La OTAN atraviesa un momento de creciente tensión interna tras la falta de respaldo de varios aliados europeos a la petición de Estados Unidos de intervenir para reabrir el estrecho de Ormuz, bloqueado en el contexto del conflicto militar entre Washington, Israel, e Irán. La negativa o cautela de países clave del continente ha puesto de relieve una fractura estratégica cada vez más visible dentro de la alianza atlántica.
La crisis llega en un momento particularmente delicado para la organización, que ya arrastraba desacuerdos desde hace años en torno al reparto del gasto militar. Durante su presidencia, Donald Trump presionó con insistencia a los socios europeos para elevar su inversión en defensa hasta el 5% del PIB, una cifra muy superior al objetivo del 2% establecido por la OTAN.
Aquella propuesta fue recibida con una fuerte resistencia en Europa. Países como España rechazaron abiertamente la idea, advirtiendo de que un aumento de esa magnitud obligaría a recortes drásticos en el gasto social y podría poner en peligro el modelo de Estado del bienestar que caracteriza a gran parte del continente. Otros gobiernos europeos compartían la necesidad de reforzar la defensa, pero consideraban que el objetivo planteado por Washington era política y económicamente inasumible.
El momento de la prueba
La crisis en el estrecho de Ormuz ha transformado ese debate presupuestario en una cuestión de compromiso militar real. Tras el cierre de la vía marítima —por donde transita una parte sustancial del petróleo mundial— Estados Unidos ha pedido a sus aliados que participen en una operación para garantizar la libertad de navegación y reabrir el corredor energético.
La respuesta europea, sin embargo, ha sido notablemente fría.
Francia e Italia han mostrado claras reticencias a participar en una intervención militar directa. Alemania ha insistido en la necesidad de priorizar la diplomacia y evitar una escalada regional. España, por su parte, también ha evitado comprometerse con una implicación militar en la operación.
La reacción colectiva ha sido percibida en Washington como una señal de falta de voluntad para asumir riesgos en un conflicto que Estados Unidos considera de importancia estratégica global.
El argumento energético
Trump ha defendido públicamente que la crisis de Ormuz afecta a los aliados europeos incluso más que a Estados Unidos. Mientras Washington ha reducido su dependencia energética de Oriente Medio en las últimas décadas, Europa sigue dependiendo en gran medida del petróleo procedente del Golfo Pérsico.
Desde esta perspectiva, la negativa europea resulta, a ojos de la administración estadounidense, difícil de justificar. Si el cierre del estrecho amenaza el suministro energético mundial, sostienen en Washington, los países europeos deberían estar entre los primeros interesados en garantizar su reapertura.
En un gesto que subraya la frustración estadounidense, Trump ha llegado incluso a sugerir que otras potencias como China podrían contribuir a asegurar la navegación en el estrecho, una propuesta que refleja hasta qué punto el desacuerdo con los aliados tradicionales ha tensado el debate.
Un síntoma de desgaste en la alianza
La falta de respuesta positiva por parte de varios aliados europeos no solo refleja prudencia estratégica, sino también una divergencia más profunda sobre el papel de la OTAN en los conflictos internacionales.
Mientras Estados Unidos tiende a interpretar la alianza como un instrumento de acción colectiva frente a amenazas globales, muchos gobiernos europeos prefieren limitar su implicación en conflictos que perciben como regionales o potencialmente desestabilizadores.
Esta diferencia de enfoque se ha vuelto especialmente visible tras la experiencia de otras intervenciones militares en Oriente Medio, que dejaron profundas divisiones políticas dentro de Europa.
Una unidad cada vez más cuestionada
El resultado es una OTAN que, aunque formalmente unida, muestra crecientes dificultades para actuar de manera coordinada cuando los intereses estratégicos de sus miembros divergen.
La guerra en Ucrania había reforzado temporalmente la cohesión transatlántica, con Estados Unidos liderando el apoyo militar a Kiev y Europa respaldando las sanciones contra Rusia. Pero la crisis de Ormuz está revelando los límites de esa unidad.
La negativa de varios aliados a implicarse militarmente en la nueva crisis constituye, para muchos analistas, una señal de que la alianza atraviesa un proceso de redefinición. En un mundo cada vez más multipolar y con prioridades estratégicas divergentes entre Washington y las capitales europeas, la OTAN se enfrenta al desafío de mantener su cohesión interna.
La pregunta que emerge de esta crisis no es solo cómo se resolverá el bloqueo del estrecho de Ormuz, sino hasta qué punto la alianza atlántica seguirá siendo capaz de actuar con la unidad que durante décadas fue su principal fortaleza.
