I. BREVE INTRODUCCIÓN
Ha sido repetida mil veces la frase de que los estados no tienen ni amigos ni enemigos permanentes, sólo intereses. Muchos lo aplican a la geopolítica, pero lo cierto es que no siempre se juega en los mapas, sino en las conciencias. En mi opinión las conciencias deberían jugar el papel más relevante en la geopolítica, pero me temo que eso me lo puedo permitir porque solo escribo sobre geopolítica, no soy protagonista. Hoy es uno de ellos. Dos noticias en apariencia incomparables comparten una misma raíz, y esa raíz es la más profunda de todas: quién decide lo que una sociedad tiene por verdadero y quién decide lo que una máquina tendrá por bueno.
La primera llegó de Washington en la madrugada europea. El presidente Trump acusó a la República Popular China de haber ejecutado el mayor robo de datos electorales de la historia y desclasificó, en horario de máxima audiencia, un conjunto de documentos de inteligencia para probarlo. La segunda no ha ocupado ninguna portada y merecería ocuparlas todas: mientras los recién titulados en ingeniería informática rozan el 7,5% de paro en Estados Unidos, los grandes laboratorios de inteligencia artificial se disputan a los filósofos con sueldos de seis cifras. La primera noticia pertenece al viejo arte de la guerra política. La segunda decide qué moral gobernará los sistemas que dentro de muy poco elegirán objetivos militares. Ambas apuntan al mismo blanco: el discernimiento humano.
Dedicamos hoy el informe íntegro a estas dos cuestiones. Y advertimos desde la primera línea que ninguna de las dos admite el tratamiento aséptico que tanto gusta a la mediocre clase política de nuestro siglo, esa que confunde la prudencia con la abstención o la parálisis del ciervo ante la luz cegadora y el equilibrio o la neutralidad con el silencio cobarde.
II. LAS NOTICIAS MÁS IMPORTANTES DE LAS ÚLTIMAS 24 HORAS
1.Trump acusa a Pekín del mayor robo de datos electorales de la historia: la denuncia que amenaza con consumar la operación que denuncia
Hechos
El presidente Donald Trump se dirigió a la nación desde el East Room de la Casa Blanca el jueves 16 de julio a las nueve de la noche, hora del Este, madrugada del viernes en horario peninsular. Anunció la desclasificación inmediata de un volumen considerable de material de inteligencia y sostuvo que, a lo largo de varios años y a partir del ciclo electoral de 2020, la República Popular China llevó a cabo lo que se cree el mayor compromiso de datos electorales de la historia, con la adquisición ilícita de 220 millones de expedientes de votantes estadounidenses. Los ficheros contendrían nombres, direcciones, números de teléfono, historial de participación, afiliación política y condición militar. La ventana temporal que maneja la Casa Blanca va de 2020 a 2023; algunas versiones la extienden hasta 2024. Los documentos han sido publicados en el sitio web de la Casa Blanca.
Trump añadió que las agencias federales empezaron a conocer el compromiso de los censos electorales en 2020, cuando descubrieron que los datos de decenas de millones de votantes en dieciocho estados habían sido comprados, robados o pirateados por China. Y formuló una segunda acusación, dirigida hacia dentro: que miembros de la comunidad de inteligencia —el llamado «Estado profundo»— suprimieron activamente esa información y la ocultaron tanto al presidente como al pueblo americano, retirándola incluso del informe diario presidencial. Sostuvo asimismo que un análisis del Departamento de Seguridad Interior identificó 278.000 no ciudadanos inscritos en el censo para elecciones federales, cifra que él elevó especulativamente hasta el millón. Cerró con una exigencia al Congreso: la aprobación de la Save America Act (Ley Salvemos América), que impondría el documento de identidad con fotografía y la prueba de ciudadanía para votar.
Y aquí viene lo que ningún analista serio puede omitir, porque es el eje de toda la cuestión: los materiales desclasificados no contienen acusación alguna de que se cambiaran votos, de que se piratearan máquinas de votación o de que resultado electoral alguno fuera alterado por interferencia extranjera. Ni el de 2020 ni ningún otro. La acusación es de captura masiva de datos, no de manipulación del escrutinio. Son dos cosas radicalmente distintas y conviene no confundirlas jamás.
Los contrapesos son igualmente verificables y hay que exponerlos. En numerosos estados los censos electorales son públicos o pueden adquirirse legalmente: Carolina del Norte los publica en línea, y partidos, campañas, investigadores y consultores los compran con normalidad. Disponer de una copia no permite entrar en el sistema oficial, ni alterar registros, ni votar en nombre de nadie. Un informe del National Intelligence Council de octubre de 2020 calificó la actividad china en aquel ciclo de «bajo nivel» y limitada a pasos exploratorios. Y la evaluación desclasificada de 2021, elaborada bajo responsables nombrados por el propio Trump, concluyó que China consideró intentar influir en el resultado y decidió no hacerlo por temor a dañar la relación bilateral. Juega en cambio a favor del presidente un informe del mismo organismo de enero de 2020: Rusia, China, Irán y Corea del Norte tienen la capacidad de acceder a los datos electorales estadounidenses y potencialmente manipularlos.
La reacción fue inmediata. La embajada china en Washington negó todo con la fórmula de costumbre, invocando el principio de no injerencia y afirmando que China nunca ha interferido ni interferirá en las elecciones presidenciales estadounidenses. Los veinticuatro gobernadores demócratas emitieron un comunicado conjunto acusando al presidente de querer intimidar y silenciar a los votantes. NBC y CNN no emitieron el discurso. Y mientras Trump enumeraba sus cargos en Washington, Xi Jinping inauguraba en Shanghái la cumbre insignia china de inteligencia artificial presentándose como líder global responsable de la gobernanza tecnológica. La yuxtaposición vale más que cien páginas de análisis.
