Muy pocos estadounidenses saben hasta qué punto aquello que tienen por más propio de su cultura es, en realidad, herencia española. La razón es conocida: el relato nacional se edificó sobre el mito del Mayflower, y el país terminó imaginándose como una segunda Inglaterra. Y, sin embargo, cuando los peregrinos llegaron a Plymouth en 1620, San Agustín de la Florida —fundada en 1565— llevaba ya medio siglo en pie. Ya lo advirtió Walt Whitman en 1883, en su carta a Santa Fe, al reprochar a sus compatriotas no haber aprendido a reconocer sus propios antecedentes y vaticinar que «a esa identidad americana compuesta del futuro, el carácter español aportará algunas de las piezas más necesarias». Vengo sosteniendo desde hace años que aquel río subterráneo del que hablaba el poeta aflora por todas partes en cuanto uno aparta la fachada anglosajona.
Empecemos por el dinero, tótem de la civilización norteamericana. El real de a ocho fue la primera moneda verdaderamente global de la historia: circuló desde Potosí hasta Manila, Cantón y el Japón durante casi tres siglos, y tuvo curso legal en los Estados Unidos hasta 1857. El dólar de 1792 se definió tomando como patrón el «Spanish milled dollar». Y el propio signo del dólar procede de España: según el Oxford English Dictionary, de la abreviatura «ps» de pesos; según la otra hipótesis, de las Columnas de Hércules ceñidas por la cinta del lema «Plus Ultra» de la plata imperial. El emblema del capitalismo americano es, en su raíz, una insignia española.
Sigamos por el corazón del imaginario estadounidense: el Oeste. El vaquero norteamericano es heredero directo del vaquero español y novohispano. Antes de la llegada de España no había en el continente una sola res ni —desde la prehistoria— un solo caballo; España reintrodujo ambos, y sobre esa base nació el vaquero, que fijó el repertorio que el cowboy se limitaría a heredar: la reata (que el inglés haría lariat), la silla de alto borrén, las chaparreras (los chaps), el sombrero de ala ancha y el rodeo —de «rodear»—. En la Gran Cuenca, el propio término para vaquero sigue siendo, ya anglicado, buckaroo. Como mostró Richard W. Slatta (Yale), tras la guerra de 1846 esas técnicas pasaron en bloque al modo «tejano» hasta volverse, sin más, «americanas». Hasta el mustang —de «mesteño»— desciende del caballo español, como confirman los marcadores ibéricos hallados por E. Gus Cothran en las manadas cimarronas del Oeste.
También la mesa es deudora. El rito culinario que los estadounidenses sienten como más suyo, el barbecue, lleva nombre hispano-caribeño: «barbacoa» es voz taína que Gonzalo Fernández de Oviedo dejó impresa en 1526, y de ese vocablo español hace derivar el Oxford English Dictionary la palabra inglesa. La economía cárnica del filete, el complejo del chile y la tortilla del Suroeste y la viticultura de California iniciada por las misiones franciscanas son, todos, de cuño ibérico.
Hay capítulos que merecerían mayor difusión. Por un edicto de Carlos II de 1693, los esclavos que huían de las plantaciones inglesas de las Carolinas obtenían la libertad al alcanzar la Florida española; así nació en 1738 Fort Mose, junto a San Agustín, el primer pueblo de negros libres legalmente sancionado de cuanto hoy es territorio estadounidense. Hubo, pues, un «ferrocarril subterráneo» hacia el sur más de un siglo antes del que conduciría al norte, como ha reconstruido la historiadora Jane Landers (Vanderbilt). Que la primera comunidad afroamericana libre del país surgiera bajo bandera española es algo que la memoria nacional apenas ha empezado a integrar.
Otro tanto cabe decir de Nueva Orleans. La ciudad se vende como villa francesa, pero por la cesión de la Luisiana de Francia a España vivió bajo soberanía española de 1763 a 1803. Tras los incendios de 1788 y 1794, fue el Cabildo el que reedificó el Vieux Carré con ladrillo, estuco, patios y balcones de hierro: el geógrafo Richard Campanella (Tulane) lo describe como la mejor estampa urbana colonial española entre San Agustín y San Antonio. Los nombres de las calles figuran aún en placas de azulejo de Talavera, y el propio Cabildo fue donde se firmó, en 1803, la venta de la Luisiana a los Estados Unidos.
Y está la propia independencia americana. No se ganó solo con Francia: España fue aliado indispensable. Bernardo de Gálvez, gobernador de la Luisiana española, abrió el Misisipi a los suministros de los insurgentes y, tras la declaración de guerra de 1779, tomó Mobile y en 1781 conquistó Pensacola, expulsando a Gran Bretaña del golfo de México. Al abrir un segundo frente liberó a la escuadra de De Grasse para Chesapeake y contribuyó así a Yorktown. En 2014, el Congreso de los Estados Unidos hizo a Gálvez ciudadano honorario —honor reservado a ocho personas en toda su historia, entre ellas Lafayette y Churchill—, y Galveston lleva su nombre.
Que tan vasta herencia quedara sepultada no es azar, sino fruto de la «leyenda negra» y de la hispanofobia que siguió a la guerra de 1846. Pero los hechos son tercos, y la historiografía —de Herbert E. Bolton a David J. Weber, Carrie Gibson y Felipe Fernández-Armesto— los ha devuelto al centro del relato. La conclusión no admite atenuantes: los Estados Unidos son, en sus cimientos, una creación en buena parte española, en su moneda y en su mapa, en el mito de su Oeste y en su cocina, en su primera experiencia de libertad para los negros y hasta en el nacimiento de su independencia. Reconocerlo no resta nada a la grandeza americana: la ensancha, y la reconcilia con el «más allá» del que procede.
Rabat, junio de 2026
Fuentes citadas: Walt Whitman, «The Spanish Element in Our Nationality» (1883); Herbert E. Bolton, The Spanish Borderlands (Yale, 1921); David J. Weber, The Spanish Frontier in North America (Yale, 1992); Carrie Gibson, El Norte (Atlantic Monthly Press, 2019); Felipe Fernández-Armesto, Our America (Norton, 2014); Richard W. Slatta, Cowboys of the Americas (Yale, 1990); Jane Landers, Black Society in Spanish Florida (Univ. of Illinois Press, 1999); Gonzalo M. Quintero Saravia, Bernardo de Gálvez (Univ. of North Carolina Press, 2018); Oxford English Dictionary, s. v. «barbecue».

