0,25% del PIB en ayuda militar, umbral que Países Bajos, Polonia, los bálticos y los nórdicos ya cumplen. La contradicción es insoportable para Varsovia, Tallin, Riga y Vilna: el país que presume de ser el primero en aportación al flanco oriental es también el que se niega a asumir la senda de gasto que hace sostenible la defensa de ese mismo flanco. Para quienes viven la amenaza rusa a pocos kilómetros de sus capitales, la «autonomía» presupuestaria española no es una discrepancia de política fiscal: es una deserción moral.
La conclusión que este analista lleva semanas anticipando se ha consumado en Ankara: la falta de fiabilidad de España como aliado ya no es una tesis de análisis, es un hecho certificado en público por el presidente de Estados Unidos, tolerado en silencio por el secretario general de la Alianza y compartido, con creciente exasperación, por el flanco oriental en pleno. Un aliado del que se duda no es un aliado: es un pasajero. Y la orfandad de mando que aqueja al sistema internacional —la misma que vengo describiendo en Teherán, donde Vahidi domina por la fuerza sin autoridad legítima para arbitrar— tiene en España su expresión más patética: un Gobierno que confunde el aislamiento con la autonomía estratégica, la deserción con el pacifismo y la humillación pública con la «discrepancia sana». Sánchez pagará esa supuesta neutralidad rayana en la irresponsabilidad —más hostil en sus gestos hacia Washington que hacia Teherán, al que apenas dedica críticas cobardes y con la boca pequeña— en influencia política, que es ya prácticamente nula, en industria y en seguridad. La factura ha empezado a llegar, y la firma Donald Trump.
V. LA GUERRA IRRUMPE EN LA CUMBRE: EL FIN DEL ALTO EL FUEGO CON IRÁN Y UNA ALIANZA QUE DUDA DE SUS PROPIAS CUMBRES
1.«Para mí, creo que se acabó»: la muerte anunciada del memorándum con Irán
La cumbre no pudo clausurarse sin que la guerra que la sobrevolaba desde la víspera irrumpiera físicamente en ella. Entre el lunes y el martes, fuerzas del régimen terrorista de Irán —la oligarquía yihadista, dictatorial y mafiosa que vengo describiendo en estas páginas— atacaron al menos tres buques mercantes que transitaban el estrecho de Ormuz, entre ellos un petrolero catarí y el saudí Wedyan, alcanzados en aguas territoriales omaníes, en aplicación de la pretensión, jurídicamente insostenible, de que todo tránsito por el estrecho requiera autorización de Teherán, discurra por rutas aprobadas por sus autoridades y abone el correspondiente peaje. La respuesta estadounidense fue masiva: en la noche del martes, el CENTCOM (Mando Central de Estados Unidos) batió más de 80 objetivos —defensas antiaéreas, nodos de mando y control, capacidades antibuque y más de 60 lanchas rápidas del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI)— y el Tesoro revocó la exención que permitía a Irán vender su petróleo en el mercado mundial, la principal concesión del memorándum de entendimiento. El CGRI, organización terrorista en sí misma, replicó atacando instalaciones militares estadounidenses en Kuwait y Bahréin —con las sirenas sonando en Manama durante toda la madrugada—, y Kuwait, hasta ahora exquisitamente prudente, protestó con inusitada dureza por la agresión contra su territorio.
En ese contexto, en la mañana del 8 de julio y sentado junto a Rutte en Beştepe, Trump firmó el certificado de defunción del acuerdo: «para mí, creo que se acabó», dijo del alto el fuego y del memorándum de entendimiento suscrito hace exactamente tres semanas bajo mediación pakistaní —que concedía sesenta días para negociar un arreglo permanente y cuyas conversaciones indirectas en Doha habían terminado la semana pasada sin el menor avance—, y añadió que seguir tratando con Teherán es «una pérdida de tiempo», que sus dirigentes son «escoria» y «gente enferma» y que, «si tuvieran un arma nuclear, la usarían», aunque dejó abierta la puerta a que sus negociadores continúen hablando. Rutte lo respaldó sin un solo matiz: los ataques nocturnos eran, dijo, «absolutamente necesarios» ante la violación iraní del alto el fuego. Los mercados tradujeron el mensaje de inmediato: el Brent se disparó más de un 5%, hasta rozar los 79 dólares por barril. Y la Unión Europea, por boca de su alta representante, Kaja Kallas, calificó de «inaceptables» los ataques iraníes contra Bahréin y Kuwait y convocó para el lunes una reunión de ministros de Exteriores de la UE y del Golfo sobre la libertad de navegación en Ormuz y el mar Rojo: comentario y diplomacia reactiva, una vez más, para una guerra en la que Europa ni está ni se la espera.