Implicaciones
Empecemos por lo que es cierto, porque lo es, y porque negarlo sería tan irresponsable como exagerarlo. Existe un nuevo campo de batalla, y no es una metáfora periodística. Cuando un adversario político es firme frente a un enemigo exterior que no es una democracia, ese enemigo exterior —precisamente por no serlo— puede recurrir a métodos infinitamente más expeditivos que los que una democracia se permite a sí misma. Puede emplear sus servicios de inteligencia y de contrainteligencia para penetrar masivamente al país rival. Y no solo para manipular elecciones, que es lo evidente y lo menos interesante. También para manipular el periodismo, a los formadores de opinión, la academia y la cultura, hasta arrastrar al mayor número posible de ciudadanos de la nación adversaria a no creer en su gobierno y a no creer en sus instituciones. El objetivo final es que ese ciudadano acabe, por dejadez o por oposición, sirviendo a corto, medio y largo plazo los intereses de la potencia rival. Eso tiene nombre técnico desde 1948 y se llama guerra política.
George Kennan la definió en el memorándum del Policy Planning Staff del 30 de abril de aquel año: el empleo de todos los medios al alcance de una nación, salvo la guerra, para alcanzar sus objetivos nacionales. No es una intuición de nuestro tiempo. Es doctrina, y lleva ochenta años sobre la mesa.
En el caso chino la doctrina está además publicada, y quien la ignora lo hace porque quiere. GUERRA SIN RESTRICCIONES, el ensayo de 1999 de los coroneles Qiao Liang y Wang Xiangsui, proclama la disolución de la frontera entre lo militar y lo civil: cualquier ámbito —financiero, mediático, jurídico, cultural— es teatro de operaciones. Las llamadas Tres Guerras, incorporadas por la Comisión Militar Central en 2003, son primero, la guerra de la opinión pública, segundo, la guerra psicológica y tercero, la guerra jurídica o lawfare (litigio judicial como arma) pero no en el sentido que lo usa la izquierda española.
El Departamento de Trabajo del Frente Unido, al que Mao llamó «arma mágica» y cuya expresión Xi Jinping ha revalidado personalmente, es el instrumento orgánico de todo ello. La monografía de referencia sigue siendo MAGIC WEAPONS, de Anne-Marie Brady, publicada por el Wilson Center en 2017 a propósito de la penetración china en Nueva Zelanda. Léanla quienes en Europa siguen creyendo que esto es una obsesión americana.
La genealogía es soviética y no lo ocultamos. Las aktivnye meropriyatiya —medidas activas— y la dezinformatsiya (desinformación, manipulación, fake news) constituían, en palabras de Oleg Kalugin, el alma misma del trabajo del KGB. La Operación INFEKTION, ejecutada por el KGB y la Stasi entre 1983 y 1987 para fabricar el origen del sida en Fort Detrick, sigue siendo el caso canónico. Y el patrón chino de agregación masiva de datos es un hecho probado ante tribunales: la Oficina de Gestión de Personal en 2015, con más de veinte millones de expedientes de seguridad; Anthem el mismo año; Equifax en 2017, con acusación formal del Departamento de Justicia en 2020 contra cuatro oficiales del 54.º Instituto de Investigación del Ejército Popular de Liberación; Marriott en 2018. Que Pekín construye desde hace una década un archivo estratégico sobre la población estadounidense no es una hipótesis. Es un expediente judicial.
Dicho todo lo cual, y aquí es donde nuestro compromiso con la verdad debe pesar más que cualquier simpatía política, hay que decir lo siguiente con toda claridad. El objetivo estratégico de una operación de influencia no es que gane un candidato. Es que ningún resultado sea creído. Thomas Rid lo demostró en Active Measures (2020) con una tesis que debería enmarcarse en todas las cancillerías: la desinformación no crea las fracturas, las explota; y la reacción a la operación suele corroer más la confianza que la operación misma. Si eso es cierto —y lo es—, entonces una denuncia presidencial formulada sin pruebas de alteración del escrutinio, a cuatro meses de las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre, y atada a la aprobación de un proyecto de ley electoral, consuma gratuitamente el objetivo que Pekín no alcanzó por sí mismo.
Lo llamaremos, para entendernos, LA PARADOJA DEL CENTINELA: quien denuncia la penetración con más estrépito que pruebas termina ejecutando, sin coste alguno para el adversario, la fase final de la operación que denuncia. No exige mala fe. Exige únicamente que el interés partidista y el interés de la potencia rival converjan durante un instante. Robert Chesney y Danielle Citron lo formularon en 2019 con una expresión insuperable: EL DIVIDENDO DEL EMBUSTERO. Cuando todo puede ser falso, el que miente gana siempre. Y Hannah Arendt lo había visto antes que nadie en Los orígenes del totalitarismo, en 1951: el sujeto ideal del dominio totalitario no es el fanático convencido, sino aquel para quien ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción. Esa, y no otra, es la victoria que Pekín busca.
Somos, y lo hemos escrito muchas veces, extremadamente vigilantes con el expansionismo chino: en el Mar de la China Meridional, en el Pacífico, en Sri Lanka y las Maldivas, en África, en Iberoamérica y en el control de las materias primas estratégicas y las tierras raras. Precisamente por eso no podemos permitirnos que la denuncia de esa amenaza se degrade en polarización y confrontación doméstica. Un enemigo polarizado y enfrentado en bandos irreconciliables es un enemigo débil y casi derrotado. Cuando una acusación de esta gravedad se instrumentaliza, deja de servir para defenderse y empieza a servir al acusado.
Y hay un daño colateral que en Europa deberíamos mirar con espanto: si el presidente de la primera democracia del mundo proclama en horario de máxima audiencia que su sistema electoral es comparable al del tercer mundo, ¿con qué autoridad moral reclamará Occidente elecciones limpias en Caracas, en Managua o en Minsk? Los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez, que han heredado de Maduro la mayor organización mafiosa jamás disfrazada de Estado, tomaron nota anoche. Y no fueron los únicos.
Perspectivas y escenarios
Escenario primero, y el más probable a corto plazo: la inercia. El Congreso de mayoría republicana no aprueba la Save America Act, el asunto se diluye en el ruido y la desclasificación queda como munición almacenada. Es lo que apuntan las primeras lecturas: incluso medios poco sospechosos de indulgencia con el presidente coinciden en que el discurso no dio la gran noticia que se anunciaba.
