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09/08/26

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El giro a la izquierda que puede cambiar al Partido Demócrata

Mamdani en Nueva York y El-Sayed en Michigan son dos señales de una transformación que ya no parece marginal. La pregunta es si la nueva izquierda puede ganar primarias sin perder el centro de Estados Unidos.

Hay momentos en política en los que una elección local deja de ser local. La victoria de Zohran Mamdani en Nueva York fue uno de ellos. La reciente victoria de Abdul El-Sayed en las primarias demócratas para el Senado en Michigan puede convertirse en otro.

Ambos casos tienen algo en común: representan el crecimiento de una corriente dentro del Partido Demócrata que ha dejado de considerar el socialismo democrático como una etiqueta electoralmente peligrosa y empieza a presentarlo como una alternativa legítima para Estados Unidos.

Mamdani convirtió propuestas como la congelación de alquileres, la expansión de los servicios públicos, y un mayor papel del Gobierno local en elementos centrales de su campaña. El-Sayed, por su parte, ha defendido Medicare for All, mayores impuestos sobre las grandes fortunas, y una intervención mucho más intensa del Estado en determinados sectores de la economía.

Lo importante no son únicamente sus programas. Lo verdaderamente relevante es que estas ideas están consiguiendo votos dentro del Partido Demócrata.

Y eso plantea una cuestión que será cada vez más difícil de evitar: ¿está el Partido Demócrata desplazándose hacia la izquierda precisamente cuando necesitaría recuperar al centro político para derrotar a Donald Trump y recuperar parte del Congreso?

La izquierda ya no es marginal

Estados Unidos siempre ha tenido una izquierda política. Pero durante buena parte de su historia moderna, las palabras «socialismo» y «comunismo» han tenido una connotación especialmente negativa.

La Guerra Fría dejó una huella profunda. El capitalismo, la propiedad privada, el emprendimiento, y los mercados financieros se convirtieron en elementos centrales de la identidad económica estadounidense.

Incluso los grandes programas sociales impulsados por presidentes demócratas como Franklin D. Roosevelt o Lyndon Johnson se desarrollaron dentro de una economía esencialmente capitalista.

La nueva izquierda demócrata plantea algo diferente. No necesariamente pretende eliminar el capitalismo, pero sí modificar profundamente la relación entre Estado y mercado. Su agenda incluye una mayor redistribución de la riqueza, impuestos más elevados para las grandes fortunas, sanidad universal, expansión de los servicios públicos, fortalecimiento de los sindicatos, mayores ayudas sociales, y una regulación más intensa de las grandes empresas.

Durante años, estas propuestas estuvieron asociadas principalmente a sectores progresistas de las grandes ciudades y a figuras como Bernie Sanders. Ahora están penetrando en el corazón del Partido Demócrata.

La victoria de El-Sayed resulta especialmente significativa porque Michigan no es Nueva York. Es un estado industrial del Midwest, donde los demócratas necesitan competir por trabajadores, clases medias, e independientes.

Que un candidato claramente identificado con el ala progresista pueda imponerse en unas primarias frente a una candidata apoyada por buena parte del aparato del partido demuestra que el movimiento ya no puede ser considerado simplemente una peculiaridad de los bastiones urbanos demócratas.

La economía explica buena parte del fenómeno

Para entender el crecimiento de esta izquierda hay que mirar menos a la ideología y más a la economía.

Estados Unidos respondió a la pandemia con una combinación extraordinariamente expansiva de política fiscal y monetaria. Tipos de interés cercanos a cero, enormes programas de estímulo, y una inyección masiva de liquidez evitaron una crisis económica de proporciones mucho mayores.

Pero esa política tuvo también efectos secundarios. La inflación alcanzó niveles que no se habían visto en décadas. Y, aunque los salarios terminaron recuperándose parcialmente, el aumento acumulado del coste de la vivienda, los alimentos, los seguros, y otros servicios modificó la percepción económica de millones de estadounidenses.

La inflación, además, no afecta a todos por igual. Quien posee una vivienda, acciones, empresas, u otros activos financieros ha podido beneficiarse del extraordinario incremento de los precios de los activos registrado durante las últimas décadas.

Para quien no posee activos, el mismo fenómeno tiene una lectura completamente diferente:

  • Una vivienda que duplica su valor es riqueza para su propietario, pero puede convertirse en una barrera prácticamente infranqueable para quien intenta comprar su primera casa.
  • Una bolsa que alcanza máximos históricos beneficia enormemente a quien tiene inversiones, pero apenas cambia la situación patrimonial de una familia que vive exclusivamente de su salario.

