I. INTRODUCCIÓN
El 10 de septiembre de 2026 amanece con una certeza incómoda: la guerra del Golfo, esa que Washington se empeña en no llamar guerra, ha dejado de ser un conflicto naval acotado al estrecho de Ormuz para convertirse en un incendio regional de geometría variable. En las últimas veinticuatro horas la Guardia Revolucionaria ha lanzado veinte misiles balísticos contra una base aérea situada en el territorio de un tercer país —el Reino Hachemí de Jordania, aliado de Occidente y pieza maestra de la estabilidad levantina—, ha ordenado evacuar las tripulaciones de los petroleros fondeados frente a los puertos de Kuwait y Bahréin, y el barril de Brent ha roto la barrera psicológica de los cien dólares. Cualquiera de esos tres hechos habría bastado, en tiempos menos convulsos, para abrir los informativos del mundo entero. Juntos dibujan el perfil de una crisis que ya no admite la coartada de la contención.
Lejos del Golfo, en el Ártico siberiano, Ucrania ha ejecutado el ataque más profundo de toda la guerra contra dos plantas de condensado de gas en el distrito autónomo de Yamalia-Nenetsia, a más de tres mil kilómetros de su frontera. Es un mensaje dirigido menos a la logística rusa que a la psicología del Kremlin: no queda santuario. En Dallas, el presidente Trump inauguraba la primera convención de mitad de mandato de la historia del Partido Republicano prometiendo un cheque de cinco mil dólares a cada ciudadano adulto si su partido conserva las dos cámaras. En Madrid, el Gobierno desclasificaba y publicaba cerca de cuarenta documentos reservados sobre el asalto masivo a la frontera de Ceuta del 30 y 31 de julio, abriendo en canal la costura que separa a los servicios de inteligencia del poder político. Entretanto, en Fort Worth, Texas, el primer F-35A alemán completaba su vuelo inaugural justo en el mes en que se extingue definitivamente la financiación del programa franco-alemán de caza de sexta generación.
Cinco escenarios, un solo hilo conductor: la creciente incapacidad de los sistemas políticos occidentales para sostener decisiones estratégicas más allá del ciclo electoral inmediato. Los adversarios de Occidente —Teherán, Moscú, Pekín— no son más inteligentes ni más fuertes; son, sencillamente, más pacientes. Ese es el diagnóstico que atraviesa el informe de hoy.
II. LAS NOTICIAS MÁS IMPORTANTES DE LAS ÚLTIMAS 24 HORAS
Noticia 1. Teherán lleva la guerra a un tercer país: veinte misiles balísticos sobre Jordania, amenaza sobre las aguas de Kuwait y Bahréin y el Brent por encima de los cien dólares
Hechos
Conviene fijar primero el perímetro de lo verdaderamente nuevo. La destrucción de los cinco petroleros iraníes —el Kaviz, el Charminar, el Horizon 1 y el Riesco en el golfo de Omán, y el Derya junto a la isla de Jarg— fue anunciada por el Mando Central estadounidense (CENTCOM) en la noche del 8 de septiembre y quedó recogida en el informe de ayer. Desde entonces no se ha producido ningún nuevo ataque norteamericano contra tonelaje iraní: los cinco buques son los mismos, no cinco más. Lo que sí ha cambiado en las últimas veinticuatro horas es la naturaleza de la represalia iraní y el comportamiento del mercado.
La respuesta de Teherán llegó durante la madrugada del 9 de septiembre y tuvo un destinatario deliberadamente ajeno al teatro naval: veinte misiles balísticos contra la base aérea de Al Azraq, en Jordania, donde se encuentran desplegadas fuerzas norteamericanas. Las Fuerzas Armadas jordanas afirman haber interceptado dieciocho de los veinte proyectiles; los dos restantes cayeron en zonas despobladas, sin causar víctimas. La Guardia Revolucionaria proclamó haber destruido hangares de aviones de combate estadounidenses, versión frontalmente incompatible con el relato de Ammán. El jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas iraníes, Alí Abdolahí, había advertido previamente de que Teherán golpearía instalaciones militares norteamericanas en toda la región si se atacaban petroleros iraníes: cumplió la amenaza, pero la ejecutó sobre suelo jordano.
Teherán acompañó el ataque de una campaña de reivindicaciones que la evidencia no sostiene. La Guardia Revolucionaria aseguró haber alcanzado con misiles balísticos a los destructores DDG-119 y DDG-53, causándoles daños significativos, y afirmó después haber atacado dos buques norteamericanos y ocho petroleros más en la región. El Mando Central desmintió la versión de forma tajante: ningún buque de guerra norteamericano ha sido alcanzado y todos los intentos de ataque de la Guardia Revolucionaria fracasaron. Teherán ordenó además la evacuación inmediata de las tripulaciones de los petroleros fondeados en las proximidades de los puertos de Kuwait y Bahréin, advirtiendo de que podrían ser objeto de represalia. Es una notificación que, aunque no vaya seguida de ataque alguno, basta por sí sola para paralizar el tráfico y encarecer el seguro: el chantaje sin disparar un solo tiro.