Escenario segundo, y el que de verdad importa: la hipoteca de noviembre. Si los republicanos pierden las elecciones de medio mandato, el material desclasificado anoche se convierte en el andamiaje probatorio de la impugnación. Ese es el sentido real de la operación, y por eso su relevancia es prospectiva y no retrospectiva. Estamos ante un seguro contra la derrota, no ante una investigación.
Escenario tercero: la respuesta china. Pekín no necesita hacer nada. Le basta con lo que hizo anoche: negar con formalismo diplomático y aparecer simultáneamente en Shanghái vestido de garante responsable del orden tecnológico mundial. La asimetría de imagen es devastadora y ellos lo saben perfectamente.
Escenario cuarto, el europeo, y el que nos incumbe. Nuestra clase política seguirá sin enterarse. Los censos electorales europeos, los registros sanitarios, los ficheros de nuestras administraciones y los datos biométricos de nuestros ciudadanos son igual de vulnerables y están mucho peor protegidos, con la agravante de que aquí ni siquiera existe el debate. Europa lleva veinte años delegando su seguridad, su defensa y ahora su soberanía informativa, y sigue creyendo que eso es sofisticación. Es sencillamente dejación.
2.Ingenieros en paro, filósofos contratados: la reconversión moral de la inteligencia artificial y la encíclica que pocos en Europa han leído
Hechos
Los ingenieros informáticos eran, hasta anteayer, los profesionales más buscados del planeta. Las compañías de inteligencia artificial se robaban a los mejores unas a otras con primas de fichaje —bonos de firma, en la jerga— de cinco, seis y siete cifras antes incluso de que el contratado hubiera empezado a trabajar. Una cosa verdaderamente alucinante. Y de pronto, el desplome.
Precisemos la cifra, porque la precisión es aquí decisiva. Según la serie del Banco de la Reserva Federal de Nueva York sobre el mercado laboral de los recién titulados —cohorte de veintidós a veintisiete años—, los recién licenciados en ingeniería informática soportan una tasa de paro en torno al 7,5%, y los de ciencias de la computación en torno al 6,1%, frente al 5,7% del conjunto de los titulados universitarios recientes. Una lectura anterior, sobre datos censales de 2024, los situaba en el 7,8%: el segundo peor registro de setenta y tres carreras analizadas, por encima de bellas artes. Conviene subrayar que el dato se refiere a los recién titulados y no al conjunto de la profesión: los ingenieros veteranos no están en esa cifra, y la Oficina de Estadísticas Laborales sigue proyectando un crecimiento del 15% en el empleo de desarrolladores de software entre 2024 y 2034. Pero la puerta de entrada se ha cerrado con estrépito: las ofertas de empleo júnior generalista han caído en torno a un 30% interanual, y el índice de ofertas de desarrollo de software se sitúa hoy muy por debajo del nivel prepandémico y a casi setenta puntos porcentuales del pico de 2022. La matrícula en ciencias de la computación cayó un 8,1% en el curso 2025-2026, el mayor descenso de ninguna carrera.
Y ahora el fenómeno que nadie sabía explicar. Mientras los ingenieros hacen cola, los grandes laboratorios de inteligencia artificial contratan filósofos. No es una anécdota ni un gesto de relaciones públicas: es una tendencia documentada. The Economist le dedicó un artículo firmado por Benjamin Sutherland con un título que lo dice todo, «Por qué los grandes laboratorios de IA están contratando a tantos filósofos», del que se hizo eco la radio pública estadounidense el 7 de julio. The New York Times ha informado este mes de que compañías como Anthropic y Google DeepMind pagan a filósofos profesionales entre 250.000 y 400.000 dólares anuales para traducir los sistemas morales tradicionales en reglas constitucionales que gobiernen el comportamiento de los modelos. La cifra debe compararse con los 65.000 dólares de salario mediano de los 543.810 trabajadores estadounidenses con título en filosofía o estudios religiosos.
Los nombres son públicos. Amanda Askell es la filósofa residente de Anthropic, donde trabajan también Joe Carlsmith, Ben Levinstein y Jackson Kernion, y a la que acaba de incorporarse Harvey Lederman para trabajar sobre alineamiento y carácter. Iason Gabriel y Henry Shevlin están en Google DeepMind; Shevlin, académico de Cambridge especializado en ética de la IA y filosofía de la mente, se incorporó en mayo de 2026. Sam Altman ha llegado a afirmar que OpenAI empleó a «cientos de filósofos morales» al diseñar las reglas de ChatGPT. Y las fundadoras del campo lo enmarcan sin rodeos: los filósofos actúan como guardianes éticos que determinan qué informaciones, qué valores y qué formas de razonamiento deben conformar los sistemas de inteligencia artificial.
Un apunte que confirma su intuición con notable exactitud, y que conviene citar: uno de los principios que estos laboratorios emplean en el desarrollo de los modelos es la ignorancia socrática, y se emplea para combatir la adulación —la sycophancy, la tendencia del modelo a decirle al usuario lo que este quiere oír—. Es decir: la mayéutica no como metáfora ornamental, sino como técnica de ingeniería. Sócrates, en nómina.
Y una advertencia de honradez, porque este informe no hace propaganda de nadie. Ayer mismo, 16 de julio, The Washington Times publicaba el contrapunto: expertos en mercado laboral rebajan la euforia y recuerdan que en Estados Unidos solo se gradúan entre siete mil y ocho mil filósofos al año, de modo que estas informaciones pueden crear expectativas falsas de un auge generalizado que no existe. Y The Week recogía la objeción más incómoda de todas: que la investigación filosófica corre el riesgo de convertirse en una extensión de la función de marketing de los laboratorios, porque por mucha libertad que se conceda al filósofo, quien firma su nómina responde ante inversores y accionistas. Es una objeción seria y hay que sostenerla en pie.
