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23/09/26

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Informe de geopolítica. Perspectivas y escenarios – Gustavo de Arístegui (23/09/26)

 

I. INTRODUCCIÓN

La 81.ª sesión de la Asamblea General de la ONU (Organización de las Naciones Unidas; en inglés, United Nations, UN) ha convertido Nueva York, durante las últimas veinticuatro horas, en el escenario donde se cruzan casi todas las líneas de fractura que venimos siguiendo en estos informes. El presidente Donald Trump subió a la tribuna para plantear al régimen oligárquico-yihadista de Teherán una disyuntiva brutal, acuerdo o aniquilación, y pocas horas después confirmaba un encuentro de sus enviados con la parte iraní al margen de la Asamblea. Ese mismo martes firmaba con Dinamarca y Groenlandia el acuerdo de seguridad que aspira a cerrar la crisis ártica abierta en enero, cuando Washington se negó a descartar la fuerza para hacerse con la isla.

Mientras tanto, a ambos lados del Atlántico se han movido piezas de enorme calado. En Alemania, las elecciones regionales del domingo 20 de septiembre en Berlín y en Mecklemburgo-Pomerania Occidental han dibujado un país desgarrado por sus extremos: la heredera jurídica del partido que levantó el Muro es hoy la primera fuerza de la capital federal, la extrema derecha gana en el noreste y la democracia cristiana se queda, por primera vez en la historia de la República Federal, fuera de un parlamento regional. Aquel mismo domingo, en el diminuto archipiélago francés de San Pedro y Miquelón, el presidente Emmanuel Macron y el primer ministro canadiense Mark Carney escenificaban un acercamiento entre Canadá y la Unión Europea (UE) que es, a la vez, un mensaje inequívoco a la Casa Blanca.

El presente informe analiza estos cuatro asuntos con el esquema habitual de hechos, implicaciones y perspectivas, y dedica un comentario editorial ampliado al hilo que los une: la hemiplejía moral con la que buena parte de Europa contempla sus propios extremos y la tentación cartográfica con la que Washington ha llegado a mirar a sus aliados.

II. NOTICIAS DE LAS ÚLTIMAS 24 HORAS

1. Irán: Trump amenaza con «aniquilar» la República Islámica mientras la diplomacia se abre paso en la ONU

Hechos

En su discurso ante la Asamblea General del martes 22 de septiembre, Trump se preguntó en voz alta si debía cerrar con Irán un acuerdo que le permitiera reconstruirse y llegar a ser una gran nación o si, por el contrario, debía aniquilar a la República Islámica con rapidez para impedirle volver a matar y destruir. Acusó a Teherán de dilatar deliberadamente cualquier arreglo sobre la reapertura completa del estrecho de Ormuz hasta después de las «midterms» (elecciones de medio mandato) del 3 de noviembre, sostuvo que el mal comportamiento del régimen no nace de la fortaleza sino de la debilidad y la desesperación, y presumió de que la Armada estadounidense ha escoltado ya fuera de Ormuz más de mil millones de barriles de crudo. La mayor parte de la delegación iraní abandonó la sala durante la intervención.

Horas más tarde, el propio presidente reveló que sus enviados Steve Witkoff y Jared Kushner se habían reunido con la parte iraní y calificó el encuentro de «muy bueno». Varios medios lo presentan como el primer contacto directo confirmado desde el inicio de la guerra en febrero, aunque Trump habló de una reunión «con los mediadores», de modo que el formato exacto sigue sin estar claro. Ante los dirigentes del CCG (Consejo de Cooperación de los Estados Árabes del Golfo; en inglés, Gulf Cooperation Council, GCC) aseguró que hay «mucho impulso» para un acuerdo, pero repitió que el conflicto no terminará antes de las elecciones y que confía en cerrar un pacto inmediatamente después de ellas.

Del lado iraní, un alto funcionario aseguró a Reuters que Teherán podría reabrir Ormuz al tráfico del Golfo en el plazo de siete días si Estados Unidos levanta el bloqueo y alivia la presión militar, calificó la cita neoyorquina de «oportunidad de oro» y afirmó que la delegación del presidente Masud Pezeshkian dispone de plenos poderes para reanudar las conversaciones, aunque descartó una reunión entre presidentes. No consta ningún encuentro cara a cara desde julio, cuando el acuerdo provisional firmado por Trump y Pezeshkian se desplomó a las pocas semanas. El presidente del Parlamento, Mohammad Baqer Qalibaf, que encabezó la negociación anterior, insistió en que Irán jamás se rendirá. El secretario de Estado, Marco Rubio, se mostró abierto a un encuentro con Pezeshkian, pero recordó que este se halla subordinado al líder supremo, Mojtaba Jamenei. Conviene recordar que Mojtaba Jamenei no ha aparecido en público desde el ataque del 28 de febrero en el que murió su padre y en el que él mismo resultó herido; sus mensajes se difunden por escrito o a través de mensajeros, y su estado real y su capacidad efectiva de mando siguen siendo un misterio.

El telón de fondo energético sigue siendo muy grave. Arabia Saudí cerró la semana pasada un oleoducto clave que servía de válvula de escape para el crudo atrapado en el Golfo, después de que fuera atacado por organizaciones terroristas proiraníes de Irak, y la organización terrorista hutí, tras sus avances territoriales, se ha hecho con el control del estrecho de Bab el Mandeb, lo que vuelve peligrosísima para los petroleros la ruta del mar Rojo.