El mercado reaccionó con la brutalidad esperable. El Brent cerró el 8 de septiembre en 97,89 dólares y superó los cien dólares en la sesión del miércoles 9, con máximos por encima de los 101,5 dólares —el primer registro de tres cifras desde julio, cuando saltó por los aires el memorando de Islamabad—, mientras el West Texas Intermediate se acercaba a los 95 dólares. Daan Struyven, codirector de investigación de materias primas de Goldman Sachs, advirtió en declaraciones a la CNBC de que la probabilidad de un escenario alcista con el Brent por encima de los ciento veinte dólares está aumentando de manera clara. El secretario de Estado, Marco Rubio, de visita en Colombia, defendió los ataques y descartó cualquier repliegue. El Ministerio de Asuntos Exteriores iraní calificó las acciones estadounidenses de crimen de guerra y de violación de la Carta de las Naciones Unidas.
Implicaciones
Lo verdaderamente grave de las últimas veinticuatro horas no es el recuento de petroleros hundidos, que ya comentamos ayer, sino la elección del blanco iraní. Al bombardear Al Azraq, Teherán ha atacado el territorio soberano de un Estado árabe que no es parte del conflicto, un reino con el que mantiene relaciones diplomáticas y cuya estabilidad interna constituye uno de los pocos activos sólidos que le quedan a Occidente en el Levante. Es la lógica de siempre del régimen de los ayatolás: exportar el coste de sus decisiones a los vecinos, convertir a terceros en rehenes y comprobar hasta dónde llega la tolerancia ajena. Quien crea que se trata de un exceso táctico no ha entendido nada; se trata de una doctrina.
La segunda implicación es económica y, por tanto, política. Un Brent por encima de los cien dólares con las elecciones de mitad de mandato norteamericanas a cincuenta y cinco días es una bomba de relojería en el bolsillo de los votantes. La inflación energética no distingue entre demócratas y republicanos, y su efecto sobre la percepción del conflicto será demoledor. Europa, que importa lo que consume y no produce lo que necesita, pagará una factura desproporcionada sin haber tenido voz alguna en las decisiones que la han generado. Nadie en Bruselas parece haber previsto que la guerra que no quisimos ver acabaría entrando en nuestras casas por el recibo de la luz.
La tercera implicación remite a la estructura de poder en Teherán y merece detenerse en ella. Desde el 1 de marzo de 2026, la Guardia Revolucionaria está mandada por el general Ahmad Vahidi, que sustituyó a Mohammad Pakpur después de que este muriera en los ataques iniciales del 28 de febrero. Vahidi no es un militar cualquiera: fue el comandante fundador de la Fuerza Quds, antecesor de Qasem Soleimani, ministro de Defensa entre 2009 y 2013, ministro del Interior entre 2021 y 2024, y sobre él pesa una notificación roja de Interpol por el atentado de la AMIA de Buenos Aires en 1994, que se cobró ochenta y cinco vidas y trescientos treinta heridos. Desde el 9 de agosto de 2026, la secretaría del Consejo Supremo de Seguridad Nacional está en manos de Mohsen Rezaí, comandante de los Guardianes entre 1981 y 1997 y también reclamado por la justicia argentina por la misma causa. Dos hombres sobre los que pesan órdenes internacionales de detención por terrorismo controlan hoy la maquinaria de guerra y la arquitectura de seguridad de la República Islámica.
La conclusión se impone por sí sola: ni Vahidi ni Rezaí tienen incentivo alguno para terminar la guerra. Las hostilidades son el instrumento que legitima su primacía sobre un presidente, Masud Pezeshkián, partidario de una salida negociada y cada vez más irrelevante en el proceso de toma de decisiones. La oligarquía yihadista que gobierna Irán no libra esta guerra contra los Estados Unidos: la libra contra la posibilidad misma de que Irán deje de ser lo que ellos necesitan que sea.
Perspectivas y escenarios
Escenario A, el más probable a corto plazo (cincuenta por ciento): continuación de la espiral de represalias cruzadas con techo tácito, esto es, ataques iraníes contra bases y buques que se calibran para no producir bajas norteamericanas masivas, y respuestas estadounidenses contra activos económicos —petroleros, terminales, infraestructura de la Guardia Revolucionaria— antes que contra objetivos que impliquen víctimas civiles. Es la guerra de temperatura variable, con el Brent oscilando entre los noventa y cinco y los ciento diez dólares.
Escenario B (treinta por ciento): un error de cálculo —un misil que impacte donde no debía, un buque de guerra alcanzado con bajas, un ataque sobre una instalación saudí o emiratí con víctimas masivas— que obligue a Washington a una respuesta cualitativamente distinta contra el territorio iraní. Sería el paso de la guerra naval a la campaña estratégica.
Escenario C (veinte por ciento): apertura de un canal negociador serio por mediación omaní o catarí, aprovechando el desgaste económico iraní y el nerviosismo electoral norteamericano. Es el escenario deseable y el menos probable, precisamente porque quienes mandan hoy en Teherán perderían con la paz mucho más de lo que están perdiendo con la guerra.