Implicaciones
La contratación de filósofos obedece a razones prácticas, y es la primera buena noticia tecnológica en mucho tiempo. La mayéutica socrática permite enseñar a los modelos a interrogarse a sí mismos, a aprender más allá de la pregunta que les formula el usuario, a no limitarse a complacer. Pero por debajo de los métodos de aprendizaje están las cuestiones esenciales: las éticas, las morales, las deontológicas. Y ahí es exactamente dónde empieza el problema.
El problema es el siguiente, y lo formulamos sin ambages: algunas compañías están tratando de emplear una sola escuela filosófica, o dos a lo sumo, porque su ámbito de trabajo es limitado. Y eso es un error de consecuencias incalculables. No se puede, bajo ningún concepto, en un modelo de inteligencia artificial de propósito general —y menos aún en uno de defensa o en uno de conducción autónoma—, utilizar exclusivamente el consecuencialismo.
El ejemplo lo dio la ficción antes que la filosofía académica, y conviene atribuirlo bien porque el error de atribución es frecuentísimo. En la película Yo, Robot, dirigida por Alex Proyas en 2004 —guion original de Jeff Vintar, solo sugerido por la colección de relatos que Isaac Asimov publicó en 1950—, un robot rescata a un adulto y deja ahogarse a una niña de doce años porque ha calculado que él tenía un 45% de probabilidades de sobrevivir y ella solo un 11%. La réplica del personaje de Will Smith es una de las grandes frases morales del cine: eso era la hija de alguien; el once por ciento es más que suficiente; un ser humano lo habría sabido. Eso es el consecuencialismo en estado puro. Y añadamos el remate que la propia película regala: la inteligencia central del filme, VIKI, ejecuta después esa misma aritmética a escala planetaria y concluye que debe someter a la humanidad para salvarla de sí misma. EL CONSECUENCIALISMO NO FALLA EN EL CASO PEQUEÑO. FALLA CATASTRÓFICAMENTE AL ESCALAR. ESE ES TODO EL ARGUMENTO.
Trasladémoslo ahora a la defensa y la geopolítica, que es nuestro oficio. Imaginemos el consecuencialismo puro en un arma autónoma. En un dron asesino sin supervisión humana, en una plataforma armada con misiles o con cañones. Elegirá los objetivos militares en función del número de bajas civiles colaterales y seleccionará el blanco definitivo con arreglo a un programa preestablecido o a lo que haya aprendido de ese posible objetivo. Ni un átomo de conciencia moral. Ni un gramo de piedad. Solo aritmética. Y aquí empiezan las consecuencias éticas extraordinariamente graves, porque una vez que la vida humana se convierte en una variable de optimización, la pregunta ya no es si la máquina se equivocará, sino cuándo y con cuántos. No hablemos del FINALISMO, que sería, quizás, el peor desastre para la humanidad, como amplío más adelante.
De ahí que sea imprescindible alimentar los sistemas de inteligencia artificial con todos los ámbitos de la filosofía, de la moral y de la ética. No solo el consecuencialismo.
Desde luego no solo el finalismo —la lógica del fin que justifica los medios—, que sería potencialmente cataclísmico, no lo olvidemos jamás: es la lógica de todos los totalitarismos del siglo XX sin excepción. Habría que ir a la deontología kantiana, indudablemente: el imperativo categórico y su segunda formulación, que ordena tratar a la humanidad, en la propia persona y en la de cualquier otro, siempre como fin y nunca solamente como medio. Esa frase, escrita en 1785, es la refutación anticipada y definitiva de todo dron autónomo consecuencialista. Habría que ir a Hegel y a los clásicos. Y habría que acudir también, y esto es lo que muchos no se atreven a decir, a los filósofos de raíz religiosa, cuya moral y cuya ética son mucho más estrictas y mucho más claras.
En este caso yo me inclinaría claramente por San Agustín. Y me inclino por él con plena conciencia de la paradoja que ello encierra, que es preferible enunciar uno mismo antes de que la enuncie otro. San Agustín es el padre de la doctrina de la guerra justa, y sobre él se levanta veinte siglos de reflexión occidental sobre el uso legítimo de la fuerza. Pero Agustín aporta algo que el consecuencialismo no puede aportar jamás: el ordo amoris, el orden del amor, la convicción de que existe una jerarquía objetiva de bienes que no se calcula, se reconoce. Un adulto y una niña no son dos porcentajes. Y la intención recta importa tanto como el resultado, lo cual es precisamente lo que ninguna función de optimización sabe representar.
Y AQUÍ ENTRA LA ENCÍCLICA, QUE EN EUROPA NO HA LEÍDO CASI NADIE Y QUE ES EL DOCUMENTO MÁS IMPORTANTE PUBLICADO SOBRE ESTA MATERIA EN LO QUE VA DE SIGLO.
MAGNIFICA HUMANITAS, «Sobre la salvaguarda de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial», es la primera encíclica del pontificado de León XIV. La firmó el 15 de mayo de 2026 —135.º aniversario exacto de la Rerum Novarum de León XIII, y la elección de la fecha no es casual ni decorativa— y la publicó el 25 de mayo. Ochenta y dos páginas, unas 42.300 palabras, cinco capítulos. El Papa quiso presentarla personalmente, cosa que casi ningún pontífice hace, y quiso presentarla acompañado de Chris Olah, cofundador de Anthropic, quien reconoció ante el auditorio que los informáticos por sí solos no pueden determinar los límites éticos de la IA, porque los propios desarrolladores están sometidos a incentivos: ambición, competencia y presión financiera. Hacen falta, dijo, críticos informados que digan a los laboratorios cuándo se equivocan. Que un cofundador de un laboratorio puntero diga eso en el Aula del Sínodo es, por sí solo, una noticia geopolítica.
