I. INTRODUCCIÓN
A las 8.46 de esta mañana, hora de Nueva York, la lectura de los nombres se detendrá de nuevo en la plaza del Memorial del 11 de Septiembre. Serán siete los silencios: seis por cada uno de los impactos y del derrumbe de aquella mañana, y un séptimo por quienes han muerto después a consecuencia del aire envenenado de la Zona Cero.
Veinticinco años son una unidad de medida incómoda: suficiente para que una generación entera de adultos no recuerde el mundo anterior, e insuficiente para que hayamos extraído todas las lecciones que aquel martes de septiembre nos dejó escritas con letra muy clara.
Este informe rompe deliberadamente con el formato habitual. En lugar de desgranar cinco o seis asuntos inconexos de las últimas veinticuatro horas, dedica su cuerpo analítico a una sola cuestión —la evolución del terrorismo yihadista un cuarto de siglo después del 11-S— y traslada la actualidad inmediata a las dos secciones que la ordenan y la jerarquizan: el Rack de Medios (repaso de portadas) y el Semáforo de Riesgos.
La elección no es caprichosa. Las noticias de esta semana —la toma del puerto de Moca por los terroristas hutíes, la mayor oleada de ataques contra la navegación mercante desde que empezó la guerra del Golfo, el asedio del Sahel por las franquicias de Al Qaida y del Daesh— no son epígrafes sueltos de una actualidad dispersa: son las cabezas vivas de la misma hidra que atacó Nueva York y Washington el 11 de septiembre de 2001.
La tesis que vertebra estas páginas es sencilla de enunciar y difícil de digerir: el terrorismo no es un fenómeno moderno, sino una crisis geopolítica recurrente, consustancial a la historia humana, que ha adoptado formas distintas en cada época hasta convertirse en la hidra de muchas cabezas que hoy conocemos. Lo que cambia de una época a otra no es la voluntad de aterrorizar para imponer una causa, sino la escala de destrucción disponible y la velocidad con que ese terror se propaga. Ahí radica la verdadera novedad del yihadismo contemporáneo: no en su naturaleza, sino en su capacidad.
II. ANÁLISIS MONOGRÁFICO: LA HIDRA, VEINTICINCO AÑOS DESPUÉS
1.Genealogía de una amenaza recurrente y su fábrica ideológica
Hechos
El terrorismo no es un invento del siglo XX. Los sicarios judíos que apuñalaban a los colaboracionistas romanos en el Jerusalén del siglo I, los hashashin o asesinos nizaríes que sembraron el terror entre gobernantes suníes y cruzados desde sus fortalezas de Alamut entre los siglos XI y XIII, el revolucionario ruso Serguéi Necháyev, que en su Catecismo del revolucionario de 1869 codificó por primera vez una doctrina sistemática de la violencia política, o los anarquistas de la «propaganda por el hecho» que, entre finales del XIX y principios del XX, asesinaron a un zar ruso, a una emperatriz austriaca, a un rey italiano y a un presidente estadounidense, son solo algunos jalones de un fenómeno que acompaña a la humanidad casi desde sus orígenes.
El armazón intelectual del yihadismo contemporáneo, en cambio, se construyó en el siglo XX y tiene fechas precisas. Hassan al Banna fundó en 1928 la Hermandad Musulmana. Fue, sin embargo, otro egipcio, Sayyid Qutb, quien se convirtió en su verdadero padre doctrinal: en Hitos en el camino, escrito en buena parte desde la cárcel nasserista y culminado con su ejecución en 1966, desarrolló el concepto de la yahiliyya moderna —la idea de que las propias sociedades musulmanas, gobiernos incluidos, habían recaído en la ignorancia preislámica y debían ser combatidas como tales— del que deriva el takfir, la declaración de apostasía contra otros musulmanes, piedra angular tanto de Al Qaida como, sobre todo, del Daesh.
Muchos de los intelectuales islamistas radicales egipcios contaminados por sus escritos, y el propio hermano del autor, Muhammad Qutb, se trasladaron a la Universidad Rey Abdulaziz de Yeda, donde un joven Osama Bin Laden asistía religiosamente a sus clases. Allí el qutbismo entró en contacto con el wahabismo saudí; de esa fusión nació el salafismo, y del salafismo al yihadismo solo había un paso, que no tardó en darse.