Implicaciones

La doble señal, amenaza apocalíptica por la mañana y reunión «muy buena» por la tarde, responde a una técnica conocida. H. R. Haldeman, jefe de gabinete de Richard Nixon, relató en «The Ends of Power» (1978) cómo el presidente quería que sus adversarios le creyeran capaz de cualquier cosa para arrancarles concesiones: la llamada «teoría del loco». Es una técnica, no una estrategia, y su eficacia se erosiona con el uso. Amenazar con aniquilar a un Estado desde la tribuna de la ONU daña además la autoridad moral de Washington, precisamente cuando necesita a los países del Golfo, anfitriones de grandes bases estadounidenses atacadas repetidamente por Irán, para sostener cualquier arreglo.

Más revelador que la amenaza es la confesión del calendario. Al reconocer que el acuerdo llegará «después de las elecciones», Trump admite que el ritmo de la guerra está subordinado al ritmo electoral estadounidense y, sin pretenderlo, valida la estrategia dilatoria de Teherán, que apuesta a que un mal resultado republicano el 3 de noviembre debilite la posición negociadora de la Casa Blanca. El nerviosismo republicano ante unas «midterms» celebradas en plena guerra, con la energía disparada, es ya perfectamente visible.

El problema de fondo va mucho más allá de lo que señaló Rubio. No se trata solo de que el presidente Pezeshkian esté subordinado al líder de la revolución, sino de que el líder de la revolución está desaparecido, y de que ese vacío lo han ocupado los verdaderos hombres fuertes del régimen: Mohsen Rezaei, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, y el general Ahmad Vahidi, al frente del CGRI (Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica; en persa, Sepah-e Pasdaran-e Enqelab-e Eslami). Ambos son individuos de trayectoria repugnante, y ambos están buscados por la Interpol, con notificación roja, por su presunta participación en el atentado terrorista contra la AMIA (Asociación Mutual Israelita Argentina) de Buenos Aires en 1994, que causó 85 muertos.

Rezaei y Vahidi están torpedeando de forma sistemática todos los intentos de los sectores menos brutales del régimen, encabezados por el propio Pezeshkian, de negociar y salir del atolladero de la guerra actual. La razón es evidente: una situación de tensión permanente, con enfrentamientos esporádicos de intensidad variable, les conviene muchísimo, porque justifica la militarización del poder, silencia a los partidarios de una salida negociada y consolida su control sobre el aparato del Estado. Los plenos poderes que Teherán atribuye a la delegación presidencial en Nueva York chocan con esa realidad, y el colapso del acuerdo provisional de julio, a las pocas semanas de su firma, es la mejor prueba de quién decide de verdad en Teherán.

Por último, el balance estratégico confirma nuestra tesis central sobre esta guerra: al éxito militar y táctico (la aviación y la marina iraníes destruidas, buena parte de la cúpula eliminada, una economía en ruinas por el bloqueo) se contrapone un fracaso geopolítico sin paliativos, con dos estrechos vitales comprometidos a la vez, Ormuz y Bab el Mandeb, un oleoducto saudí clausurado y los mercados energéticos en tensión permanente.

Perspectivas y escenarios

  • Escenario A (el más probable): negociación escalonada. Contactos a través de mediadores durante la Asamblea General y en las semanas siguientes, con gestos parciales en Ormuz a cambio de una relajación limitada del bloqueo, y formalización de un acuerdo más amplio después del 3 de noviembre. Irán ganaría tiempo, Trump presentaría el resultado como victoria y los precios del crudo cederían solo parcialmente mientras Bab el Mandeb siga en manos hutíes.
  • Escenario B: estancamiento en guerra de temperatura variable. Las conversaciones no cuajan, se suceden los intercambios de golpes en torno a Ormuz, las organizaciones terroristas proiraníes mantienen la presión sobre las infraestructuras saudíes y el Brent se mantiene en niveles muy elevados hasta después de las elecciones. Es, precisamente, el escenario que prefieren Rezaei y Vahidi.
  • Escenario C (menos probable, de altísimo impacto): escalada total. Tras un incidente grave, Washington ejecuta ataques masivos contra la infraestructura energética y civil iraní. El riesgo de implosión del régimen sin ninguna planificación para el día después, con fragmentación territorial, vacío de poder y oleadas de refugiados, sería entonces muy real.

2. Groenlandia: Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia firman el acuerdo que pretende cerrar la crisis del Ártico

Hechos

Trump, la primera ministra danesa Mette Frederiksen y el primer ministro groenlandés Jens-Frederik Nielsen firmaron el martes, al margen de la Asamblea General, el acuerdo de seguridad anunciado el viernes anterior. El texto, difundido por el Ministerio de Asuntos Exteriores danés, enmienda el acuerdo de defensa de 1951 entre Estados Unidos y Dinamarca, que sigue siendo la base jurídica de la presencia militar estadounidense en la isla y del que Groenlandia no fue signataria separada. Estados Unidos podrá modernizar y ampliar la base espacial de Pituffik, su instalación más septentrional, dedicada a la alerta temprana de misiles y a la vigilancia espacial, y establecer nuevas zonas de defensa en Narsarsuaq, el antiguo aeródromo de Bluie West One cerrado en los años cincuenta, y en Mestersvig, en la costa oriental, hoy utilizada por la patrulla Sirius de trineos de perros, unidad de fuerzas especiales danesa. Ambos emplazamientos distan entre sí unos 1.500 kilómetros.

El acuerdo concede a las fuerzas estadounidenses libertad de acceso y de movimiento entre las zonas de defensa, incluidas las aguas territoriales, por tierra, mar y aire, y permite a sus aeronaves sobrevolar y aterrizar en cualquier punto del territorio. Autoriza el despliegue del escudo antimisiles «Golden Dome» (Cúpula Dorada). Según la cadena CBS, no tiene fecha de expiración, seguirá vigente aunque Groenlandia alcance la independencia e impide a los países no miembros de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte; en inglés, North Atlantic Treaty Organization, NATO) establecer instalaciones militares sin el acuerdo de las partes. Incluye también un mecanismo de control de inversiones que, según el Departamento de Estado, garantiza de forma permanente que solo Estados Unidos y sus aliados puedan realizar inversiones sensibles en la isla. A cambio, reafirma la soberanía y la integridad territorial del Reino de Dinamarca y reconoce el derecho de autodeterminación de Groenlandia. Los detalles técnicos de las nuevas instalaciones quedan pendientes, y cualquier zona de defensa adicional exigirá consultas y acuerdo mutuo.