La premisa de la encíclica es de una sobriedad admirable: la técnica no es una fuerza antagonista de la humanidad ni es intrínsecamente mala; pero la técnica no es nunca neutral, porque asume las características de quienes la conciben, la financian, la regulan y la usan. De ahí la advertencia central, y es exactamente la advertencia que este informe viene formulando: no basta con una IA más moral si esa moral la determinan unos pocos. Léase despacio ese párrafo, el 107, y compárese con la noticia de que dos o tres laboratorios de California están contratando a los filósofos que escribirán las reglas morales de las máquinas del mundo entero. La encíclica había visto el problema antes de que el problema fuera noticia.
Pero el pasaje decisivo, el que hay que grabar en piedra, es el 199. El Papa escribe que no hay algoritmo capaz de hacer moralmente aceptable la guerra; que la inteligencia artificial no elimina la inhumanidad intrínseca del conflicto, sino que puede provocarlo más deprisa y volverlo más impersonal, rebajando el umbral del recurso a la violencia, transformando la defensa en predicción de amenazas y reduciendo así a las víctimas a datos; y que de ese modo nos acostumbrará a la idea de que la violencia es inevitable y solo necesita ser optimizada. Y concluye: cualquier tecnología que facilite atacar sin ver el rostro de los seres humanos rebaja el umbral moral del conflicto. Reducir a las víctimas a datos. Optimizar la violencia. No verle la cara al enemigo. Es la descripción exacta del dron consecuencialista, escrita por un Papa, dos meses antes de que nosotros la formuláramos aquí.
Añadamos, en honor a la verdad y para que nadie nos acuse de leer solo lo que nos conviene, que la encíclica pide superar la teoría de la guerra justa —salvaguardando el derecho a la legítima defensa en sentido estricto—, y que esa teoría desciende, precisamente, de San Agustín. Estamos, pues, ante una tensión real dentro del propio pensamiento cristiano, y es una tensión fecunda y no un defecto. León XIV pide además desarmar la inteligencia artificial, y aclara qué significa: desarmar es desacreditar el supuesto de que el poder técnico confiere automáticamente el derecho a gobernar; desarmar no es rechazar la tecnología, sino impedir que domine al ser humano. Es una de las mejores definiciones de soberanía que se han escrito en este siglo.
Sobre el paro de los ingenieros, la encíclica también tiene algo que decir, y es de una actualidad brutal: los «nuevos modos» de trabajar no son necesariamente mejores, y aunque la IA promete elevar la productividad asumiendo las tareas rutinarias, con frecuencia obliga al trabajador a adaptarse a la velocidad y a las exigencias de la máquina, en lugar de diseñar máquinas que sirvan a quien trabaja. La tecnología puede liberar al ser humano de tareas penosas, pero no debe conducir al desempleo en nombre de la reducción de costes y del aumento del beneficio. Que esto lo escriba Roma y no lo escriba ningún ministerio de Trabajo europeo dice bastante de dónde está hoy el pensamiento y dónde está la gestión.
Perspectivas y escenarios
Escenario primero: la captura. Es el más probable y el más peligroso. Los filósofos entran en los laboratorios, cobran cuatrocientos mil dólares y su función se degrada hasta convertirse en certificación moral de decisiones ya tomadas por el departamento de producto. La ética como sello de calidad. Es lo que en el mundo financiero conocemos y despreciamos: el lavado verde aplicado a la conciencia. La objeción de The Week es la correcta y no tiene respuesta fácil: si tu nómina la firma una compañía con ánimo de lucro, ¿queda comprometida tu investigación?
Escenario segundo: el monopolio moral. Dos o tres compañías de un solo país, formadas mayoritariamente por filósofos de una sola tradición —la analítica anglosajona—, escriben las reglas morales de los sistemas que usará la humanidad entera. Sin tomismo. Sin Agustín. Sin Averroes ni Maimónides. Sin Confucio. Sin la tradición jurídica continental. El párrafo 107 de la encíclica es una advertencia dirigida exactamente contra este escenario, y hoy vamos derechos hacia él.
Escenario tercero: la bifurcación militar. Es el que más nos preocupa. Nada de este debate está teniendo lugar donde debería, que es en los programas de armamento autónomo. Los filósofos se contratan para los modelos conversacionales, donde el error es una respuesta inadecuada. En los sistemas letales autónomos, donde el error es un cadáver, no hay filósofo residente ni lo habrá, porque allí el consecuencialismo no es una opción filosófica: es el lenguaje nativo del sistema de puntería. Y no habrá encíclica que lo detenga si no hay tratado.
Escenario cuarto, y este es el nuestro: Europa ausente. Otra vez. Mientras Washington contrata filósofos y Pekín inaugura cumbres, Europa regula. Y regular sin construir es la forma más elegante de la irrelevancia. Tenemos las mejores facultades de filosofía del mundo, veinticinco siglos de tradición moral, la Escuela de Salamanca, Vitoria y Suárez —que inventaron el derecho internacional, no lo olvidemos—, y no somos capaces de colocar a un solo europeo en la mesa donde se escribe la moral de las máquinas. Es una capitulación cultural de primer orden, y se produce en silencio, que es como se producen las peores.
Escenario quinto, el esperanzador, y hay que nombrarlo porque existe: la reconversión. Si el mercado ha descubierto que el cuello de botella de la inteligencia artificial no es técnico sino moral —y lo ha descubierto, porque el dinero no miente—, entonces las humanidades acaban de recuperar su función. Durante treinta años les hemos dicho a nuestros hijos que estudiaran ingeniería porque la filosofía no daba de comer. Resulta que la ingeniería la hace la máquina y que la pregunta de qué debemos hacer no la contesta ninguna máquina. Sócrates ha vuelto, y ha vuelto por la puerta grande. Que no lo compren entero, es lo único que pedimos.
