por

08/05/26

Tags:

LA GEOPOLÍTICA DEL HANTAVIRUS – Gustavo de Arístegui

I. BREVE INTRODUCCIÓN

La crisis abierta por el brote de hantavirus a bordo del crucero MV Hondius, de bandera neerlandesa y operado por Oceanwide Expeditions, ha trascendido en pocos días el estricto perímetro epidemiológico para convertirse en un caso de manual sobre cómo no debe gestionarse una emergencia sanitaria internacional con implicaciones diplomáticas, consulares y migratorias.

Lo que comenzó como un incidente aislado a bordo de un buque de expedición que zarpó de Ushuaia el pasado 20 de marzo y operaba un itinerario por el Atlántico Sur con escalas en la Antártida, Cabo Verde y Santa Elena, se ha transformado en una prueba de estrés —fallida— para el dispositivo sanitario español, para la coordinación entre el Estado y las comunidades autónomas, y para la propia credibilidad del Gobierno de coalición ante un calendario diplomático y religioso de extraordinaria sensibilidad.

La decisión de orientar el buque hacia Tenerife —y, más concretamente, hacia el puerto de Granadilla de Abona— en vísperas del primer viaje apostólico del Papa León XIV a España, programado del 6 al 12 de junio y con una eucaristía multitudinaria prevista en el puerto de Santa Cruz como colofón del viaje, no admite lectura técnica neutra. Es una decisión política, asumida en condiciones de información asimétrica, comunicada de manera errática y ejecutada con una inquietante falta de unidad de mando dentro del propio Ejecutivo.

Conviene, por tanto, separar con precisión cuatro planos que se han mezclado deliberadamente en el debate público de los últimos días: el plano epidemiológico (qué es realmente el virus Andes y cuál es su potencial de transmisión); el plano geopolítico (qué dice este episodio sobre la arquitectura sanitaria internacional post-COVID y sobre el papel residual de los Estados-bandera en el derecho marítimo); el plano institucional español (la fractura entre Moncloa, Sanidad, Defensa, Exteriores y el Gobierno de Canarias); y el plano simbólicoreligioso (la inoportunidad mayúscula de fondear un crucero infectado a escasos kilómetros del escenario donde, semanas después, se reunirán medio millón de fieles para recibir al Sumo Pontífice).

Este analista estima que la verdadera magnitud del problema no reside, como sostiene la propaganda oficial, en la baja probabilidad estadística de un brote epidémico en suelo europeo —probabilidad efectivamente baja— sino en la cadena de errores políticos, comunicativos y diplomáticos que rodean la gestión del caso, y que sitúan a España, una vez más, en una posición de incoherencia operativa frente a sus socios y aliados.

II. LA CEPA ANDES: PERFIL DE UN VIRUS ATÍPICO

Conviene fijar con rigor el perfil del agente patógeno antes de entrar en consideraciones políticas, porque buena parte del ruido mediático se ha construido sobre confusiones técnicas elementales.

El virus Andes (ANDV) es un ortohantavirus de la familia Hantaviridae, endémico de la región patagónica argentino-chilena, identificado a mediados de los años noventa tras un brote inicial en la zona andina de la Patagonia. Su importancia radica en una característica que lo distingue del resto de hantavirus conocidos: es el único miembro documentado de su familia con capacidad de transmisión interhumana, confirmada mediante secuenciación genómica completa en clústeres familiares y nosocomiales en Argentina (1996, 2014, 2018) y en el sur de Chile (2011). El agente causa el síndrome cardiopulmonar por hantavirus (SCPH), con un periodo medio de incubación de 18,5 días —rango entre 7 y 42— y una letalidad histórica que oscila entre el 32% y el 40% en series chilenas, dependiendo de la rapidez del acceso a cuidados intensivos.

Sin embargo, dos matices son esenciales y ningún portavoz oficial los ha explicado con la claridad que merecen. El primero: la transmisión interhumana es un fenómeno raro, requiere contacto estrecho y prolongado y se concentra en clústeres familiares o sanitarios. El segundo: el virus no se transmite por aerosoles respiratorios convencionales como el SARS-CoV-2 ni tiene, en palabras del propio epidemiólogo argentino que rastreó el brote de Epuyén en 2018, potencial pandémico. Por tanto, los escenarios catastrofistas que han circulado en redes y en parte de la prensa carecen de base técnica.

Lo que sí justifica la activación de protocolos internacionales es la combinación específica del MV Hondius: un entorno cerrado, con 147 personas de 23 a 24 nacionalidades, atención médica a bordo limitada, tripulación expuesta a posibles secreciones respiratorias durante semanas, tres fallecidos confirmados, cinco casos confirmados por laboratorio y, sobre todo, treinta pasajeros que abandonaron el buque en Santa Elena el 24 de abril —días después del primer fallecimiento del 11 de abril— y que han sido durante dos semanas un punto ciego epidemiológico de primer orden. Es ahí, y no en el atraque o fondeo en Tenerife, donde reside el verdadero riesgo de salud pública internacional.