Noticia 2. Ucrania alcanza el corazón ártico del gas ruso: el ataque más profundo de toda la guerra
Hechos
El 9 de septiembre, unidades de las Fuerzas de Operaciones Especiales ucranianas atacaron con drones de largo alcance las plantas de tratamiento de condensado de gas de Nóvyi Urengói y Purovsk, en el distrito autónomo de Yamalia-Nenetsia, en la Siberia noroccidental. La distancia hasta la frontera ucraniana ronda los tres mil doscientos kilómetros, muy por encima del récord anterior, que era el ataque contra la refinería de Omsk en julio de 2026, a unos dos mil quinientos. El gobernador de la región, Dmitri Artiujov, confirmó el ataque y el incendio en una instalación industrial de Nóvyi Urengói.
Los objetivos no son marginales. La planta de Nóvyi Urengói tiene una capacidad de diseño de 19,5 millones de toneladas anuales de materia prima; la de Purovsk procesó 13,4 millones de toneladas de condensado en 2025. Ambas pertenecen al perímetro de Gazprom y se sitúan en la región que produce en torno al ochenta por ciento del gas natural ruso. Hasta ayer, Yamalia era considerada retaguardia absolutamente segura. La empresa ucraniana Fire Point insinuó, sin confirmarlo, la participación de sus drones FP-1, cuyo alcance declarado ronda ya los tres mil cuatrocientos kilómetros con sesenta kilos de carga útil.
Rusia respondió con la brutalidad habitual sobre la población civil ucraniana. En la noche del 8 al 9 de septiembre lanzó ciento sesenta y seis drones, treinta y dos misiles de crucero y un número indeterminado de misiles balísticos y antibuque; la Fuerza Aérea ucraniana derribó ciento cuarenta y dos drones, treinta y un misiles de crucero y dos balísticos. Los bombardeos sobre Kiev del 8 y el 9 dejaron muertos y decenas de heridos, y en la madrugada del 10 los ataques rusos causaron al menos siete muertos, cuatro en Mikolaiv y tres en un centro comercial de Sumi. Todo ello apenas tres días después de que los enviados especiales Steve Witkoff y Jared Kushner concluyeran sin resultado su ronda entre Moscú y Kiev. El presidente Trump declaró el miércoles, a su llegada a la base de Andrews, que había hablado de nuevo con Vladímir Putin y que ambos bandos podrían estar dispuestos a negociar, atribuyendo el bloqueo a la animadversión personal entre Putin y Volodímir Zelenski.
Implicaciones
El ataque a Yamalia tiene un valor simbólico superior a su valor material. Ucrania ha demostrado que puede alcanzar cualquier punto del complejo energético ruso, incluidas las instalaciones árticas que Moscú consideraba intocables por pura geografía. La consecuencia inmediata no será una caída dramática de la producción rusa de gas, sino una redistribución forzosa de medios de defensa antiaérea sobre un territorio inabarcable, con el consiguiente debilitamiento de la cobertura en los frentes que verdaderamente importan.
Hay una segunda lectura, más incómoda para las cancillerías occidentales. La capacidad de proyección ucraniana crece precisamente cuando el apoyo político occidental se vuelve más errático. Kiev ha comprendido que su seguridad no la garantizará ninguna promesa exterior, sino su propia industria de drones de largo alcance. Ese aprendizaje debería hacer reflexionar a los europeos, que llevan cuatro años y medio prometiendo capacidades que no entregan y financiando una guerra cuya conducción no controlan.
La tercera implicación es diplomática. La reanudación de los bombardeos masivos sobre Kiev inmediatamente después de la visita de los enviados norteamericanos no es una casualidad: es un mensaje. Putin no negocia bajo presión porque no percibe presión. Mientras el Kremlin siga convencido de que puede tomar el Donbás entero antes de que acabe el año, ninguna mediación transaccional producirá resultado alguno. Los mediadores confunden la voluntad de conversar con la voluntad de acordar, que son cosas distintas.
Perspectivas y escenarios
A corto plazo cabe esperar una intensificación de la campaña ucraniana contra la infraestructura energética rusa, con objetivos cada vez más profundos, y una represalia rusa igualmente intensificada contra las ciudades ucranianas de cara al invierno. El Consejo de Europa ha lanzado, en paralelo a la iniciativa comunitaria, un mecanismo propio para emplear activos rusos inmovilizados en la compensación de los daños causados a Ucrania; los europarlamentarios presionan para movilizar los doscientos mil millones de euros bloqueados. Nada de esto se resolverá en semanas. La perspectiva realista es la de una guerra de desgaste prolongada en la que la superioridad tecnológica ucraniana en sistemas no tripulados compensa parcialmente la superioridad demográfica e industrial rusa, sin que ninguna de las dos partes alcance la victoria decisiva que ambas siguen prometiendo a sus opiniones públicas.