Nada de esto debería sorprender al lector de este informe. La escalada de Ormuz es la confirmación empírica, casi de laboratorio, de la paradoja del descabezamiento que vengo describiendo: el general Ahmed Vahidi se ha impuesto ya, de facto, como primus inter pares del triunvirato del CGRI, pero su primacía descansa en la fuerza, el miedo y el fanatismo, no en la autoridad ideológica, institucional y religiosa que permitía a Jamenei imponer disciplina interna y hacer cumplir lo pactado; el resultado es un halcón dominante capaz de pilotar la negociación pero incapaz —y nada deseoso— de garantizar su cumplimiento, y de ahí, precisamente, la intermitencia caótica del estrecho. Que la escalada estalle mientras el régimen celebra el funeral multitudinario, de varios días, por Jamenei, y mientras el presidente del Parlamento, Ghalibaf —que responde ante Vahidi, no ante Pezeshkian—, proclama que «la era del matonismo y la extorsión ha terminado» y que Irán «no se doblega», remacha el diagnóstico: en Teherán no existe hoy autoridad legítima capaz de entregar lo que firma. La caracterización de fractura sistémica contenida sigue siendo válida y el Escenario B se mantiene en el 40%, pero cada ciclo de ataque y represalia estrecha el margen de la contención, y la guerra contra Irán se consolida como el arquetipo de las «guerras de temperatura variable»: un conflicto de baja resolución y alta destrucción que nadie puede ganar y que nadie puede permitirse perder. La escena de Ankara retrata, en fin, una vez más la dualidad que vengo señalando: ejecución militar impecable —ochenta objetivos en una noche—, arquitectura posbélica inexistente. Un alto el fuego sin mecanismo de verificación ni garante creíble nunca fue una paz: era un intervalo, y el intervalo ha terminado.
2.¿La última cumbre? Albania, 2028 y una Alianza que se organiza en torno al humor de un solo hombre
La segunda noticia de la jornada pasó más inadvertida, pero dice tanto de la OTAN como la primera. La declaración final que los líderes refrendaron el miércoles —breve, pactada de antemano y con la reafirmación del «compromiso inquebrantable» con el artículo 5 como principal activo— rompe una tradición de años: no menciona ni la sede ni la fecha de la próxima cumbre. En La Haya, los aliados anunciaron que tras Turquía vendría una reunión en Albania; en Ankara, el texto se limita a constatar que los líderes esperan volver a verse, sin lugar ni calendario. Las razones son dos, y ninguna es honrosa. La primera, el gasto albanés: con un 1,49% del PIB en 2025, Tirana —que promete alcanzar el 2,6% total ya en 2026— corre el riesgo de convertir la cumbre de 2027 en un escaparate de incumplimiento que irrite a Trump y genere titulares indeseados; la propia Alianza admite que la omisión es un mensaje deliberado para que el país anfitrión acelere y gaste. La segunda es más profunda: como reveló Reuters en abril, la OTAN estudia abandonar el formato de cumbres anuales; la cita de Albania se deslizaría, en el mejor de los casos, al otoño de 2027, y podría no celebrarse ninguna en 2028 —año electoral estadounidense y último completo del mandato de Trump—, con voces que abogan abiertamente por un formato bienal. «Mejor pocas cumbres que malas cumbres», resume un diplomático aliado. La decisión final corresponde a Rutte.
Existen, es cierto, argumentos técnicos atendibles: las cumbres anuales generan una presión por el anuncio efectista que distrae de la planificación de largo plazo, y durante la Guerra Fría la Alianza se reunía en la cumbre con mucha menor frecuencia sin que su disuasión se resintiera. Pero este analista estima que nadie debería engañarse sobre la naturaleza real de la decisión que se incuba: una alianza militar que ajusta su calendario institucional para minimizar la probabilidad estadística de un encontronazo con su propio primer accionista no está racionalizando su agenda; está confesando su miedo. Es la misma lógica que comprimió Ankara a una única sesión de tres horas y a una declaración liofilizada: la contención psicológica elevada a método de gobierno de la Alianza. La orfandad de mando que recorre este informe alcanza aquí su expresión más paradójica: la primera potencia de la OTAN es, a la vez, su garante último y su principal factor interno de riesgo, y la organización lo sabe hasta el punto de plantearse desaparecer del calendario para no provocarlo. La OTAN 3.0 que Rutte proclama nacerá, si nace, en una casa donde todos han aprendido a hablar en voz baja.