Trump anunció en su discurso que Washington empezará de inmediato a construir «dos bases militares muy importantes» y sostiene que Estados Unidos asume el «control permanente» de la seguridad de la isla. Frederiksen y Nielsen celebraron el pacto, y Macron lo saludó porque respeta la soberanía danesa y el derecho internacional. En el momento álgido de la Guerra Fría, Estados Unidos llegó a contar con 17 instalaciones y más de 10.000 efectivos en Groenlandia; hoy opera una sola base. A principios de septiembre, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, había anunciado una inversión europea de 200 millones de euros en la isla.

Implicaciones

Hay que subrayarlo con toda claridad: estamos ante un ejemplo de libro de la estrategia del exabrupto. Consiste en plantear exigencias que parecen absurdas, disparatadas y megalómanas, como la anexión de un territorio aliado, para descender después unos cuantos escalones y cerrar un acuerdo que, con toda probabilidad, arroja mejores resultados que los que se habrían obtenido con una negociación puramente diplomática desde el principio. Es muy probable que Estados Unidos haya arrancado a Dinamarca y al gobierno autónomo groenlandés condiciones y concesiones más amplias (vigencia indefinida, supervivencia del acuerdo a una eventual independencia, veto a las instalaciones de países ajenos a la OTAN y control de las inversiones sensibles) de las que habría conseguido partiendo de una petición razonable.

Es verdad que la tensión generó enormes dudas entre los aliados europeos de la OTAN, y que las formas de Trump son lamentables: sus excesos verbales dan al traste, con demasiada frecuencia, con la credibilidad de la política exterior estadounidense en un momento especialmente volátil. Pero volvemos a lo de siempre, a que en Europa no se sabe entender a Trump. Esto no es una defensa del personaje, sino una descripción de su método. Como sostiene con rotundidad el excongresista republicano por Utah Chris Stewart, coronel veterano de la Fuerza Aérea, en los debates de un foro de reflexión al que ambos pertenecemos, a Trump hay que tomárselo en serio, pero no al pie de la letra, y Europa hace exactamente lo contrario: se lo toma al pie de la letra y nunca se lo toma en serio. La fórmula, acuñada por la periodista Salena Zito en «The Atlantic» en septiembre de 2016, sigue siendo la mejor clave de lectura de esta presidencia, y el desconcierto europeo ante el expediente groenlandés es su consecuencia directa.

En todo caso, se trata de una excelente noticia para la seguridad occidental. No tenía ni pies ni cabeza que una minoría independentista, en una isla de menos de 60.000 habitantes, tuviera en vilo la seguridad no solo de Estados Unidos, sino también de Canadá y de Europa. Groenlandia es la pieza angular del paso GIUK (Greenland-Iceland-United Kingdom; Groenlandia-Islandia-Reino Unido), la puerta real entre el Ártico y el Atlántico Norte por la que deben pasar las nuevas rutas marítimas árticas, cuyo valor no es solo comercial, sino sobre todo militar: por ella salen al Atlántico los submarinos de la Flota del Norte rusa, cuya base, la península de Kola, se vigila desde Pituffik. Se trataba, por tanto, de una pieza extraordinariamente sensible, que los servicios de inteligencia chinos y rusos venían intentando desestabilizar para atraerla a su órbita. El filtro de inversiones apunta directamente a China, cuyo interés por las tierras raras groenlandesas, entre los mayores yacimientos conocidos fuera de su territorio, es notorio, y la cláusula que blinda el acuerdo frente a una eventual independencia neutraliza la estrategia de cortejar a los sectores independentistas.

La otra cara es la asimetría: Estados Unidos obtiene de hecho un derecho de veto sobre las inversiones extranjeras sensibles en un territorio europeo, y la contribución de la UE, 200 millones de euros frente a bases, escudo antimisiles y control de inversiones, ilustra una vez más la distancia entre la retórica europea de autonomía estratégica y su capacidad real.

Perspectivas y escenarios

Previsiblemente, el acuerdo deberá pasar por el Folketing danés y por el Inatsisartut groenlandés, donde las corrientes independentistas pueden leer como una provocación la cláusula que lo mantiene vigente tras la independencia; la ratificación es probable, pero no será un trámite. Habrá que vigilar la respuesta rusa, que se medirá en despliegues y maniobras de la Flota del Norte más que en declaraciones, y la reacción china. La gran incógnita es si el acuerdo sirve para calmar la agenda territorial de la Casa Blanca o si, por el contrario, la envalentona: el mapa que Trump publicó el 7 de septiembre, con Islandia y los territorios franceses de América bajo la bandera estadounidense, obliga a no dar nada por zanjado.