Noticia 3. Dallas: el «dividendo Trump» de cinco mil dólares y la angustia republicana ante las elecciones de mitad de mandato
Hechos
El presidente Donald Trump clausuró la noche del 9 de septiembre la primera jornada de la primera convención de mitad de mandato celebrada por un partido en la historia política norteamericana, en el American Airlines Center de Dallas. En un discurso de una hora y cuarenta y cinco minutos prometió abonar un dividendo de cinco mil dólares a cada ciudadano adulto de los Estados Unidos si el Partido Republicano conserva la Cámara de Representantes y el Senado en las elecciones del 3 de noviembre. Lo bautizó como el «dividendo Trump» y lo comparó con la distribución de efectivo que una empresa próspera reparte entre sus accionistas, precisando que el dinero debería gastarse en territorio norteamericano. No ofreció detalle alguno sobre el mecanismo, ni sobre la necesaria autorización del Congreso, ni sobre su encaje legal. Con unos doscientos setenta millones de adultos censados, la medida costaría alrededor de 1,35 billones de dólares. El vicepresidente J. D. Vance matizó después la propuesta sugiriendo que los contribuyentes de rentas altas quedarían excluidos y apuntando a los ingresos arancelarios como fuente de financiación: unos 154.500 millones de dólares en los diez primeros meses del ejercicio fiscal de 2026.
El contexto es tan revelador como el anuncio. La aprobación presidencial ronda el treinta y ocho por ciento. Varios candidatos republicanos en distritos disputados declinaron acudir a Dallas, aunque al menos dieciséis aspirantes en carreras competitivas figuraban en el programa, entre ellos el fiscal general de Texas, Ken Paxton, y el senador de Ohio Jon Husted. Pese a la insistencia presidencial en que el pabellón estaba lleno, las gradas superiores permanecieron en buena medida vacías. El presidente pidió a los suyos que actuaran como si él mismo figurase en las papeletas.
Implicaciones
Conviene decirlo con claridad y sin complacencia: prometer dinero público a cambio de un resultado electoral es una forma de compra del voto, aunque se vista con el lenguaje corporativo del dividendo. La legislación federal norteamericana prohíbe expresamente pagar o recibir pagos para influir en el voto, y ninguna cifra recaudada por aranceles se acerca remotamente a los 1,35 billones que costaría la medida. Estamos ante un exabrupto de campaña, no ante una política pública, y es exactamente el tipo de decisión errática, intuitiva y transaccional que separa al Trump que acierta —el de la mediación entre Camboya y Tailandia, el de Gaza, el del acuerdo entre Azerbaiyán y Armenia, el que escucha a Marco Rubio— del Trump que se dispara en el pie.
Hay algo más de fondo, y es lo que verdaderamente importa. Un presidente que necesita ofrecer cinco mil dólares por cabeza a cincuenta y cinco días de una elección es un presidente que sabe que va a perder. Los republicanos no pueden ganar unas elecciones de mitad de mandato en plena guerra, con el barril por encima de los cien dólares y la inflación energética asomando en cada factura. El relato de que el conflicto iniciado el 28 de febrero no es una guerra —sostenido por el propio vicepresidente Vance hace apenas una semana— no aguantará el escrutinio del votante que llena el depósito.
La consecuencia institucional es de la máxima gravedad y nadie parece estar calculándola en Europa. Basta con que los demócratas recuperen la Cámara de Representantes para que se abra la puerta a un procedimiento de destitución (impeachment) que amarre y paralice los dos últimos años del mandato presidencial. Una América ensimismada en una crisis constitucional mientras arde el Golfo y Rusia bombardea Kiev es el peor escenario imaginable para los intereses occidentales, y es un escenario cada día más nítido, meridiano e inminente.
Perspectivas y escenarios
El calendario es implacable: cincuenta y cinco días. La tendencia histórica favorece siempre al partido de la oposición en las elecciones intermedias, y los datos de aprobación presidencial apuntan en la misma dirección. La incógnita no es tanto si los demócratas recuperan la Cámara —lo más probable— como el margen y, sobre todo, la suerte del Senado, cuyo mapa de escaños en liza es considerablemente más favorable a los republicanos. En términos geopolíticos, lo relevante es que a partir del 4 de noviembre la política exterior norteamericana quedará condicionada por la aritmética parlamentaria y por la amenaza permanente de investigaciones. Los adversarios de Washington lo saben y actuarán en consecuencia: para Teherán, Moscú y Pekín, el reloj electoral estadounidense es un aliado que no cobra comisión.
Noticia 4. España desclasifica los papeles de Ceuta: el CNI, La Moncloa y la costura rota del Estado
Hechos
El Consejo de Ministros acordó el martes 8 de septiembre la desclasificación de información reservada del Centro Nacional de Inteligencia y del Centro de Inteligencia de las Fuerzas Armadas relativa a la entrada masiva de migrantes en Ceuta los días 30 y 31 de julio, cuando alrededor de setenta y dos mil personas accedieron irregularmente a la ciudad autónoma a nado o a pie. La portavoz del Gobierno, Elma Saiz, precisó que se trataba de tres notas del CNI, un informe del CIFAS y el contenido de conversaciones del Centro con la Delegación del Gobierno en Ceuta y con la Unidad Central Especial número 3 de la Guardia Civil. El miércoles 9, el Ejecutivo hizo públicos cerca de cuarenta documentos policiales y de inteligencia correspondientes al período comprendido entre el 1 de julio y el 1 de agosto.