Fuentes: Bloomberg, Reuters, CENTCOM, Associated Press, CBS News, Euronews, El Mundo.
VII. CONCLUSIÓN: EL PESIMISMO DE LOS HECHOS
Quiero ser claro: los anuncios de Ankara son reales, el dinero es real y la europeización de los medios comunes es un avance genuino. Pero este analista estima que ninguna lectura honesta de la cumbre puede terminar en optimismo, porque los tres déficits estructurales que condenan a Europa a la dependencia estratégica no solo siguen intactos: el mes que precedió a la cumbre los agravó. El primero es la incapacidad de coordinar la I+D+i y la industria; el segundo, la incapacidad de proyectar fuerza; el tercero, la incapacidad de vigilar sus propios mares. Los tres tienen nombre propio.
1. El divorcio franco-alemán del FCAS: la anatomía de un suicidio industrial
El 8 de junio de 2026, en los márgenes de la cumbre UE-Balcanes Occidentales de Montenegro, Friedrich Merz y Emmanuel Macron certificaron la defunción del núcleo del FCAS (Future Combat Air System): Alemania y Francia no construirán juntas el caza de sexta generación —el New Generation Fighter— que debía suceder al Rafale y al Eurofighter a partir de 2040. Moría así, en una conversación casi de pasillo, un programa de unos 100.000 millones de euros lanzado en 2017 por Macron y Merkel, al que España se sumó en 2019 con un tercio de la participación industrial a través de Indra —que esperaba un retorno de unos 10.000 millones—. La causa no fue técnica ni presupuestaria: fue la guerra entre campeones nacionales. Dassault, depositaria del savoir-faire francés, exigía el liderazgo pleno del diseño —llegó a reclamar hasta el 80% del trabajo del caza— y se negaba a transferir propiedad intelectual; Airbus, en representación de Alemania y España, rechazaba financiar un programa sin control real. A ello se sumaron requisitos operativos divergentes: Francia necesita un caza nuclear y embarcable; Alemania y España, no. La ministra Robles lo resumió con una dureza que comparto: «Se han antepuesto intereses de la industria a intereses de la seguridad y la defensa de Europa». Es la frase que debería figurar en el epitafio de la autonomía estratégica europea.
Las consecuencias se despliegan en cinco planos. Militar: Europa occidental se queda sin caza de sexta generación propio en el horizonte 2040, justo cuando EEUU desarrolla el F-47 y China avanza con sus programas J-36/J-50; Berlín estudia ya, por boca de Pistorius, tres salidas —más F-35, sumarse al GCAP británico-italo-japonés o un caza nacional liderado por Airbus—, todas peores que lo que se ha destruido. Tecnológico: se pierde el efecto arrastre de un programa integrador (motores Safran-MTU, sensores, sigilo, nube de combate) que era el único capaz de mantener a la industria europea en la frontera; sobrevivirán, en el mejor de los casos, fragmentos —Combat Cloud, drones acompañantes— que se discutirán en el consejo ministerial franco-alemán del 17 de julio. Económico e industrial: cientos de millones ya invertidos quedan varados; el mercado europeo de cazas se fragmentará en tres o más programas paralelos (GCAP, un eventual eje germano-español con Airbus e Indra al que Suecia podría sumarse, y la vía nacional francesa), duplicando costes, dividiendo pedidos y socavando la interoperabilidad; y el gran vencedor es Lockheed Martin, que ve consolidarse el F-35 como estándar de facto de la OTAN con nuevos pedidos alemanes en perspectiva. De autonomía estratégica: Europa vuelve a ser cliente perpetuo del Pentágono en la capacidad militar más determinante del siglo, en el preciso momento en que Washington audita cuánto «vale» cada aliado. Que esto ocurra un mes antes de una cumbre consagrada a proclamar «una Europa más fuerte» no es una ironía: es un diagnóstico.