III. LA DIMENSIÓN GEOPOLÍTICA: UN MICROCOSMOS DEL DESORDEN INTERNACIONAL

El caso MV Hondius es, en sí mismo, un microcosmos del desorden sanitario internacional post-COVID y de la fractura sistémica contenida que vengo describiendo en estos informes desde hace meses.

1. La crisis del Estado-bandera

El buque enarbola pabellón neerlandés. La compañía operadora, Oceanwide Expeditions, es neerlandesa. El primer fallecido era ciudadano neerlandés. Y, sin embargo, ha sido España —junto con Cabo Verde como puerto de fondeo previo— quien ha asumido la totalidad del coste sanitario, logístico y reputacional de la emergencia. Países Bajos se ha limitado a comprometerse a hacerse cargo de la tripulación si fuera necesario. Esta asimetría refleja la erosión efectiva del principio de responsabilidad del Estado-bandera consagrado en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR), un principio progresivamente vaciado por el sistema de banderas de conveniencia, la dispersión accionarial de las navieras y la incapacidad operativa de muchos Estadosbandera para asumir crisis sanitarias en sus propios buques.

2. La coordinación multilateral, una vez más, descoordinada

El operativo previsto para este domingo 10 de mayo en aguas de Granadilla involucra a tres aviones medicalizados —de Estados Unidos, Reino Unido y España— para repatriar a sus respectivos nacionales, mientras se aguarda la confirmación del resto de Estados implicados. La Comisión Europea, la Organización Mundial de la Salud y el Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades (ECDC) han emitido mensajes coincidentes en cuanto al fondo —riesgo bajo— pero sin asumir liderazgo operativo. Es España, en la práctica, quien soporta la carga; y Bruselas, fiel a su patrón habitual, observa. El paralelo con la gestión migratoria en la ruta atlántica es evidente: la solidaridad europea se invoca para los discursos y se evapora cuando hay que asignar costes.

3. El factor sudafricano y el agujero de Santa Elena

El verdadero punto ciego epidemiológico no está en Granadilla sino en Sudáfrica y en los itinerarios posteriores de los treinta pasajeros que desembarcaron en Santa Elena el 24 de abril, repartidos en al menos veinticuatro nacionalidades. Las autoridades sanitarias francesas han identificado siete contactos a bordo del vuelo Santa Elena–Johannesburgo del 25 de abril; Singapur ha aislado a dos residentes propios; y se investiga un matrimonio neerlandés —el primer fallecido y su esposa, fallecida dos días después en Johannesburgo— que pudo haber sido el paciente cero tras un viaje de observación ornitológica por Uruguay, Chile y Argentina. Este es el verdadero perímetro de riesgo, y es un perímetro que escapa por completo a la jurisdicción española.

IV. LA DESASTROSA GESTIÓN DEL GOBIERNO ESPAÑOL

Hay momentos en los que la incompetencia administrativa puede explicarse por la dificultad técnica de la materia. Este no es uno de ellos. Lo que ha sucedido en los últimos diez días en torno al MV Hondius es la consecuencia directa de un Ejecutivo fragmentado, sin unidad de mando, que ha hecho de la improvisación táctica su modo natural de operar.

1. Ausencia de unidad de mando

La ministra de Defensa, Margarita Robles, anunció el miércoles que la cuarentena de los catorce ciudadanos españoles en el Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla sería voluntaria, «porque es una medida privativa de libertad». Veinticuatro horas después, la ministra de Sanidad, Mónica García, anunciaba que su departamento ultimaba un informe jurídico para imponer cuarentenas obligatorias amparándose en la Ley Orgánica 3/1986, la Ley 14/1986 y la Ley 33/2011. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, cuestionaba públicamente por qué se había elegido el Gómez Ulla sin consulta previa. La portavoz parlamentaria del PP, Ester Muñoz, reclamaba al Gobierno información que no se le había facilitado. El líder de Vox, Santiago Abascal, denunciaba un uso instrumental de la crisis. Y el portavoz de IU-Sumar en el Congreso, Enrique Santiago, afeaba al presidente canario su «falta de solidaridad».

La pregunta del Partido Popular —«¿hay alguien al volante?»— no es una boutade partidista. Es una pregunta institucional pertinente. En una emergencia sanitaria internacional con riesgo letal documentado, las contradicciones públicas entre Defensa y Sanidad sobre el régimen jurídico de la cuarentena constituyen un fallo gravísimo de gobernanza.