El resultado ha sido el contrario del buscado. Fuentes del CNI citaron, tras la difusión, una nota de alerta temprana dirigida a los servicios de inteligencia marroquíes y los contactos mantenidos el 29 de julio con la Delegación del Gobierno en Ceuta y con la Guardia Civil. La Moncloa niega que el Centro alertase de una llegada masiva y el presidente Sánchez sostiene que los informes contenían avisos rutinarios que en ningún caso anticipaban la escala del suceso. El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, reiteró que no le constaba la existencia de informe alguno que permitiera prever el asalto. El delegado del Gobierno afirma que no sabía nada y descarta dimitir. El Partido Popular reclama elecciones anticipadas y sostiene que el 30 de julio había en la valla cinco guardias civiles y cuatro buceadores. Desde Esquerra Republicana, Gabriel Rufián resumió el episodio con una frase que hará fortuna: hay una parte del Estado que va contra el Gobierno. La Comisión Europea, entretanto, aprobó el miércoles una ayuda de emergencia de 114,7 millones de euros para reforzar la frontera de Ceuta, habilitar instalaciones de registro y control y acelerar las devoluciones.
Implicaciones
Un Estado serio no ventila en rueda de prensa el material de sus servicios de inteligencia para ganar una sesión de control parlamentario. La desclasificación de notas del CNI y del CIFAS por conveniencia política inmediata produce tres daños simultáneos, todos ellos duraderos. El primero, la quiebra de la confianza de los servicios aliados, que comparten información en la certeza de que no acabará en los quioscos; conviene recordar que una de esas notas iba dirigida a los servicios marroquíes. El segundo, la exposición de fuentes, métodos y tiempos de reacción ante un adversario que toma nota. El tercero, y quizá el más corrosivo, la conversión de la comunidad de inteligencia en parte litigante de una disputa doméstica.
El fondo del asunto sigue intacto y sigue sin respuesta. Setenta y dos mil personas no cruzan una frontera europea en cuarenta y ocho horas por casualidad meteorológica. Que el Gobierno de España discuta hoy sobre si los avisos eran rutinarios o extraordinarios, en lugar de explicar por qué la frontera sur de la Unión Europea estaba defendida por un puñado de agentes, revela hasta qué punto la política española ha sustituido la gestión por el relato. El hecho de que Bruselas tenga que enviar 114,7 millones de euros para tapar el agujero no es un éxito diplomático: es la factura de una negligencia.
Hay, por último, una dimensión estrictamente geopolítica que la controversia partidista está sepultando. Ceuta y Melilla no son un problema migratorio: son un problema de soberanía y de disuasión. Mientras España no disponga de una política de Estado sobre sus plazas norteafricanas —una política que trascienda legislaturas y siglas— seguirá siendo vulnerable a la instrumentalización de los flujos migratorios como herramienta de presión. Otros países han aprendido esa lección; nosotros seguimos discutiendo sobre quién leyó qué nota y cuándo.
Perspectivas y escenarios
La crisis institucional española tiene recorrido. La contradicción entre la versión del Ministerio de Defensa y la del Ministerio del Interior sobre los avisos previos permanece sin resolver, y la publicación de los documentos la ha agravado en lugar de cerrarla. El presidente del Gobierno ha deslizado además su intención de repetir como candidato en las generales de 2027 sin concretar la fecha de la convocatoria, lo que sitúa toda la legislatura restante bajo el signo del cálculo electoral. En el plano exterior, cabe esperar que Rabat capitalice la debilidad española y que Bruselas siga pagando por una frontera que no controla. En el plano interno, la comparecencia y los documentos han abierto un frente entre el poder político y la comunidad de inteligencia que ningún Gobierno debería desear y que ninguno cierra en pocos meses.
Noticia 5. El primer F-35 alemán vuela mientras se extingue la financiación del FCAS: crónica de una ruptura franco-alemana consumada
Hechos
El 8 de septiembre, el primer F-35A Lightning II destinado a la Luftwaffe —matrícula MG-01, numeral 35+01— completó su vuelo inaugural desde las instalaciones de Lockheed Martin en Fort Worth, Texas, con los distintivos alemanes ya pintados. La presentación oficial está fijada para el 18 de septiembre y la entrega formal se producirá la próxima semana. Alemania ha contratado treinta y cinco aparatos; los primeros permanecerán en la base de la Guardia Nacional Aérea de Ebbing, en Arkansas, para el adiestramiento de pilotos y personal de mantenimiento, y las operaciones se trasladarán después a la base de Büchel. El F-35A sustituirá a los veteranos Tornado y, con ellos, asumirá la responsabilidad alemana en la misión de participación nuclear de la OTAN, para la que el aparato está certificado desde octubre de 2023 con la bomba B61-12. La capacidad operativa inicial se prevé para 2029 y la plena para 2030.