3. Alemania: la heredera del partido del Muro gana en Berlín, la extrema derecha en el noreste y el centro se desploma

Hechos

En Berlín, según el resultado provisional, Die Linke (La Izquierda) ha duplicado su apoyo y se convierte por primera vez en la primera fuerza de la ciudad con el 25,7 % de los votos (12,2 % en 2023). La CDU (Christlich Demokratische Union Deutschlands; Unión Demócrata Cristiana de Alemania) cae al 18,8 % desde el 28,2 %; la AfD (Alternative für Deutschland; Alternativa para Alemania) sube al 16,3 % desde el 9,1 %; Bündnis 90/Die Grünen (Alianza 90/Los Verdes) retrocede al 14,3 %, y el SPD (Sozialdemokratische Partei Deutschlands; Partido Socialdemócrata de Alemania), el partido que gobernó la ciudad durante décadas con alcaldes como Willy Brandt, se hunde hasta el 12,1 %. El BSW (Bündnis Sahra Wagenknecht; Alianza Sahra Wagenknecht) se queda fuera con el 4,7 %. La participación fue del 74,2 %. La candidata de Die Linke, Elif Eralp, y el democristiano Stefan Evers aspiran a presidir el gobierno regional, y ambos tendrían mayoría con Verdes y socialdemócratas.

El alcalde saliente, el democristiano Kai Wegner, renunció en julio a presentarse tras las críticas por su gestión de la crisis y por las informaciones falsas sobre su agenda en torno al atentado incendiario del 3 de enero contra la red eléctrica, que dejó sin luz ni calefacción, en pleno invierno, a unos 45.000 hogares y más de 2.200 empresas del suroeste de la ciudad: el apagón más largo en Berlín desde 1945. El atentado fue reivindicado en nombre de una «Vulkangruppe» de extrema izquierda, y la Fiscalía Federal asumió la investigación por presunta pertenencia a organización terrorista. Durante la noche electoral, el presidente del Consejo Central de los Judíos de Alemania, Josef Schuster, acusó a Die Linke de haber incurrido repetidamente en transgresiones antisemitas durante la campaña sin asumir consecuencias personales ni políticas. Hasta el diario de izquierdas taz reconoce que miembros de la federación de Neukölln buscan abiertamente la cercanía de la organización terrorista FPLP (Frente Popular para la Liberación de Palestina; en inglés, Popular Front for the Liberation of Palestine, PFLP).

En Mecklemburgo-Pomerania Occidental, la AfD gana con el 38,2 % (16,7 % en 2021), por delante del SPD de la ministra-presidenta Manuela Schwesig (35,5 %, cuatro puntos menos). Die Linke obtiene el 6,5 % y los Verdes el 5,7 %. La CDU, con el 4,9 %, queda fuera del parlamento regional, algo que nunca le había ocurrido en la historia de la República Federal; también se quedan fuera el BSW (4,8 %) y el FDP (Freie Demokratische Partei; Partido Democrático Libre, 1,0 %). De los 71 escaños, 32 son para la AfD, 29 para el SPD y 5 para Die Linke y los Verdes respectivamente. La coalición saliente de socialdemócratas y Die Linke pierde la mayoría, y lo más probable es que Schwesig la amplíe a los Verdes, ya que todos los partidos excluyen pactar con la AfD. El canciller Friedrich Merz calificó el resultado de «desastre», pero anunció que seguirá al frente del partido y del Gobierno. Todo ello llega dos semanas después de que la AfD obtuviera el 43,8 % en Sajonia-Anhalt, más del doble que la CDU (17,2 %).

Implicaciones

Estas elecciones son un desastre sin paliativos para los dos grandes partidos alemanes. El SPD está en caída libre y corre el riesgo de seguir el camino de otros partidos socialistas europeos que prácticamente han desaparecido, como el Partido Socialista Italiano, disuelto en 1994, o el Partido Socialista francés, cuya candidata presidencial no alcanzó el 2 % en 2022. La CDU, por su parte, queda expulsada de un parlamento regional y retrocede casi diez puntos en la capital.

La lectura dominante en buena parte de la prensa europea se ha centrado, con razón, en el avance de la AfD, pero ha pasado de puntillas sobre el otro extremo, y eso no es tolerable. En Berlín no ha ganado la izquierda sin más, sino la izquierda más radical, más dura y más brutal: precisamente los herederos de quienes martirizaron a los berlineses del este durante más de cuatro décadas. Die Linke es la heredera jurídica del SED (Sozialistische Einheitspartei Deutschlands; Partido Socialista Unificado de Alemania), que no era otra cosa que el partido comunista de la RDA (Deutsche Demokratische Republik; República Democrática Alemana), nacido en abril de 1946 de la fusión forzosa, bajo tutela soviética, del KPD (Kommunistische Partei Deutschlands; Partido Comunista de Alemania) y del SPD en la zona de ocupación soviética. En diciembre de 1989 pasó a llamarse SED-PDS, luego PDS (Partei des Demokratischen Sozialismus; Partido del Socialismo Democrático), y en 2007 se fusionó con la WASG (Arbeit & soziale Gerechtigkeit – Die Wahlalternative; Trabajo y Justicia Social – La Alternativa Electoral) para formar Die Linke.

Es decir, el partido que construyó el Muro en 1961 y dio la orden de disparar contra quienes intentaban cruzarlo: al menos 140 personas murieron en el Muro de Berlín y varios centenares más en el conjunto de la frontera interalemana. El partido cuya policía política, la Stasi, llegó a contar en 1989 con unos 91.000 agentes a tiempo completo y cerca de 189.000 informantes no oficiales para vigilar a una población de apenas dieciséis millones, y encarceló y torturó en prisiones como la de Hohenschönhausen a decenas de miles de alemanes, con una cifra de presos políticos que los historiadores sitúan en torno a los doscientos mil a lo largo de la existencia de la RDA. El partido que esclavizó a un pueblo entero bajo el sarcasmo de llamarlo «República Democrática». Que su heredero sea hoy la primera fuerza en la ciudad que simbolizó la resistencia al totalitarismo comunista es un hecho político de primera magnitud, que no admite análisis blandos ni complacientes y que no puede despacharse como una simple preferencia progresista de un electorado joven y urbano. Estamos ante el auge de los extremismos, sí, pero también del extremismo de izquierdas, que debe denunciarse con la misma energía y la misma contundencia con que se denuncia a la extrema derecha.