Conviene recordar que en 1995 escribí un artículo, publicado en enero de 1996, en el que advertía que Al Qaida y su cabecilla, Osama Bin Laden, se convertirían en una de las amenazas más graves para Estados Unidos y Occidente en los veinte años siguientes. No lo menciono por vanidad, sino porque la advertencia no exigía dotes proféticas: bastaba con leer en serie lo que se trataba como incidentes aislados. El primer atentado contra las Torres Gemelas en 1993, la declaración de yihad contra los americanos proclamada por el propio Bin Laden en 1996 desde Afganistán, la fatua del Frente Islámico Mundial de 1998 y los atentados casi simultáneos contra las embajadas estadounidenses en Nairobi y Dar es Salam de aquel agosto, o el ataque contra el USS Cole en el puerto yemení de Adén en el año 2000, dibujaban en conjunto, con nitidez, la trayectoria hacia el 11 de septiembre.
En el plano de la actualidad, la genealogía sigue teniendo consecuencias administrativas: la Administración estadounidense designó el pasado mes de enero, según informó la agencia AP (Associated Press — Prensa Asociada), a tres ramas de la Hermandad Musulmana como organizaciones terroristas, una decisión que reabre el viejo debate sobre dónde termina el islamismo político y dónde empieza la violencia organizada.
Implicaciones
Conviene subrayarlo con toda claridad, porque el matiz es la diferencia entre el análisis y el prejuicio: no hablamos de una guerra contra el islam, sino de la manipulación de una religión legítima y respetable —una gran civilización— convertida en una ideología brutal, bestial e implacable, cuyo único objetivo es imponerse primero al mundo islámico y, desde ahí, al resto del planeta. Las primeras víctimas del yihadismo son, en una proporción abrumadora, musulmanes. Quien confunde a unos con otros no combate el problema: lo alimenta, y de paso entrega al enemigo el relato que este necesita.
La segunda implicación es metodológica. Nuestros servicios y nuestras cancillerías siguen organizados para detectar acontecimientos, no series. El 11-S no fue un cisne negro: fue el desenlace previsible de una acumulación de señales leídas por separado. Veinticinco años después, la pregunta incómoda es qué serie estamos leyendo hoy como si fueran incidentes sueltos.
Perspectivas y escenarios
La designación de ramas de la Hermandad Musulmana como organizaciones terroristas tendrá efectos jurídicos y financieros apreciables si se acompaña de cooperación europea, y efectos meramente declarativos si no lo hace. Europa, que aún no ha resuelto su propia posición doctrinal sobre el islamismo político, se verá obligada a pronunciarse antes de lo que quisiera, seguramente sin haber preparado el terreno.
2.El yihadismo chií estatalizado: Teherán, Ormuz y Bab el Mandeb
Hechos
El yihadismo no es solo suní. Existe una versión chií con una diferencia sustancial: cuenta con el respaldo de un Estado poderoso, con renta petrolera, más de noventa millones de habitantes, cerca de un millón y medio de kilómetros cuadrados y unas fuerzas armadas ideológicamente comprometidas, el CGRI (Sepah-e Pasdaran-e Enghelab-e Eslami — Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica), todo ello al servicio de un régimen tan asesino como terrorista. Las últimas veinticuatro horas ofrecen la demostración más elocuente de lo que eso significa en términos operativos.
El CGRI anunció ayer haber atacado dos buques de la Marina estadounidense, ocho petroleros y otros diez barcos que considera incumplidores de su régimen de tránsito por el estrecho de Ormuz: la mayor oleada declarada de ataques contra la navegación desde que comenzó la guerra, en represalia por la destrucción de cinco petroleros iraníes por el CENTCOM (United States Central Command — Mando Central de Estados Unidos) a comienzos de semana. El CENTCOM había desmentido el miércoles la pretensión iraní de haber alcanzado dos destructores. El Brent, referencia internacional del crudo, cotizaba ayer por la tarde en torno a los 108 dólares por barril, frente a los 101,53 del cierre anterior, tras superar el umbral de los cien dólares por primera vez desde julio.
El mismo jueves, los terroristas hutíes tomaron la ciudad portuaria de Moca, en la costa occidental del Yemen, tras varios días de combates contra las fuerzas gubernamentales respaldadas por Arabia Saudí, y avanzaron hacia las islas Hanish. Las fuerzas leales al Gobierno reconocido se replegaron hacia Dubab, frente a la isla de Perim, y su comandante, Tareq Saleh, ordenó establecer un centro de mando alternativo. Según informó Reuters, el CGRI proporcionó armamento y asesoramiento a los asaltantes. El presidente del Consejo de Liderazgo Presidencial yemení, Rashad al Alimi, reclamó una intervención internacional decidida y advirtió de que Bab el Mandeb no puede convertirse en otro Ormuz ni el Yemen en otro Irán. Arabia Saudí respondió con cerca de cuarenta ataques sobre posiciones hutíes en la misma jornada.