El calendario tiene una ironía cruel. El 8 de junio de 2026, el canciller Friedrich Merz confirmó el fin del componente tripulado del programa Future Combat Air System, el caza de sexta generación que Emmanuel Macron y Angela Merkel lanzaron en 2017 y en el que participaban Francia, Alemania y España a través de Dassault, Airbus e Indra. Nueve años de mediación política, más de cien mil millones de euros presupuestados y ni un solo demostrador construido. El 28 de julio, Safran anunció el fin de la empresa conjunta EUMET, creada con la alemana MTU para propulsar el aparato. La financiación asociada al FCAS se extingue en este mes de septiembre de 2026. El presidente de Dassault, Éric Trappier, impulsa ahora un demostrador estrictamente francés para 2031 o 2032, mientras el Reino Unido, Italia y Japón avanzan en el Global Combat Air Programme.
Implicaciones
Que Alemania celebre el primer vuelo de un caza norteamericano en el mismo mes en que se apaga la financiación del caza europeo es la metáfora más exacta de dónde está hoy la autonomía estratégica europea: en los discursos. Conviene ser precisos en el diagnóstico, porque la tentación de culpar a los ingenieros es grande y es falsa. El FCAS no ha muerto por dificultades técnicas. Ha muerto por una disputa de reparto industrial entre Dassault y Airbus que nueve años de intervención política no fueron capaces de arbitrar, y ha muerto sobre todo por ausencia de dirección gubernamental. Cuando los Estados no saben decir qué avión quieren, las empresas deciden por ellos, y las empresas deciden siempre en función de su cuenta de resultados.
El coste no es solo el de un programa fallido. Es el de la credibilidad. Un continente que no consigue ponerse de acuerdo en el sucesor del Rafale y del Eurofighter difícilmente convencerá a nadie de que puede garantizar su propia defensa sin los Estados Unidos. El resultado material es todavía peor: Berlín refuerza su dependencia de la industria norteamericana precisamente en el segmento —la participación nuclear— donde esa dependencia es más sensible, mientras París se encierra en un programa nacional que difícilmente amortizará sin socios. Cada uno ha elegido el camino que menos conviene al conjunto.
España merece un párrafo aparte y no precisamente elogioso. Nuestro país era socio de pleno derecho del FCAS a través de Indra, con un tercio del desarrollo comprometido, y ha asistido al desguace del programa sin peso alguno en la decisión ni alternativa articulada. La misma pasividad que nos dejó fuera del directorio europeo que se está construyendo en Berlín nos deja ahora sin caza de sexta generación y sin plan B. No es mala suerte; es la consecuencia previsible de una política de defensa que se limita a cumplir formalmente con los porcentajes y a esperar que otros decidan.
Perspectivas y escenarios
Lo más probable es la consolidación de tres bloques aeronáuticos en Europa a medio plazo: un demostrador nacional francés en el horizonte de 2031-2032, una posible asociación alemana con Suecia o una ampliación de la compra norteamericana, y el GCAP británico-italiano-japonés como único programa multinacional europeo con calendario creíble. Para España, la ventana de decisión se está cerrando con rapidez: o se incorpora al GCAP en condiciones industriales dignas, o negocia con Francia una participación en su demostrador, o asume que su aviación de combate del segundo tercio de siglo será de diseño y fabricación ajenos. La peor opción, que es la que llevamos años practicando, consiste en no elegir. Como en tantas cosas, no decidir también es decidir, solo que peor.
III. RACK DE MEDIOS
Panorama de tratamiento comparado en la prensa internacional de referencia durante las últimas veinticuatro horas.
Agencias internacionales
Reuters ha marcado la agenda del día con el despacho fechado en Dallas por Nandita Bose, Steve Holland y Nathan Layne sobre la promesa presidencial del dividendo de cinco mil dólares, subrayando la incertidumbre sobre su legalidad y su coste, y con la cobertura de las operaciones energéticas saudíes suspendidas tras los ataques hutíes. La agencia ha sido igualmente la fuente de referencia sobre la arquitectura de poder iraní. Associated Press ha distribuido las imágenes satelitales de Planet Labs sobre la columna de humo en la refinería de Aramco al norte de Abha y las fotografías de Dallas. AFP ha alimentado la cobertura europea de la escalada energética.
Prensa anglosajona
The Washington Post situó en portada la oleada de misiles iraníes contra la base estadounidense en Jordania y la negativa de Teherán a capitular pese a la presión económica. El Financial Times adelantó el lunes que las instalaciones de Aramco en Yazán habían sido alcanzadas de nuevo. La CNBC ofreció el análisis financiero más útil del día, con la advertencia de Goldman Sachs sobre la probabilidad creciente de un Brent por encima de los ciento veinte dólares. La CBS y Fox News abrieron con el «dividendo Trump», la primera subrayando la condicionalidad electoral de la promesa y la segunda su carácter inédito. The Hill describió la convención de Dallas con la expresión que circuló entre los asistentes, «Trump-a-Palooza», y no ocultó las gradas semivacías. Time cubrió tanto el anuncio de Dallas —con la matización posterior del vicepresidente Vance— como los misiles iraníes sobre Jordania. The Washington Times destacó la ruptura de la barrera de los cien dólares del Brent tras los ataques norteamericanos y hutíes. Fox News fue de los primeros en dar el alcance del ataque ucraniano al Ártico ruso.