Los datos de Mecklemburgo-Pomerania Occidental ilustran además la migración del voto obrero y popular del extremo izquierdo al extremo derecho en el este del país: Die Linke, que obtenía el 13,2 % en 2016 y el 9,9 % en 2021, cae ahora al 6,5 %, mientras la AfD pasa del 16,7 % al 38,2 %. La correlación no prueba por sí sola el trasvase, pero es coherente con lo que ya ocurrió en Francia con el electorado del PCF (Parti communiste français; Partido Comunista Francés).

El gran perdedor es, en suma, el centro democrático. Merz, en quien muchos depositaron grandes esperanzas, no ha sabido estar a la altura de las necesidades urgentes de Alemania y de Europa, y su coalición con los socialdemócratas sale de estas elecciones más frágil que nunca. Ambos extremos comparten, por otra parte, rasgos inquietantes para la seguridad europea: la hostilidad a la OTAN, la ambigüedad frente a la Rusia de Putin y la oposición al apoyo militar a Ucrania.

Perspectivas y escenarios

En Berlín, lo más probable es un gobierno de izquierdas encabezado por Eralp con Verdes y socialdemócratas, aunque la alternativa de un gobierno de Evers con esos mismos socios es aritméticamente posible y dependerá de que las polémicas sobre antisemitismo pesen en el cálculo de Verdes y SPD. En Mecklemburgo-Pomerania Occidental, Schwesig seguirá previsiblemente al frente con una coalición ampliada, mientras la AfD capitaliza su condición de primera fuerza excluida del poder. En el plano federal, la presión sobre Merz aumentará en el seno de su propio partido, y la formación de gobierno en Sajonia-Anhalt, con una AfD a las puertas de la mayoría, será la próxima prueba de resistencia del sistema.

4. Canadá y la UE: la foto de San Pedro y Miquelón

Hechos

El domingo 20 de septiembre, Macron recibió a Carney en San Pedro y Miquelón, territorio francés de unos 5.800 habitantes situado frente a la costa de Terranova, en la primera visita oficial de un primer ministro canadiense al archipiélago y la primera de un presidente francés en más de una década. Carney resumió el gesto afirmando que apenas unos kilómetros separan a Canadá y Francia en su punto más próximo y que sus valores están aún más cerca. Ambos países encargarán a sus agencias espaciales y ministerios de Defensa desarrollar y compartir infraestructuras, incluidos sistemas de lanzamiento e instalaciones de recepción en tierra, y ampliarán la cooperación en energía, telecomunicaciones, resiliencia climática, minerales críticos, computación cuántica, satélites y supercomputación. Macron quiere acuerdos para llevar más GNL (gas natural licuado) canadiense a la fachada atlántica europea en plena crisis energética provocada por la guerra de Irán.

Macron respaldó la propuesta, formulada por Von der Leyen en su discurso sobre el estado de la Unión, de convertir a Canadá en el primer «miembro asociado» de la UE, y Carney la ha acogido con entusiasmo tras dirigirse al Parlamento Europeo el 17 de septiembre. Canadá ya se convirtió el año pasado en el único miembro no europeo del nuevo programa europeo de adquisiciones de defensa, y el CETA (Comprehensive Economic and Trade Agreement; Acuerdo Económico y Comercial Global) se aplica provisionalmente desde 2017, aunque no ha sido ratificado por todos los Estados miembros, entre ellos Francia, a la que Carney presiona para que lo haga. Canadá no ha solicitado la adhesión, y el artículo 49 del Tratado de la Unión Europea reserva la condición de miembro a los Estados europeos; la figura de miembro asociado carece, por ahora, de definición jurídica. El líder de la oposición conservadora canadiense, Pierre Poilievre, ha advertido de que Canadá nunca será un Estado miembro de la UE.

La visita tiene un trasfondo inequívoco. El 7 de septiembre, Trump publicó en su red Truth Social, sin comentario alguno, un mapa en el que la bandera estadounidense cubría Canadá, México, Groenlandia, Islandia, las Antillas francesas y San Pedro y Miquelón; Islandia convocó en respuesta al embajador estadounidense. Al llegar al archipiélago, Macron zanjó que su carácter francés es una evidencia que no admite discusión y lamentó la circulación de «ideas extrañas». Ya en San Pedro, proclamó que Francia y Canadá son dos grandes naciones independientes que quieren seguir siéndolo.

Implicaciones

La imagen es importantísima por tres razones. La primera es el acercamiento entre Canadá y la UE hacia una asociación que, de concretarse, supondría el máximo nivel de integración posible sin ser Estado miembro, con un contenido práctico que ya existe en parte (defensa, investigación, comercio) y que podría ampliarse a la energía, los minerales críticos y el espacio. La segunda es el mensaje a Trump: la relación transatlántica es esencial y Canadá, lejos de abandonarla, quiere reforzarla por su flanco europeo; no se trata de una ruptura con Estados Unidos, sino de un reequilibrio para no depender de un único socio capaz de ejercer coerción económica.