Aquí se encuentra una de las grandes paradojas de la economía estadounidense.

Las políticas expansivas diseñadas para proteger a la economía durante las crisis pueden terminar aumentando las diferencias patrimoniales cuando una parte significativa de la liquidez termina reflejándose en el precio de los activos.

La nueva izquierda ha encontrado en esta realidad un argumento político extremadamente poderoso.

Su mensaje es sencillo: si una parte de la sociedad acumula cada vez más riqueza mientras otra tiene dificultades para acceder a una vivienda, pagar la sanidad, o financiar una educación universitaria, el Gobierno debe intervenir.

Es un argumento que tiene una enorme capacidad de movilización electoral.

El problema de redistribuir sin crear

Pero existe una pregunta que el debate político suele dejar en segundo plano: ¿cómo se crea la riqueza que posteriormente se quiere redistribuir?

Una economía no puede combatir indefinidamente la desigualdad simplemente repartiendo la riqueza existente. Necesita crear más riqueza. Necesita construir más viviendas, aumentar la productividad, crear empresas, atraer capital, fomentar la innovación, y generar empleos con salarios crecientes.

Estados Unidos ha construido buena parte de su extraordinaria prosperidad sobre una combinación excepcional de mercados de capitales profundos, propiedad privada, innovación tecnológica, emprendimiento, y capacidad para atraer talento de todo el mundo.

Modificar ese equilibrio tiene riesgos. Un programa de vivienda pública puede ayudar a determinados sectores, pero también debe financiarse. Medicare for All puede reducir determinados costes para las familias, pero requiere una transformación gigantesca del sistema sanitario y de su financiación. Una fiscalidad mucho más agresiva sobre los grandes patrimonios puede recaudar más dinero, pero también puede modificar los incentivos para invertir, ahorrar, y emprender.

El problema no es que el Estado no pueda intervenir. El problema es que cada intervención tiene un coste económico y unos efectos secundarios que deberían formar parte de la discusión política.

La cuestión fundamental no es solamente cuánto redistribuye el Estado, sino cuánto crecimiento económico genera el sistema después de hacerlo.

Una economía que crece rápidamente tiene más posibilidades de reducir la desigualdad que una economía estancada que simplemente intenta redistribuir una tarta cada vez menor.

La paradoja de las midterms

Aquí aparece el gran dilema del Partido Demócrata.

Las elecciones legislativas de Noviembre representan una oportunidad para los demócratas. El desgaste de Trump, la polarización política, y el descontento con determinadas políticas republicanas podrían permitir al partido recuperar terreno en la Cámara de Representantes y limitar el poder republicano en el Congreso.

Pero para hacerlo necesita una coalición amplia.

  • Necesita a los progresistas de Nueva York y California, pero también a los independientes de Michigan, Pennsylvania, Wisconsin, Arizona, o Georgia.
  • Necesita movilizar a los jóvenes, pero también recuperar parte del voto de los trabajadores.
  • Necesita convencer a las minorías urbanas, pero también volver a ser competitivo en zonas industriales y suburbanas.

Y ahí aparece una contradicción.

Mientras la dirección del Partido Demócrata intenta presentar las midterms como una oportunidad para limitar a Trump, una parte creciente de sus bases está utilizando las primarias para discutir algo mucho más profundo: qué tipo de partido debe ser el Partido Demócrata.

El establishment quiere ganar. El ala progresista quiere transformar el partido. Y no siempre ambas cosas son compatibles.

La derrota de una candidata apoyada por buena parte del aparato demócrata en Michigan frente a El-Sayed es precisamente una señal de esa tensión. El peligro de regalarle a Trump el argumento del socialismo

Existe además un riesgo electoral evidente. Cuanto más se desplaza el Partido Demócrata hacia la izquierda, más fácil resulta para los republicanos definirlo como un partido socialista.

Y esa estrategia puede ser particularmente efectiva en Estados Unidos.

Un votante puede estar profundamente descontento con Trump y, al mismo tiempo, no querer una transformación radical del sistema económico:

  • Puede querer viviendas más asequibles sin apoyar controles generalizados de alquileres.
  • Puede querer sanidad más barata sin eliminar completamente el mercado privado.
  • Puede querer que los ricos paguen más impuestos sin querer penalizar la inversión y el emprendimiento.
  • Puede querer reducir la desigualdad sin considerar que el Estado deba convertirse en el principal proveedor de servicios.