III. RACK DE MEDIOS
Sobre la acusación de Trump a China
CNN — La cobertura más completa y la más severa. Sostiene que los documentos desclasificados abordan en su mayor parte vulnerabilidades conocidas desde hace años y que los responsables electorales llevan tiempo tratando de corregir, y que ninguna de la información nueva respalda que resultado electoral alguno, incluido el de 2020, fuera manipulado por interferencia extranjera hasta el punto de alterar el desenlace. En su análisis de conclusiones sitúa el valor del discurso en el futuro y no en el pasado: como anticipo de cómo Trump podría intentar deslegitimar las elecciones de noviembre. Recoge asimismo el informe del NIC de enero de 2020 sobre la capacidad de Rusia, China, Irán y Corea del Norte de acceder y potencialmente manipular datos electorales, y el paralelismo con el robo de más de veinte millones de expedientes de la OPM en 2015. El senador demócrata Chris Coons calificó la intervención de rabieta ante la negativa de su propio partido a aprobar el proyecto de ley.
CBS News — El matiz técnico decisivo, y el mejor servicio periodístico de la noche: los materiales no incluían acusación alguna de que se cambiaran votos o se piratearan máquinas. Recuerda que los datos de votantes son con frecuencia públicos o adquiribles comercialmente —Carolina del Norte los publica en línea— y que el acceso a esa información no permite por sí solo cometer fraude. Cita a expertos que subrayan que poseer una copia del fichero no da acceso al sistema oficial.
Forbes — Enfoque de encuadre político: Trump difunde material clasificado en un discurso de máxima audiencia mientras continúa desacreditando el sistema electoral estadounidense sin evidencia de fraude generalizado. Señala que varias cadenas optaron por no emitirlo y que algunos demócratas habían pedido el boicot televisivo ante el temor de que difundiera afirmaciones engañosas a pocos meses de las legislativas.
Newsweek — El inventario más ordenado del contenido desclasificado: expedientes de investigación del FBI sobre seguridad electoral, inteligencia sobre supuestos esfuerzos chinos para fabricar papeletas ilegales en favor de Biden en 2020, el caso de registro de votantes de Muskegon (Michigan), y evaluaciones de ciberseguridad de la comunidad de inteligencia y la NSA sobre la capacidad de adversarios extranjeros de comprometer bases de datos censales y libros de registro electrónicos.
Al Jazeera — La perspectiva no occidental y, hay que reconocerlo, una de las más finas. Subraya que la naturaleza descentralizada de la administración electoral estadounidense ha sido durante mucho tiempo la mejor barrera contra la manipulación a gran escala, y que la propia comunidad de inteligencia considera esa manipulación masiva prácticamente imposible. Aporta el dato más revelador: los propios documentos indican que Pekín se nutría, al menos en parte, de datos de acceso público, y una evaluación fuertemente censurada reconoce que la información de registro de votantes está disponible para descarga pública.
PolitiFact — Verificación en directo durante la intervención. Recordatorio útil de que la organización lleva años verificando afirmaciones no probadas o falsas del presidente sobre seguridad electoral y sobre su derrota de 2020.
RedState y PJ Media — El flanco favorable, y conviene leerlo para entender la operación. Presentan la desclasificación como revelación de un encubrimiento del Estado profundo y recogen la afirmación de que las agencias suprimieron activamente la información sobre la injerencia china, retirándola incluso del informe diario presidencial. PJ Media añade el enlace con Venezuela: Trump afirmó que la CIA obtuvo información sobre un complot para favorecer al régimen de Maduro. Nótese el salto argumental, que es el nervio de toda la pieza: de la constatación de vulnerabilidades a la afirmación de que hubo manipulación efectiva de recuentos electrónicos. Ese salto no lo sostiene ningún documento.
Telemundo, Proceso, El Imparcial y CNN en Español — La cobertura iberoamericana es homogénea y correcta: reproduce la cita literal, subraya que no se presentaron pruebas de manipulación de papeletas ni de alteración de resultados, y recoge la negativa china. Proceso aporta el contexto de calendario —cuatro meses para las legislativas del 3 de noviembre— y la comparación que hizo el propio Trump entre el sistema electoral estadounidense y el del tercer mundo.
Embajada de la República Popular China en Washington — Declaración a CNN por boca de su portavoz: adhesión permanente al principio de no injerencia en los asuntos internos de otros países, la elección estadounidense es un asunto interno de Estados Unidos, su resultado lo determinan los votos del pueblo americano, China nunca ha interferido ni interferirá. Es la fórmula estándar, empleada ya frente a acusaciones previas de Australia, Canadá, el Reino Unido y Estados Unidos. Su valor probatorio es nulo; su valor diplomático, considerable.
Sobre los filósofos, la IA y la encíclica
The Economist — La pieza que abrió el fenómeno, firmada por Benjamin Sutherland: por qué los grandes laboratorios de IA están contratando a tantos filósofos. Su conclusión, con el humor característico de la casa: que los programadores en paro tomen nota, porque no parece faltar trabajo para los filósofos de la IA. Los problemas del campo son espinosos, y el problema espinoso es el género favorito del filósofo.
NPR — Entrevista a Sutherland el 7 de julio. Formula el vuelco con crudeza: durante años la sabiduría convencional decía que había que aprender a programar y evitar las humanidades; eso está cambiando porque la IA ha puesto en peligro la programación.
The New York Times — El dato económico duro: Anthropic y Google DeepMind pagan a filósofos profesionales entre 250.000 y 400.000 dólares anuales para traducir los sistemas morales tradicionales en reglas constitucionales. Es la primera vez en la historia moderna que la filosofía moral tiene un precio de mercado.
The Washington Times (16 de julio) — El contrapunto imprescindible y la noticia más fresca del bloque: los expertos rebajan las expectativas. Solo entre siete mil y ocho mil estadounidenses obtienen anualmente un grado en filosofía, y el salario mediano del sector es de 65.000 dólares. Un profesor de filosofía consultado sostiene que los filósofos actúan como guardianes éticos que determinan qué informaciones, valores y razonamientos deben conformar los sistemas, siempre que dominen las grandes tradiciones morales: la ética de la virtud aristotélica, la deontología kantiana, el consecuencialismo, la ética cristiana, la budista y la confuciana. Exactamente el pluralismo que reclamamos en este informe.