La tercera razón es la más elocuente. San Pedro y Miquelón es un territorio francés literalmente pegado a Terranova, a unos veinte kilómetros de la península de Burin. Francia lo conservó en el Tratado de París de 1763, cuando cedió el resto de la Nueva Francia, y Canadá jamás lo ha reivindicado; cuando ambos países tuvieron una controversia, fue sobre los espacios marítimos, y la resolvieron en derecho mediante el laudo arbitral de 10 de junio de 1992. Ottawa nunca ha sostenido el absurdo argumento de que las islas le pertenecen por estar en el hemisferio occidental, pegadas a tierra canadiense y, en consecuencia, formar parte del continente americano. No es el primero ni el último caso: la Tracia oriental, parte europea de Turquía; los territorios de ultramar neerlandeses, británicos y franceses en el Caribe; las islas griegas literalmente adosadas a la costa turca, como Samos, a menos de dos kilómetros en el estrecho de Mícala, o Kastelórizo, a unos dos kilómetros de Kaş; o la isla de Bioko, la antigua Fernando Poo, cuya capital se llamó Santa Isabel hasta 1973 y hoy es Malabo, situada a unos 32 kilómetros de Camerún y mucho más lejos de Río Muni, la parte continental de Guinea Ecuatorial. La soberanía se funda en títulos jurídicos, en la voluntad de las poblaciones y en el derecho internacional, no en la proximidad geográfica.

Perspectivas y escenarios

La asociación de Canadá exigirá inventar una figura jurídica nueva, a medio camino entre el Espacio Económico Europeo y los acuerdos de asociación clásicos, y requerirá unanimidad en el Consejo, lo que la expone a los mismos lobbies agrícolas que mantienen el CETA en el limbo en Francia y en otros Estados miembros. En Canadá, el consenso político sobre el giro europeo es amplio, pero la retórica de la adhesión puede volverse en contra de Carney si la oposición logra presentarla como una cesión de soberanía. La respuesta de Washington puede llegar por la vía comercial: según France Info, la Casa Blanca ha prohibido la importación de determinados productos canadienses, entre ellos bebidas alcohólicas, a partir del 29 de septiembre y ha elevado los aranceles sobre otros.

III. RACK DE MEDIOS

Reuters. Presenta el discurso de Trump como una doble señal, amenaza de aniquilación y apertura a un acuerdo próximo, y recoge la oferta de un alto funcionario iraní de reabrir Ormuz en siete días si se levanta el bloqueo. En su cobertura del Ártico subraya que el texto del acuerdo permite desplegar la Cúpula Dorada en Groenlandia y que el pacto no satisface la exigencia inicial de anexión.

AP (Associated Press). Destaca el respaldo de Macron a Canadá como primer miembro asociado de la UE y el simbolismo del escenario elegido, un territorio francés a pocos kilómetros de Canadá, en plena deriva de Ottawa hacia Europa ante el deterioro de su relación con Washington.

CBS News. Pone el acento en tres cláusulas del acuerdo groenlandés: carece de fecha de expiración, sobrevive a una eventual independencia y veta las bases de países ajenos a la OTAN.

Time. Recoge la interpretación del Departamento de Estado, según la cual el pacto garantiza de forma permanente que solo Estados Unidos y sus aliados podrán realizar inversiones sensibles en la isla, y lo enmarca en el debate sobre el alcance real de la soberanía danesa.

Fox News. Difunde la entrevista en la que Rubio, sin cerrar la puerta a un encuentro con Pezeshkian, recuerda que el presidente iraní está subordinado a Mojtaba Jamenei y que Irán nunca podrá tener armas nucleares.

Le Figaro. En un análisis sobre la visita, subraya que Carney aprovechó San Pedro y Miquelón para defender las virtudes del CETA, aplicado provisionalmente desde 2017 y aún pendiente de ratificación en Francia.

Libération y BFM TV. Insisten en el carácter histórico de la primera visita de un jefe de gobierno canadiense al archipiélago y en la reafirmación conjunta de la independencia de ambos países frente a las presiones de Trump.

France Info. Documentó el mapa publicado por Trump el 7 de septiembre, que situaba bajo la bandera estadounidense las Antillas francesas, San Pedro y Miquelón, Groenlandia e Islandia, y la convocatoria del embajador estadounidense por parte de Reikiavik.

Otras fuentes consultadas: Euronews (discurso de Trump y firma del acuerdo groenlandés), ZDF y la Agencia Federal de Educación Cívica alemana, bpb (resultados electorales), taz (antisemitismo en la federación berlinesa de Die Linke), Le Devoir y Europe 1 (visita de Carney).

IV. SEMÁFORO DE RIESGOS

RiesgoNivelTendenciaComentario
Golfo Pérsico / estrecho de Ormuz🔴 RojoEstable, con ventana diplomáticaPrimer contacto confirmado en Nueva York y oferta iraní de reapertura en siete días, pero sin cambios sobre el terreno y con el acuerdo aplazado a después del 3 de noviembre.
Mar Rojo / Bab el Mandeb🔴 RojoAl alzaLa organización terrorista hutí controla el estrecho; ataques contra Arabia Saudí y cierre de un oleoducto saudí tras la acción de organizaciones terroristas proiraníes de Irak.
Mercados energéticos🔴 RojoEstable en niveles altosDos estrechos comprometidos a la vez; Europa busca GNL canadiense para su fachada atlántica.
Ártico / Groenlandia🟠 ÁmbarA la baja (desescalada)Acuerdo firmado que respeta la soberanía danesa; pendiente de tramitación parlamentaria y de la respuesta rusa y china.
Cohesión transatlántica🟠 ÁmbarInciertaMapa de Trump del 7 de septiembre, restricciones comerciales a Canadá y giro de Ottawa hacia la UE.
Estabilidad política alemana🟠 ÁmbarAl alza (deterioro)Extremos en ascenso por ambos flancos, CDU fuera de un parlamento regional y canciller debilitado.
Política interior estadounidense🟠 ÁmbarAl alzaGuerra, energía cara y elecciones de medio mandato a seis semanas; el calendario electoral condiciona la negociación con Irán.