2. El choque con el Gobierno de Canarias

Fernando Clavijo, presidente de Canarias por Coalición Canaria —socio parlamentario, no se olvide, del Gobierno de coalición en algunas votaciones clave— se ha visto obligado a forzar públicamente al Ejecutivo central a modificar el operativo, sustituyendo el atraque previsto en el puerto de Granadilla por un fondeo en la rada con desembarco mediante lanchas y falúas. El Gobierno central reaccionó con una nota de presunta filtración interna lamentando que «esperábamos más lealtad y menos politiqueo» de Canarias. La realidad es la inversa: ha sido Canarias quien ha tenido que ejercer de adulto en la sala mientras Madrid debatía a tres ministerios sobre quién daba la cara.

El propio fondeo, conviene precisarlo, tiene un valor sanitario marginal. El contagio del hantavirus, según la información disponible, se produjo en tierra durante una excursión, no por presencia de roedores a bordo del buque. Las amarras del MV Hondius incorporan los discos de seguridad estándar contra el paso de animales en ambos sentidos. El fondeo es, ante todo, un gesto político destinado a tranquilizar a una opinión pública alarmada por la propia comunicación gubernamental defectuosa. Pero introduce una complicación operativa adicional: el desembarco mediante embarcaciones auxiliares de pasajeros asintomáticos pero potencialmente expuestos, con un control del perímetro sanitario más difícil que en un atraque convencional.

3. La comunicación: el peor enemigo del Gobierno

La opacidad informativa, las declaraciones contradictorias, la ausencia de un portavoz único, la filtración selectiva a medios afines y la inexistencia de un comité técnico visible que canalice los mensajes han generado en la opinión pública una sensación de improvisación que evoca, en sus peores momentos, los primeros compases de la pandemia de COVID-19 en marzo de 2020. La diferencia es que ahora no estamos ante un patógeno con potencial pandémico, sino ante un brote acotado y manejable. La crisis es, por tanto, esencialmente política, no sanitaria. Y eso la hace todavía menos perdonable.

V. EL FACTOR PAPA LEÓN XIV: UNA INOPORTUNIDAD MAYÚSCULA

Aquí reside, a juicio de este analista, el error de cálculo más grave del Gobierno. El primer viaje apostólico de León XIV a España, anunciado oficialmente por la Sala de Prensa de la Santa Sede el 25 de febrero, se desarrollará entre los días 6 y 12 de junio. La agenda pública, presentada el pasado miércoles en la sede de la Conferencia Episcopal Española, incluye Madrid (6-9 de junio), Barcelona (9-11 de junio) y, como colofón, Gran Canaria (11 de junio) y Tenerife (12 de junio), donde el Pontífice presidirá una eucaristía multitudinaria en el puerto de Santa Cruz como acto final del viaje antes de regresar a Roma.

Las cifras del viaje son extraordinarias: cerca de 2.500 kilómetros recorridos en seis días, más de veinte actos institucionales —incluida una visita histórica al Congreso de los Diputados de cincuenta minutos—, más de 6.500 profesionales de prensa acreditados, un coste estimado de al menos quince millones de euros y un impacto económico previsto superior a los cien millones, financiado íntegramente por la Iglesia, fieles y patrocinadores privados, sin contribución del Estado. Tenerife espera al Santo Padre con una movilización multitudinaria de fieles, con cifras que podrían situarse en torno al medio millón de personas en el conjunto de actos del archipiélago canario, según las estimaciones del comité organizador y de las autoridades insulares.

Se trata de la primera visita de un Pontífice reinante a las Islas Canarias en toda la historia y de la primera visita papal a España desde la Jornada Mundial de la Juventud de 2011 con Benedicto XVI. La carga simbólica, política y diplomática es de primer orden: el viaje acoge la invitación del rey Felipe VI y de la Conferencia Episcopal, pone a España en el centro de la atención mediática global durante una semana, y proyecta sobre el archipiélago canario una visibilidad sin precedentes en la agenda vaticana.

1. El cálculo de probabilidades

Entre el desembarco de los pasajeros del MV Hondius previsto para el domingo 10 de mayo y la llegada del Santo Padre a Tenerife el 12 de junio mediarán treinta y tres días. El periodo medio de incubación del virus Andes es de dieciocho días y medio, con un máximo documentado de cuarenta y dos. La probabilidad estadística de que persista un foco activo en las inmediaciones del puerto de Santa Cruz a la llegada del Pontífice es, por tanto, baja. Pero la probabilidad estadística no es el problema. El problema es la percepción.

2. El problema simbólico y comunicativo

Una concentración religiosa de medio millón de fieles en el mismo archipiélago en el que, semanas antes, fondeó un crucero en cuarentena por un virus con tres muertos y transmisión interhumana documentada, es exactamente el tipo de imagen que la Santa Sede, los servicios de seguridad pontificios y las cancillerías europeas analizan con mayor cautela. La Gendarmería Vaticana y los servicios de inteligencia italianos —cuya colaboración con el Centro Nacional de Inteligencia y con la Guardia Civil es estrecha y permanente— evaluarán el riesgo no solo en términos epidemiológicos sino reputacionales y de seguridad pública.