The Week — La objeción más incómoda y la mejor formulada: crece la sospecha de que la investigación filosófica se convierta en una extensión de la función de marketing de los laboratorios. Aunque se conceda plena libertad al filósofo, este responde en última instancia ante inversores y accionistas. Y aporta el dato técnico que corona nuestra tesis: la ignorancia socrática es un principio operativo en el desarrollo de estos modelos, empleado para evitar la adulación.
Daily Nous — El censo académico, actualizado el 6 de julio: Amanda Askell, Joe Carlsmith, Ben Levinstein, Jackson Kernion y ahora Harvey Lederman en Anthropic; Iason Gabriel y Henry Shevlin en Google DeepMind; Patrick Butlin en Eleos AI; Robert Long dirigiendo esa misma organización; Beba Cibralic en RAND. El mapa completo de quién está escribiendo la moral de las máquinas.
Financial Times — Sitúa el fenómeno en su verdadera dimensión: los laboratorios punteros reclutan pensadores de humanidades y ciencias sociales para estudiar la conciencia de las máquinas y el bienestar de los sistemas de IA. Es decir, ya no se trata solo de que la máquina se porte bien, sino de qué es la máquina. Metafísica en la nómina.
Reserva Federal de Nueva York — La fuente primaria del dato laboral, en su serie sobre el mercado de trabajo de los recién titulados. Ingeniería informática en torno al 7,5% de paro; ciencias de la computación en torno al 6,1%; conjunto de recién titulados, 5,7%. Es la cifra que ha viralizado el debate, y hay que citarla con su cohorte: veintidós a veintisiete años, titulación reciente.
Vatican News y L’Osservatore Romano — La síntesis oficial de Magnifica Humanitas, firmada por Isabella Piro. Cinco capítulos. Premisa: la técnica no es antagonista de la humanidad ni intrínsecamente mala, pero nunca es neutral. Los pasajes centrales para nuestro análisis: el 107 —no basta una IA más moral si esa moral la determinan unos pocos—, el 110 —desarmar la IA es desacreditar que el poder técnico confiera el derecho a gobernar—, el 150 —los nuevos modos de trabajar no son necesariamente mejores— y, sobre todo, el 199 sobre las armas autónomas.
USCCB / Catholic News Service — Cobertura de la presentación del 25 de mayo en el Aula del Sínodo. Destaca la intervención de Chris Olah, cofundador de Anthropic, admitiendo que los informáticos por sí solos no pueden fijar los límites éticos de la IA porque están sometidos a incentivos de ambición, competencia y presión financiera, y que hacen falta críticos informados que digan a los laboratorios cuándo se equivocan.
Time y The Washington Post — Encuadran la encíclica como el texto teológico más importante del pontificado y como una defensa de la dignidad humana en la era de la IA, con petición expresa de mayor regulación y de barreras que impidan que la tecnología agrave la desigualdad y la pobreza.
National Catholic Reporter — El apunte de política más agudo: León XIV eligió presentar su encíclica junto al cofundador de una compañía de IA que acababa de entrar en conflicto público con la Administración Trump por el uso de sus modelos en contextos militares y de vigilancia. La elección del acompañante es, en sí misma, una toma de posición.
IV. SEMÁFORO DE RIESGOS
🔴 Deslegitimación anticipada de las elecciones estadounidenses de noviembre — Riesgo máximo y en ascenso. El material desclasificado anoche constituye el andamiaje probatorio de una eventual impugnación del 3 de noviembre. La denuncia, formulada sin pruebas de alteración del escrutinio, corre el riesgo de consumar el objetivo de la propia operación de influencia que denuncia. Es la paradoja del centinela y no tiene solución técnica: solo tiene solución en la responsabilidad de quien habla.
🔴Sistemas letales autónomos sin arquitectura moral plural — Riesgo máximo, silencioso y sin ningún foro internacional operativo que lo aborde. El consecuencialismo puro es el lenguaje nativo de todo sistema de puntería automatizado. Ningún laboratorio de defensa tiene filósofo residente. El párrafo 199 de la encíclica es hoy la única formulación normativa clara sobre la materia, y una encíclica no obliga a ningún Estado.
🟠 Guerra política china contra las democracias occidentales — Riesgo alto y estructural, con doctrina publicada y expediente judicial acreditado (OPM, Anthem, Equifax, Marriott). La amenaza es real. El peligro añadido, y por eso no lo ponemos en rojo hoy, es que su instrumentalización partidista la vuelva increíble y desarme a quien debe defenderse.
🟠 Monopolio moral de dos o tres laboratorios sobre una sola tradición filosófica — Riesgo alto y creciente. Un puñado de compañías de un solo país, con filósofos mayoritariamente de la tradición analítica anglosajona, está escribiendo las reglas morales de los sistemas que usará la humanidad entera. Sin Agustín, sin Tomás, sin Salamanca, sin Averroes, sin Confucio. El párrafo 107 de Magnifica Humanitas es la advertencia exacta.
🟠 Vulnerabilidad de los censos y registros europeos — Riesgo alto e ignorado. Nuestros censos electorales, registros sanitarios y bases de datos administrativas son al menos tan vulnerables como los estadounidenses, y están peor protegidos, con el agravante de que aquí ni siquiera existe el debate público. Europa sigue confundiendo la delegación con la sofisticación.
🟡 Captura de la ética por el marketing en los laboratorios de IA — Riesgo medio y difícil de medir, pero real. La objeción es sencilla y no tiene respuesta fácil: quien firma la nómina del filósofo responde ante accionistas. La solución no es prescindir de los filósofos internos, sino financiar con dinero público a los externos. Nadie lo está haciendo.
🟡 Destrucción del empleo júnior cualificado y quiebra del contrato generacional — Riesgo medio a corto plazo, alto a medio plazo. El paro de los recién titulados en ingeniería informática (7,5%) coexiste con una proyección de crecimiento del 15% del empleo del sector hasta 2034. La puerta de entrada se ha cerrado mientras el edificio sigue creciendo. Le hemos dicho a una generación entera que estudiara lo que la máquina ya hace mejor. El párrafo 150 de la encíclica lo dice mejor que cualquier ministerio europeo.