V. COMENTARIO EDITORIAL

La hemiplejía y el mapa: Europa ante sus extremos, Washington ante sus aliados

En el prólogo que escribió en 1937 para los lectores franceses de «La rebelión de las masas», José Ortega y Gasset dejó una de las sentencias más certeras del pensamiento político español: «Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral». Ortega no condenaba a la izquierda ni a la derecha, sino la mutilación de quien solo sabe mirar con un ojo. Pocas veces ha sido tan pertinente como esta semana, en la que buena parte de los medios europeos ha leído las elecciones alemanas con un solo hemisferio del cerebro.

Los titulares han girado, con toda la razón, en torno al 38,2 % de la AfD en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, que se suma al 43,8 % de Sajonia-Anhalt de hace dos semanas. Es un dato gravísimo y así debe tratarse. Pero ese mismo domingo, en la capital federal, la primera fuerza política pasó a ser Die Linke, heredera jurídica del SED, el partido que aterrorizó y esclavizó a la RDA durante cuatro décadas. Fue una de las dictaduras más brutales, férreas y bestiales de todo el bloque soviético, con la policía política más implacable del Telón de Acero, la Stasi, solo comparable a la búlgara DS (Darzhavna Sigurnost; Seguridad del Estado), a la que no le andaba a la zaga. Es el partido que levantó el Muro en agosto de 1961 y cuyos guardias fronterizos tenían orden de disparar contra quienes intentaban cruzarlo. En demasiadas redacciones la noticia se ha presentado como una curiosidad simpática, un giro progresista de una ciudad joven y cosmopolita, cuando no como el saludable contrapeso al auge de la derecha radical. Ninguna de esas lecturas resiste el análisis.

Berlín no es una ciudad cualquiera. Es la ciudad en la que el alcalde socialdemócrata Ernst Reuter, el 9 de septiembre de 1948, en pleno bloqueo soviético, pidió ante las ruinas del Reichstag a los pueblos del mundo que miraran a esta ciudad. Es la ciudad en la que John F. Kennedy se proclamó berlinés en 1963 y en la que Ronald Reagan, el 12 de junio de 1987, exigió ante la Puerta de Brandeburgo que Gorbachov derribara el Muro. Que el partido nacido de las entrañas de quienes lo construyeron sea hoy el más votado de la ciudad, mientras el partido de Reuter y de Brandt se hunde hasta el 12,1 %, debería provocar en Europa algo más que un encogimiento de hombros.

No se trata de negar que muchos votantes de Die Linke son jóvenes urbanos angustiados por el precio de la vivienda, ni de ignorar que su candidata, Elif Eralp, se ha distanciado de los excesos de su propia organización. Se trata de constatar que la misma prensa que examina con lupa, y hace bien, cada desliz de la AfD apenas ha reparado en que el presidente del Consejo Central de los Judíos de Alemania ha acusado a Die Linke de reiteradas transgresiones antisemitas durante la campaña, ni en que incluso un diario de izquierdas como la taz denuncia la cercanía de militantes de Neukölln con una organización terrorista palestina. El antisemitismo no deja de serlo por venir de la izquierda, del mismo modo que el racismo no se vuelve aceptable por venir de la derecha. Esa es precisamente la vara de medir que la hemiplejía impide aplicar.

Jean-François Revel describió este fenómeno en «La Grande Parade» (2000): a su juicio, el comunismo disfruta de una amnistía de la memoria que jamás se ha concedido, con razón, al nacionalsocialismo, de modo que el fracaso histórico del socialismo real no ha desacreditado la utopía que lo inspiró. La paradoja resulta especialmente hiriente en Berlín, porque la campaña quedó marcada por el atentado del 3 de enero contra la red eléctrica, reivindicado en nombre de un grupo de extrema izquierda, que dejó a cerca de cien mil personas sin luz ni calefacción en pleno invierno y que la Fiscalía Federal investiga como terrorismo. Aquel atentado acabó costándole la carrera al alcalde democristiano por su deficiente gestión de la crisis; el terrorismo de extrema izquierda que lo provocó apenas ha figurado en el debate europeo sobre el auge de los extremismos.

Nada de lo anterior relativiza el peligro de la AfD, cuyo avance en el este tiene una raíz social que conviene entender en lugar de despachar con anatemas. Los datos de Mecklemburgo-Pomerania Occidental son elocuentes: mientras Die Linke, antaño bastión de la antigua PDS en la región, cae en diez años del 13,2 % al 6,5 %, la AfD pasa a ser la primera fuerza. Buena parte del voto obrero y popular que antes votaba al extremo izquierdo se ha desplazado al extremo derecho, como ocurrió antes en Francia con el antiguo electorado comunista. Los extremos no son compartimentos estancos: se alimentan mutuamente, comparten la hostilidad a la OTAN y la ambigüedad hacia el Kremlin, y prosperan sobre el mismo vacío, el que deja un centro democrático incapaz de ofrecer soluciones en vivienda, seguridad, gestión de la inmigración y energía. La desaparición de la CDU de un parlamento regional y el hundimiento del SPD en Berlín son la expresión aritmética de ese vacío. Merz, llamado a liderar Alemania y a ejercer el liderazgo que Europa necesita con urgencia, no ha estado a la altura, y el continente sigue huérfano de una dirección política a la medida de sus desafíos. El remedio no es un cordón sanitario que solo mire hacia un lado, sino un centro que gobierne bien y que combata ambos extremos con la misma firmeza.

La hemiplejía tiene también una versión transatlántica, y no es menos inquietante. El 7 de septiembre, el presidente de Estados Unidos publicó en su red social, sin una sola palabra de explicación, un mapa en el que la bandera estadounidense cubría Canadá, México, Groenlandia, Islandia, las Antillas francesas y San Pedro y Miquelón. Islandia, miembro fundador de la OTAN, tuvo que convocar al embajador estadounidense. Forma parte, sin duda, del repertorio del exabrupto, y tomarlo al pie de la letra sería un error; pero en política exterior los símbolos importan, y el coste en credibilidad de estos excesos es real. Tucídides puso en boca de los atenienses, en el diálogo de Melos, la máxima de que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben. El orden internacional que los propios Estados Unidos construyeron en 1945 nació precisamente para desterrar esa lógica, y sobre todo para desterrarla entre aliados.