Prensa de Oriente Próximo
Al Jazeera ha sostenido la cobertura más continua del conflicto naval, con un análisis específico sobre la guerra de petroleros y la deriva del enfrentamiento, y con la reproducción del argumentario iraní: la calificación de los ataques como crimen de guerra por parte de la Cancillería y la declaración del portavoz de la Comisión de Seguridad Nacional del Parlamento, Hasán Gashgaví, sobre una guerra existencial contra los Estados Unidos. Conviene leer esas piezas sabiendo lo que se lee. El Jerusalem Post ha seguido con detalle los sucesivos ataques balísticos iraníes contra las bases norteamericanas en Jordania. El Instituto de Estudios de Seguridad Nacional israelí publicó el 9 de septiembre un análisis (INSS Insight nº 2197) sobre la licitación de 1.234 viviendas en la zona E1 de Cisjordania, sosteniendo que la convocatoria cruza un umbral que los sucesivos gobiernos israelíes habían evitado durante años.
Prensa ucraniana y rusa
Ukrainska Pravda y The Kyiv Independent dieron la primicia del ataque a las plantas de Nóvyi Urengói y Purovsk con todo el detalle técnico, incluida la capacidad de procesamiento de ambas instalaciones. El Kyiv Post recogió la evaluación del Institute for the Study of War correspondiente al 9 de septiembre y las cifras del bombardeo ruso de la noche anterior. Del lado ruso, la cobertura oficial minimizó el ataque atribuyendo el incendio a la caída de restos de drones interceptados, versión difícilmente compatible con la magnitud de las imágenes difundidas. The Kyiv Independent informó asimismo del mecanismo alternativo lanzado por el Consejo de Europa para emplear los activos rusos en la compensación de los daños de guerra, y de la disolución del Parlamento serbio por un presidente próximo a Moscú.
Think tanks y publicaciones especializadas
El International Crisis Group publicó el 4 de septiembre una declaración instando a los gobiernos europeos a asumir la responsabilidad de frenar el proyecto E1 ante el silencio de la Administración norteamericana. El German Council on Foreign Relations mantiene el análisis más solvente sobre el desmontaje del FCAS, situando el punto principal de fracaso en la ausencia de dirección gubernamental antes que en el número de socios. Los servicios de seguimiento del conflicto iraní siguen ofreciendo el recuento diario más fiable de la campaña naval, hoy en su jornada ciento noventa y cinco.
Ausencias significativas
Resulta llamativa la escasa penetración internacional de la crisis institucional española en torno a la desclasificación de los informes de Ceuta, que apenas ha trascendido los medios nacionales pese a afectar a la frontera exterior de la Unión Europea y a implicar a los servicios de inteligencia de un Estado miembro. Es un síntoma más de la irrelevancia informativa que acompaña a la irrelevancia estratégica.
IV. SEMÁFORO DE RIESGOS
🔴 Golfo Pérsico y estrecho de Ormuz. Riesgo máximo y creciente. Represalia balística iraní sobre territorio jordano, orden de evacuar los petroleros fondeados frente a Kuwait y Bahréin y desmentido tajante de CENTCOM a las reivindicaciones navales de Teherán. La probabilidad de un incidente con bajas norteamericanas masivas aumenta cada día.
🔴 Yemen, hutíes y Arabia Saudí. Riesgo máximo. La organización terrorista hutí ha atacado instalaciones energéticas en Abha, Jamis Mushayt, Yazán y Nayrán con setenta y tres heridos, forzando la suspensión de operaciones. La internacionalización del frente yemení está consumada.
🟠 Mercados energéticos e inflación global. Riesgo alto. Brent por encima de los cien dólares por primera vez desde julio, con escenario alcista de ciento veinte dólares ganando probabilidad según Goldman Sachs. Europa es la principal damnificada.
🟠 Rusia-Ucrania: escalada energética. Riesgo alto. Ataque ucraniano más profundo de la guerra sobre el complejo gasístico ártico ruso y represalia rusa masiva sobre población civil. La mediación Witkoff-Kushner ha fracasado sin producir un solo compromiso verificable.
🟠 España, Ceuta y frontera sur europea. Riesgo alto. Crisis institucional abierta entre el poder político y la comunidad de inteligencia, sin política de Estado sobre las plazas norteafricanas y con la Comisión Europea financiando la reparación de la negligencia.
🟡 Estados Unidos: ciclo preelectoral. Riesgo medio-alto. Aprobación presidencial en torno al treinta y ocho por ciento a cincuenta y cinco días de las elecciones. La eventual pérdida de la Cámara de Representantes abriría un escenario de parálisis institucional con efectos globales.
🟡 Cohesión europea en defensa. Riesgo medio-alto. Extinción de la financiación del FCAS este mes, primer vuelo del F-35 alemán y fragmentación en tres bloques aeronáuticos. España sin alternativa articulada.
🟡 Cisjordania: proyecto E1. Riesgo medio. La licitación de 1.234 viviendas cruza un umbral evitado durante décadas y compromete la contigüidad territorial palestina, con Washington limitándose a una oposición formal a la anexión.
🟡 Indo-Pacífico y mar de la China Meridional. Riesgo medio y latente. Patrullas permanentes de la guardia costera china al este de Taiwán y presión sostenida sobre Pratas. Pekín observa con atención la distracción norteamericana en el Golfo.