Hubiera sido perfectamente posible, política y técnicamente, orientar el desembarco hacia un puerto peninsular menos sensible —Cádiz, Algeciras o incluso Las Palmas, lejos del puerto donde se celebrará la eucaristía papal—, o coordinarse con los Estados-bandera y aliados para que el grueso de las repatriaciones se hiciera directamente desde Cabo Verde mediante puente aéreo internacional. Cualquiera de esas opciones habría blindado el calendario pontificio y habría reforzado la imagen de un Estado capaz de calibrar simultáneamente sus prioridades sanitarias, diplomáticas y simbólicas. La elección de Granadilla, en cambio, condena al Gobierno a una semana adicional de titulares cruzando la palabra «hantavirus» con la palabra «Tenerife» justo cuando el archipiélago debería estar acaparando exclusivamente la atención mediática del viaje papal.

3. La dimensión diplomática vaticana

Conviene recordar que la Santa Sede es uno de los actores diplomáticos más sofisticados y prudentes del sistema internacional. Los viajes apostólicos son objeto de meses de planificación de seguridad sanitaria, política y logística. Toda interferencia inesperada genera un coste reputacional para el país anfitrión. España, que arrastra ya un historial irregular en su relación bilateral con la Santa Sede a lo largo de la actual legislatura, no podía permitirse este error añadido. La fotografía del MV Hondius fondeado frente a Granadilla, retransmitida en directo por todas las cadenas internacionales, será inevitablemente recordada cuando, treinta días después, las mismas cámaras enfoquen al Santo Padre celebrando la eucaristía a escasos kilómetros del mismo escenario.

VI. CONCLUSIONES Y COMENTARIO EDITORIAL

La crisis del MV Hondius dejará pocas víctimas sanitarias adicionales —es razonable esperar que ninguna en suelo español— pero está dejando, ya, un reguero de consecuencias políticas, diplomáticas y reputacionales que el Gobierno parece incapaz de calibrar.

En primer lugar, ha quedado expuesta la ausencia de una verdadera arquitectura de coordinación entre ministerios en situaciones de emergencia. Defensa, Sanidad, Exteriores, Política Territorial e Interior han hablado con voces distintas, en momentos distintos, ofreciendo versiones distintas del mismo operativo. La unidad de mando, principio elemental de toda gestión de crisis, ha brillado por su ausencia.

En segundo lugar, la relación con el Gobierno de Canarias se ha deteriorado de manera innecesaria. Forzar a Clavijo a librar una batalla pública para que el barco fondease en lugar de atracar es un fracaso diplomático interno de primer orden. La lealtad institucional, en estas materias, debe ser bidireccional; y en este caso, ha sido el archipiélago quien ha tenido que recordársela al centro.

En tercer lugar, la operación elegida —Granadilla, fondeo, lanchas, traslado por aire al Gómez Ulla— es, en términos técnicos, defendible. Pero está pésimamente calibrada en términos simbólicos a la vista del calendario pontificio. Un Gobierno con sentido del Estado habría buscado una alternativa que no superpusiera, en el mismo archipiélago y en un margen de cinco semanas, una crisis sanitaria con bajas mortales y una eucaristía papal multitudinaria.

En cuarto lugar, la oportunidad perdida de liderazgo europeo es notable. España podía haber utilizado esta crisis para reclamar ante Bruselas una arquitectura sanitaria marítima común, una revisión del régimen de responsabilidad del Estado-bandera y un mecanismo europeo de respuesta rápida ante emergencias en buques de pabellón comunitario. En lugar de eso, ha optado por gestionar el caso como un asunto doméstico —y ni siquiera bien.

Vengo describiendo, en estos informes diarios, el preocupante patrón de guerras de temperatura variable y de fractura sistémica contenida que caracteriza el orden internacional de 2026. La crisis del MV Hondius añade una nueva categoría: la crisis sanitaria de baja intensidad mal gestionada, aquella que, sin alcanzar nunca el umbral epidemiológico crítico, consume capital político, erosiona la confianza institucional y expone vulnerabilidades estructurales del Estado precisamente en el momento en que los focos internacionales están a punto de iluminarlo. Es, en pequeña escala, una metáfora exacta del estilo de gobierno que padece España: improvisador, fragmentado, comunicativamente errático y profundamente sordo a la dimensión simbólica de las decisiones.

La gestión coherente, prudente y previsora que la situación exigía no se ha producido. La fotografía que recordaremos no es la del Santo Padre en Tenerife. Es la del crucero fondeado frente a Granadilla bajo la mirada confusa de cuatro ministerios incapaces de hablar con una sola voz. Una fotografía, lamentablemente, muy española.

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.