El argumento que subyace a esa cartografía, según el cual todo lo que se encuentra en el hemisferio occidental o pegado al continente americano pertenece por naturaleza a su esfera, es tan absurdo como peligroso, y la foto de San Pedro y Miquelón lo desmiente por sí sola. Francia conservó el archipiélago en 1763 y Canadá, cuya costa se ve desde sus acantilados, jamás lo ha reclamado; cuando tuvieron una controversia sobre las aguas circundantes, la sometieron a un tribunal arbitral en 1992. El mundo está lleno de casos semejantes, desde la Tracia turca hasta las islas griegas frente a Anatolia, desde las Antillas neerlandesas, británicas y francesas hasta la isla de Bioko, más cercana a Camerún que a la parte continental de Guinea Ecuatorial. Si la geografía otorgara la soberanía, el mapa del mundo sería un casus belli permanente. La soberanía descansa en títulos jurídicos, en la voluntad de los pueblos y en el derecho internacional, y quien lo olvida abre una puerta que otros, en Moscú o en Pekín, están deseando cruzar.

El desenlace groenlandés ilustra, sin embargo, la otra cara del método. Trump pidió lo inaceptable, la anexión de un territorio aliado, y ha descendido varios escalones hasta un acuerdo que enmienda un tratado de 1951, respeta la soberanía danesa y el derecho de autodeterminación de los groenlandeses, y le otorga, con toda probabilidad, más de lo que habría obtenido con una negociación convencional: más bases, el escudo antimisiles, el control del paso GIUK frente a la Flota del Norte rusa, un veto a las inversiones chinas en tierras raras y un acuerdo sin fecha de caducidad que sobrevive a una eventual independencia. Es un ejemplo de libro de la estrategia del exabrupto, y Europa, que se tomó al pie de la letra las amenazas de enero sin tomarse nunca en serio el problema de fondo, ha vuelto a ir a remolque. El coste en confianza entre aliados existe, y no es menor; pero el resultado es excelente para la seguridad de Occidente, y ha sido posible porque, al final, la diplomacia profesional y el criterio de figuras como Marco Rubio han sabido convertir el exabrupto en un acuerdo sólido. La lección para Europa es aprender a leer a este presidente; la lección para Washington, que el método tiene un límite, y que el mapa del 7 de septiembre no debe convertirse en programa.

Canadá ha entendido el momento antes que nadie. En 1949, Louis St. Laurent y Lester Pearson lograron incluir en el Tratado del Atlántico Norte su artículo 2, conocido desde entonces como el «artículo canadiense», que compromete a los aliados a fortalecer sus instituciones libres y a fomentar la colaboración económica entre ellos. Para Ottawa, la Alianza nunca fue solo un pacto militar, sino una comunidad de valores a ambos lados del océano. El giro de Carney hacia Europa no es, por tanto, un abandono del Atlántico, sino su rescate: cuando uno de los pilares se tambalea, los demás deben reforzarse para que el edificio no se venga abajo. Europa, eso sí, tiene que estar a la altura de la oferta que ella misma ha formulado. Resulta difícil cortejar a Canadá como primer miembro asociado de la Unión mientras su tratado comercial con ella sigue sin ratificar en varios Estados miembros, Francia incluida, nueve años después de su aplicación provisional. La coherencia también es una forma de poder, y Europa la administra con demasiada tacañería.

El mismo patrón del exabrupto reaparece en el frente iraní. La alternativa que Trump planteó desde la tribuna de la ONU, grandeza o aniquilación, es un falso dilema. Nadie discute la naturaleza del régimen oligárquico-yihadista de Teherán, estado terrorista y exportador de inestabilidad, ni la legitimidad de impedirle a cualquier precio el arma nuclear. Pero, como venimos sosteniendo, al éxito militar y táctico se contrapone un fracaso geopolítico que el tiempo no hace sino agravar: Ormuz a medio cerrar, Bab el Mandeb en manos de la organización terrorista hutí, un oleoducto saudí clausurado por organizaciones terroristas proiraníes de Irak y unos mercados energéticos exhaustos. El régimen está débil, como dice Trump, pero los regímenes débiles que implosionan sin que nadie haya planificado el día después no producen democracias estables, sino vacíos de poder que llenan los más violentos. La confesión de que el acuerdo llegará después de las elecciones es, además, un regalo para Teherán, que ahora sabe que su mejor baza es el calendario electoral de su enemigo. Con un líder supremo desaparecido y el poder real en manos de Rezaei y Vahidi (véase la noticia 1), cada semana de espera refuerza a quienes viven de la guerra y debilita a quienes quieren salir de ella.

Las cuatro noticias de este informe convergen en una misma conclusión. Europa debe curarse de su hemiplejía moral: ver y combatir los dos extremos con idéntico rigor y, sobre todo, gobernar bien para privarlos del terreno que hoy ocupan. Washington debe recordar que su fuerza nunca ha residido en los mapas, sino en las alianzas fundadas en el derecho que supo construir tras 1945. La comunidad atlántica, de Nuuk a San Pedro, de Berlín a Ottawa, será una comunidad de derecho o no será. Ortega pedía a los europeos de 1937 que dejaran de mirar con un solo ojo; casi noventa años después, la advertencia sigue esperando destinatario a ambos lados del océano.

 

Gustavo de Arístegui

Diplomático

Exembajador de España

Escritor

Analista geopolítico

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