2.La proyección de fuerza: un continente sin alas
La flota multinacional A400M anunciada en Ankara es una buena noticia y, a la vez, la confesión de una miseria. Europa carece por completo de transporte aéreo estratégico pesado: no tiene, ni tendrá en el horizonte previsible, nada comparable al C-5M Galaxy (unos 52 en servicio en la USAF, 129 toneladas de carga), al C-17 Globemaster III (más de 220 aparatos estadounidenses, 77 toneladas, cadena de producción cerrada en 2015) o a los An-124 ucranianos (120 toneladas) que el propio Occidente fletaba mediante el consorcio SALIS y cuya disponibilidad quedó reducida a un puñado de células tras la invasión rusa de Ucrania. El A400M, con todas sus virtudes tácticas, carga 37 toneladas: no transporta un carro de combate Leopard 2 ni los elementos pesados de una defensa antimisil. La consecuencia operativa es brutal y la hemos visto en cada crisis desde Kosovo hasta Kabul: Europa no puede desplegar ni sostener una fuerza pesada a distancia sin aviones estadounidenses —o sin fletar antiguos aviones soviéticos—. El «pooling» del A400M mitiga la escasez de lo mediano; no toca siquiera la ausencia de lo grande. Un actor que aspira a la autonomía estratégica y no puede mover sus propias divisiones no es autónomo: es un inquilino de la capacidad ajena.
3.La lucha antisubmarina: ceguera en la era de la flota fantasma
El tercer déficit es, si cabe, más inexcusable, porque la amenaza está a la vista: submarinos rusos cada vez más silenciosos, sabotajes de cables y gasoductos, y una flota fantasma que Francia y Reino Unido han empezado —sanísima excepción a la pasividad europea— a abordar al amparo del artículo 110 de la CNUDM. Estados Unidos resolvió hace más de una década la sucesión del veterano P-3 Orion con el P-8A Poseidon, una plataforma derivada del Boeing 737 de la que opera ya más de un centenar de unidades. Europa, en cambio, ofrece un mosaico de carencias: Reino Unido, que llegó a quedarse años sin ningún avión de patrulla marítima tras retirar el Nimrod, opera nueve P-8A; Noruega, cinco; Alemania ha comprado ocho para jubilar sus P-3C; es decir, los pocos europeos que han cubierto el hueco lo han hecho comprando estadounidense. Francia sostiene la capacidad con los Atlantique 2 modernizados, cuya sucesión (el futuro PATMAR sobre base A321) no llegará hasta bien entrada la próxima década. Y España retiró sus P-3 en 2022 y confía la vigilancia de dos fachadas oceánicas y del Estrecho a aviones C-295 de capacidades muy inferiores en guerra antisubmarina de alta intensidad. Los hasta cinco Triton anunciados en Ankara darán ojos —excelentes— a la Alianza; no darán torpedos ni sonoboyas. En el Atlántico Norte y en el Mediterráneo, la caza del submarino ruso seguirá dependiendo, esencialmente, de la US Navy y de un puñado de aparatos… fabricados en Seattle.
4. El balance: trascendente el momento, intrascendentes las conclusiones
La estadística que mejor resume el problema europeo no ha cambiado en una década: Europa opera del orden de 178 tipos distintos de sistemas de armas principales frente a una treintena en Estados Unidos —según el cálculo de McKinsey recogido por el Informe de Seguridad de Múnich—, con la fragmentación consiguiente en I+D+i, logística, adiestramiento y economías de escala. La respuesta racional a ese diagnóstico era el FCAS, y Europa acaba de matarlo por una disputa de propiedad intelectual. La respuesta racional a la retirada americana era una senda de gasto creíble en los 32, y la Alianza convive con exenciones, contabilidades creativas y ministros de Defensa que dimiten porque sus gobiernos no quieren pagar. La respuesta racional a la amenaza rusa era la unidad, y la cumbre ha girado en torno a un presidente que reclama el territorio de un aliado fundador y condiciona el artículo 5 a la «lealtad» en guerras no consultadas.
Ankara deja, sí, un AWACS europeo, un décimo cisterna, una flota de transporte compartida, cinco drones árticos y cincuenta mil millones en contratos. Y deja también, intactas, las tres preguntas que nadie quiso responder en Beştepe: quién moverá a Europa cuando haya que moverla, quién vigilará sus mares cuando haya que vigilarlos, y con qué avión combatirá en 2045. Mientras esas preguntas sigan sin respuesta, cada cumbre volverá a ser lo que ha sido esta: trascendental en el momento, solemne en la forma e intrascendente en las conclusiones. La disuasión no se mide en comunicados; se mide en toneladas de carga, en horas de patrulla y en prototipos que vuelan. Y en esas tres magnitudes, Europa —hoy, 8 de julio de 2026— sigue en números rojos.
Gustavo de Arístegui y San Román
Diplomático · Exembajador · Escritor · Analista Geopolítico · Profesor de Geopolítica
Rabat, 8 de julio de 2026