Implicaciones
La diferencia entre el yihadismo chií y el suní no es teológica, sino presupuestaria y logística. Frente a un archipiélago suní de franquicias que se financian con secuestros, contrabando y extorsión local, Teherán dispone de un Estado, de una industria de misiles, de una red de proxies (grupos interpuestos) y de una renta de hidrocarburos. Esa red —Hizbulá en Líbano y Siria, las organizaciones terroristas proiraníes de Irak, los hutíes del Yemen y Hamás— no es un conjunto de «milicias» ni de «actores no estatales», eufemismos que conviene desterrar: son organizaciones terroristas al servicio de una política exterior.
La toma de Moca abre formalmente un segundo teatro marítimo. Con Ormuz convertido en un sistema de extorsión y Bab el Mandeb amenazado desde la orilla yemení, los dos cerrojos del petróleo del Golfo quedan bajo presión simultánea del mismo patrocinador. Para Europa, que importa por ambos corredores y que ha renunciado alegremente a disponer de capacidades navales propias suficientes, la factura llegará en forma de precios, primas de seguro y desabastecimientos selectivos. Al éxito táctico y militar-estratégico de la campaña contra Irán se contrapone, una vez más, una catástrofe geopolítica sin paliativos: se ha degradado al régimen sin haber previsto qué hacer con los escombros ni con sus apoderados.
Perspectivas y escenarios
- Escenario más probable (55 %): consolidación hutí en la franja costera y guerra de desgaste en torno a Dubab y Perim, con ataques intermitentes contra el tráfico mercante, primas de riesgo crecientes y un Brent instalado en la horquilla de 105 a 120 dólares.
- Escenario de escalada (30 %): internacionalización de la respuesta —Arabia Saudí invocando el pacto de La Meca y solicitando el concurso de Pakistán y Turquía—, con riesgo cierto de arrastrar a terceros a una guerra regional de contornos imprevisibles.
- Escenario de contención (15 %): mediación omaní y presión estadounidense suficientes para congelar el frente occidental yemení, sin resolver el fondo del problema. En ninguno de los tres se vislumbra un plan occidental para el día después, que sigue siendo el gran agujero negro de esta guerra.
3.El yihadismo suní descentralizado: el Sahel, el santuario que Bin Laden no pudo soñar
Hechos
El campo suní está lejos de ser monolítico: la fractura no separa solo a Al Qaida del Daesh, sino a numerosas facciones dentro de cada una de esas marcas, que ya no son organizaciones jerárquicas sino etiquetas y directrices generales. Al Qaida fue, y sigue siendo, la organización obsesionada con el enemigo lejano —Occidente, el liderazgo estadounidense, el «gran Satán»—, mientras que el Daesh invirtió la prioridad y concentró su ofensiva en el enemigo cercano, los gobiernos islámicos a los que considera apóstatas. No hay, en la doctrina yihadista, pecado mayor que la apostasía.
Ese pulso se ha resuelto, un cuarto de siglo después, de manera bastante distinta a como muchos anticipaban. El Daesh fue derrotado territorialmente en 2019, pero sus provincias regionales mantienen una violencia intensa y descentralizada, y Al Qaida ha encontrado en el Sahel su franquicia más pujante. El JNIM (Jamaat Nusrat al Islam wal Muslimin — Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes) pasó, según estimaciones de Naciones Unidas, de entre dos mil y tres mil combatientes en 2022 a entre cinco mil y seis mil en 2025; mantiene desde el otoño de 2025 un bloqueo del suministro de combustible sobre Bamako que continuaba vigente a mediados de este año; lanzó en abril de 2026 una ofensiva coordinada contra varias localidades malienses y sobre la propia capital, y ha multiplicado por ocho sus ataques con drones armados entre 2024 y 2025. Su rival, el EIPS (Islamic State Sahel Province — Provincia del Estado Islámico en el Sahel), opera sobre todo en la zona de las tres fronteras y a comienzos de este año asaltó el aeropuerto internacional de Niamey. El ACSS (Africa Center for Strategic Studies — Centro de Estudios Estratégicos para África), dependiente del Pentágono, cifró en 23.968 las víctimas mortales del terrorismo en el continente africano en su último recuento, de las cuales el 41 % correspondieron al Sahel.