Ese votante moderado será decisivo en muchas de las elecciones más competitivas.

Y los demócratas corren el riesgo de olvidarlo.

Mamdani y El-Sayed: ¿excepción o nuevo modelo?

La verdadera importancia de Mamdani y El-Sayed no reside en sus respectivos cargos. Reside en que han demostrado que existe un electorado demócrata dispuesto a votar por candidatos que hace pocos años habrían sido considerados demasiado izquierdistas para ganar unas primarias importantes.

Eso cambia los incentivos. Si un candidato puede obtener financiación, voluntarios y notoriedad identificándose abiertamente con el socialismo democrático, otros candidatos empezarán a hacer lo mismo.

La consecuencia puede ser un desplazamiento gradual del centro ideológico del partido. Pero hay una diferencia fundamental entre ganar unas primarias y ganar una elección general.

Nueva York es uno de los territorios más demócratas de Estados Unidos. Michigan es diferente.

El verdadero examen para El-Sayed será comprobar si puede transformar una coalición progresista en una mayoría suficientemente amplia para ganar en Noviembre:

  • Si lo consigue, la izquierda tendrá un argumento extraordinariamente poderoso: no solamente puede ganar primarias; puede ganar elecciones generales en estados competitivos.
  • Si fracasa, el establishment tendrá argumentos para defender un regreso hacia el centro.

La batalla por el futuro del Partido Demócrata

La cuestión, por tanto, no es si existe una izquierda dentro del Partido Demócrata. Siempre ha existido.La cuestión es cuánto poder tendrá a partir de ahora.

El partido se encuentra ante dos necesidades simultáneas:

  • Por un lado, debe responder a una realidad económica que ha dejado a millones de estadounidenses preocupados por el coste de la vivienda, la sanidad, la educación, y la pérdida de poder adquisitivo.
  • Por otro, debe preservar los mecanismos que han convertido a Estados Unidos en la principal economía del mundo: innovación, inversión privada, mercados de capitales, emprendimiento, y crecimiento de la productividad.

Resolver ambas cuestiones exige algo más sofisticado que una simple expansión del Estado.

La desigualdad no se combate solamente redistribuyendo riqueza. También se combate haciendo posible que más ciudadanos participen en su creación. Y aquí debería encontrarse el verdadero debate demócrata.

Porque si el partido convierte la desigualdad en una justificación para aumentar indefinidamente la intervención pública, corre el riesgo de destruir parte de los incentivos que han hecho posible la prosperidad que después pretende redistribuir.

Pero si ignora la creciente frustración económica de quienes han quedado fuera de esa prosperidad, estará entregando a la izquierda un argumento electoral cada vez más potente.

El verdadero examen llegará en 2028

Las midterms serán importantes, pero probablemente no resolverán la batalla ideológica. La verdadera confrontación llegará con las presidenciales de 2028.

Si candidatos como Mamdani y El-Sayed demuestran que una agenda progresista puede ganar no solamente en las primarias demócratas sino también entre independientes y moderados, el equilibrio interno del partido habrá cambiado definitivamente. Si ocurre lo contrario, el centro recuperará fuerza.

Estados Unidos está entrando en una nueva etapa de polarización económica y política. Una parte de la población posee activos cuyo valor se ha multiplicado durante décadas, mientras otra contempla cómo la vivienda y otros costes esenciales se alejan cada vez más de sus posibilidades.

La izquierda tiene una respuesta: más Estado y mayor redistribución.

La derecha tiene otra: menos impuestos, menos regulación y mayor libertad económica. Pero ninguna de las dos respuestas resuelve por sí sola la cuestión fundamental:

¿Cómo conseguir que la economía estadounidense vuelva a generar una prosperidad suficientemente amplia como para que la mayoría de los ciudadanos sienta que puede progresar?

Esa debería ser la verdadera discusión. Porque el Partido Demócrata tiene ante sí una oportunidad extraordinaria. El descontento con Trump puede permitirle recuperar parte del poder perdido en Washington.

Pero para aprovecharla necesita una coalición amplia. Y una coalición exige unidad. Mamdani fue una señal. El-Sayed puede ser otra.

La pregunta ya no es si la izquierda está ganando espacio dentro del Partido Demócrata.

La verdadera pregunta es si, en su intento por transformar Estados Unidos desde la izquierda, terminará alejándose precisamente de los votantes que necesita para volver a gobernarlo.

 

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