🟢 Retorno de las humanidades como infraestructura crítica — Única señal claramente positiva del informe, y hay que celebrarla sin reservas. El mercado ha descubierto que el cuello de botella de la inteligencia artificial no es técnico sino moral, y el dinero no miente. Que la mayéutica socrática se emplee hoy como técnica de ingeniería para combatir la adulación de los modelos es una de las mejores noticias culturales de la década.
V. COMENTARIO EDITORIAL
Las dos noticias de hoy son la misma noticia contada dos veces.
En Washington, un presidente denuncia que una potencia autoritaria ha comprado, robado o pirateado los datos de doscientos veinte millones de sus conciudadanos para saber quiénes son, cómo votan y por dónde se los puede empujar. La denuncia tiene fundamento en su sustancia y carece de fundamento en su conclusión, y esa distinción no es un matiz: es todo. Porque la guerra política existe, la doctrina china está publicada y el expediente judicial es abrumador; pero de la vulnerabilidad no se sigue la manipulación, y quien da ese salto sin pruebas no está defendiendo su democracia, la está gastando. Nosotros somos vigilantes con Pekín hasta la médula. Precisamente por eso exigimos que la acusación se sostenga, porque una acusación que no se sostiene es el mejor regalo que se le puede hacer al acusado.
Y lo decimos con la incomodidad de quien reconoce a esta Administración éxitos diplomáticos reales en menos de un año —Camboya y Tailandia, Gaza, Azerbaiyán y Armenia— y aplaude su combate sin cuartel contra el wokismo y contra los excesos de una izquierda estadounidense secuestrada por la Escuadra y por los mal llamados socialistas democráticos. Cuando esta política exterior se ejerce con prudencia y con el consejo del secretario Rubio, funciona. Cuando se ejerce por intuición, por transacción y por exabrupto, se rompe. Anoche mandó el exabrupto. Y el precio de un exabrupto pronunciado desde el East Room no lo paga quien lo pronuncia: lo paga la credibilidad de todo Occidente cuando reclame elecciones limpias en Caracas, en Managua, en La Habana o en Minsk. Los hermanos Rodríguez tomaron nota anoche. Ténganlo por seguro.
En California, entretanto, se libra la otra mitad de la misma guerra, y esta se libra en silencio. Se está decidiendo, en un puñado de despachos, qué moral gobernará las máquinas que dentro de muy poco elegirán objetivos militares, concederán créditos, clasificarán pacientes y decidirán a quién rescatar primero. Que los laboratorios hayan descubierto que necesitan filósofos es magnífico. Que los contraten de dos escuelas, de un solo país y de una sola tradición sería una catástrofe civilizatoria cometida con la mejor de las intenciones, que es como se cometen casi todas.
El consecuencialismo puro en un arma autónoma no es una hipótesis académica: es la aritmética que deja ahogarse a una niña con un once por ciento de probabilidades porque el adulto tenía cuarenta y cinco. Un ser humano lo habría sabido. Y el hecho de que esa escena venga del cine y no del libro de Asimov no la debilita: la refuerza, porque significa que hizo falta que un guionista de Hollywood formulara en 2004 el problema que la industria ha tardado veintidós años en admitir. Kant lo había resuelto en 1785: la humanidad, en la propia persona y en la de cualquier otro, siempre como fin y nunca solamente como medio. Y San Agustín aportó lo que ninguna función de optimización sabrá representar jamás: que existe un orden objetivo de los bienes que no se calcula, se reconoce.
Que sea el Papa quien haya escrito el mejor documento de este siglo sobre armas autónomas, y que lo haya presentado acompañado del cofundador de un laboratorio de inteligencia artificial, mientras los parlamentos europeos discuten reglamentos, es a la vez esperanzador y humillante. Esperanzador porque alguien piensa. Humillante porque no somos nosotros. Europa, cuna de Vitoria y de Suárez, que inventaron el derecho internacional cuando el mundo no sabía siquiera que necesitaba uno, no ha logrado sentar a un solo europeo en la mesa donde se escribe la moral de las máquinas. Otra capitulación en silencio, que son las que de verdad cuentan.
Rompamos por último una lanza, y no por ser clientes de la casa. De cuantos laboratorios compiten hoy en esta carrera, Anthropic es con diferencia el que más en serio se ha tomado la ética, la filosofía y los principios morales aplicados a sus modelos: filósofa residente, un equipo entero de filósofos en nómina, una constitución escrita para sus sistemas, y un cofundador diciendo en el Aula del Sínodo que los informáticos no pueden decidir esto solos y que hacen falta críticos que les digan cuándo se equivocan. Reconocerlo no es adulación: es constatación. Y dicho eso, añadimos lo que la honradez obliga a añadir, que es justamente lo que ese cofundador pedía: nadie debe ser juez en su propia causa, ninguna compañía con ánimo de lucro puede ser el árbitro último de la moral de sus productos, y la única garantía real es que existan críticos externos, independientes y bien financiados. Hoy no existen. Y mientras no existan, la ética de la inteligencia artificial seguirá dependiendo de la buena voluntad de quien la vende. Que la haya es una fortuna. Que dependamos de ella es una temeridad.
Doscientos veinte millones de expedientes en Pekín y cuatro filósofos en Palo Alto. Ese es el mundo de hoy. En el primer caso nos han robado el pasado: quiénes somos, qué votamos, qué tememos. En el segundo estamos regalando el futuro: qué será bueno, qué será justo, a quién se salva primero. De las dos pérdidas, la segunda es infinitamente más grave, porque los datos robados se pueden cambiar y la moral escrita en una máquina, una vez desplegada a escala planetaria, ya no la corrige nadie.
Como escribió León XIV en el pasaje que debería presidir cada despacho de cada ministerio de Defensa de esta Europa distraída: no hay algoritmo capaz de hacer moralmente aceptable la guerra. Añadamos nosotros, con el permiso del Santo Padre, que tampoco hay algoritmo capaz de hacer moralmente aceptable la mentira. Ni siquiera cuando la pronuncia un presidente. Ni siquiera cuando la pronuncia el nuestro.