🟢 Venezuela y Caribe. Riesgo moderado y bajo vigilancia. La transición tutelada bajo Delcy Rodríguez avanza en el terreno energético sin que se haya despejado la incógnita democrática ni la cuestión de las responsabilidades penales del entramado chavista.
V. COMENTARIO EDITORIAL
Raymond Aron escribió que la política internacional es el terreno donde la prudencia se convierte en la primera de las virtudes. Si algo ha faltado en las últimas veinticuatro horas, en todos los escenarios y en casi todas las capitales, ha sido precisamente eso: prudencia. No la timidez, que es su falsificación, sino la capacidad de calcular consecuencias más allá del titular de mañana.
Empecemos por Teherán, porque es donde el diagnóstico es más claro. La República Islámica no está librando esta guerra para ganarla. La está librando para no tener que terminarla. El general Ahmad Vahidi al frente de la Guardia Revolucionaria y Mohsen Rezaí en la secretaría del Consejo Supremo de Seguridad Nacional constituyen la culminación de un proceso que veníamos anunciando desde hace meses: el desplazamiento definitivo del poder desde las instituciones formales de la República hacia el núcleo pretoriano, con un presidente electo reducido a la condición de notario. Que ambos figuren en órdenes internacionales de detención por el atentado de la AMIA no es un detalle biográfico: es la descripción exacta de la naturaleza del régimen. Un Estado gobernado por reclamados por terrorismo se comporta como lo que es. Bombardear una base en Jordania —un país que no está en guerra con nadie, cuya estabilidad sostiene el equilibrio del Levante y cuya población soporta ya una presión demográfica y económica extrema— es la prueba de que Teherán ha dejado de calcular. O, peor aún, de que calcula perfectamente y ha concluido que puede hacerlo impunemente.
Sigamos por Washington, donde el balance exige matices que nadie quiere hacer. La campaña contra la capacidad iraní de estrangular Ormuz era necesaria y su ejecución militar ha sido, en términos estrictamente técnicos, notable. Ese es el éxito táctico. Frente a él se levanta, incólume, la catástrofe geopolítica: seis meses y medio de guerra sin objetivo político definido, sin plan para el día después, sin arquitectura regional que sustituya a la que se ha demolido, y ahora con un presidente que promete cinco mil dólares por voto a cincuenta y cinco días de una elección que probablemente perderá. La política exterior norteamericana oscila entre el acierto —cuando escucha a Marco Rubio y a los profesionales que le rodean— y el exabrupto. Ayer, en Dallas, fue exabrupto. El problema del exabrupto es que los aliados no pueden planificar sobre él, mientras que los adversarios sí pueden apostar sobre él.
Terminemos por Europa, que es donde duele. En el mismo mes en que se apaga definitivamente la financiación del caza europeo de sexta generación, el primer F-35 alemán despega en Texas con la escarapela de la Luftwaffe. No hay imagen más elocuente de veinte años de retórica sobre la autonomía estratégica. Nueve años de programa, cien mil millones presupuestados, tres países socios, ni un demostrador. Mientras tanto, un continente que paga el petróleo a cien dólares por una guerra en la que no ha participado en una sola decisión, que financia con 114,7 millones de euros la reparación de una frontera que un Estado miembro dejó sin defender, y que discute sobre porcentajes del producto interior bruto como si la defensa fuese un ejercicio contable. Konrad Adenauer solía advertir que en política no basta con tener razón: hay que tener también la fuerza para imponerla. Europa lleva demasiado tiempo conformándose con la primera mitad de la frase.
Queda España, y aquí la crítica ha de ser explícita porque el silencio sería complicidad. Un Gobierno que desclasifica notas del CNI y del CIFAS para ganar una tarde parlamentaria no ha entendido para qué sirve un servicio de inteligencia. Los papeles de Ceuta no han aclarado nada sobre lo esencial —por qué setenta y dos mil personas cruzaron una frontera europea en cuarenta y ocho horas ante un dispositivo simbólico— y han abierto una brecha entre el Estado y su Gobierno que tardará años en cerrarse. Nuestro país es socio de una alianza atlántica a la que aporta menos de lo que recibe, era socio de un programa aeronáutico que se ha desintegrado sin que dijéramos una palabra, y es titular de dos ciudades en la orilla africana sobre las que no existe una política de Estado. Nada de esto se arregla con presupuesto: se arregla con criterio, y el criterio es lo único que no se puede comprar.
La lección de esta jornada, si es que hay una, es antigua y sencilla. Los regímenes autoritarios juegan a largo plazo porque no tienen que rendir cuentas; las democracias juegan a corto porque las urnas llegan siempre antes que los resultados. Esa asimetría no se corrige con más discursos, sino con instituciones capaces de sostener una estrategia por encima de los ciclos electorales. Mientras Occidente no resuelva ese problema —y hoy no está ni cerca de intentarlo— seguiremos leyendo informes como este, en los que la parte de los hechos se escribe sola y la de las soluciones sigue esperando a que alguien se atreva a formularlas.
Gustavo de Arístegui
Diplomático
Exembajador de España
Escritor
Analista geopolítico