En julio, una filtración al Washington Post reveló que la Casa Blanca debate ordenar ataques militares contra el JNIM en Malí. La decisión sigue pendiente.
Implicaciones
El colapso de la autoridad estatal en el Sahel —agravado por los sucesivos golpes militares en Malí, Burkina Faso y Níger, por la expulsión de las fuerzas occidentales y por la sustitución de estas por los mercenarios del Africa Corps ruso— ha entregado a las franquicias yihadistas un terreno de expansión que ni el propio Bin Laden pudo imaginar en 2001. La ironía es amarga: Occidente derrocó a un régimen que albergaba a Al Qaida en Kabul y, veinticinco años después, contempla cómo Al Qaida construye un santuario mucho mayor a tres horas de vuelo de Madrid.
Para España y para el Magreb, la implicación es directa y nadie debería necesitar que se la expliquen: inestabilidad en las rutas migratorias, presión sobre las fronteras meridionales, riesgo para el suministro energético y una cooperación antiterrorista con Rabat, Nuakchot y Argel que se ha vuelto tan imprescindible como políticamente incómoda de reconocer en voz alta.
Perspectivas y escenarios
Si Washington opta por una campaña de ataques selectivos contra el JNIM sin implicación europea, obtendrá réditos tácticos y ningún efecto estratégico duradero: la experiencia de veinticinco años es concluyente al respecto. La alternativa seria —apoyo a la reconstrucción de capacidades estatales, control de fronteras, inteligencia compartida y desarrollo económico— exige una perseverancia y unos recursos que la clase política europea del siglo XXI no ha demostrado poseer.
El escenario más verosímil, por desgracia, es el de la continuidad: expansión yihadista hacia los países del golfo de Guinea, un Estado maliense reducido a sus capitales y una Europa que descubrirá el problema el día en que llegue a sus costas.
4.El enemigo interior: lobos solitarios y radicalización de cuarta generación
Hechos
Un cuarto de siglo después, Occidente ha aprendido, no sin dolor, que el enemigo ya no busca necesariamente conquistar el poder en países islámicos lejanos, sino que habita cada vez con más frecuencia entre nosotros: segunda, tercera y hasta cuarta generación de familias llegadas hace décadas, radicalizadas en mezquitas clandestinas, en madrasas radicales o, sobre todo, a través de internet. Los hay que siguen perteneciendo a organizaciones estructuradas, los hay que se limitan a seguir sus consignas a distancia, y están, por último, los lobos solitarios, que la propia Europol describe como actores aislados pero recorridos por un proceso de radicalización que sí está organizado, aunque carezca de jerarquía visible.
Los datos disponibles confirman la tendencia. Según el estudio publicado este verano por el IEEE (Instituto Español de Estudios Estratégicos), en 2024 fueron detenidos 334 terroristas yihadistas en la Unión Europea —frente a 266 en 2022 y 260 en 2021—, de los cuales el 48 % eran nacionales comunitarios; ese mismo año se contabilizaron en el mundo cerca de 1.979 atentados yihadistas con unas once mil víctimas mortales, con foco principal en África occidental. En marzo de este año, una operación conjunta de la Policía Nacional española y la BCIJ (Bureau Central d’Investigations Judiciaires — Oficina Central de Investigaciones Judiciales) marroquí desarticuló una célula afiliada al Daesh con dos detenidos en Tánger y un tercero en Palma de Mallorca, señalado como jefe y descrito como «muy radicalizado» y dispuesto a cometer una acción de gran envergadura.
Implicaciones
La aparente soledad del lobo solitario suele ser engañosa: detrás de la autorradicalización acostumbra a haber una comunidad virtual, un mentor a distancia y un relato compartido con miles de desconocidos a los que nunca llegará a conocer en persona. Esa es la evolución del terrorismo yihadista en el siglo XXI: ya no es una organización con jerarquía, estructura y consejos claramente delimitados, sino un enemigo difuso, disperso y, por ello mismo, mucho más difícil de derrotar. Las herramientas diseñadas para desmantelar organizaciones —infiltración, seguimiento de jerarquías, interceptación de comunicaciones entre mandos— rinden mucho menos frente a un individuo que se radicaliza en su habitación en seis semanas.
La cooperación hispano-marroquí es, en este terreno, uno de los pocos activos que funcionan con discreción y eficacia. Sería una irresponsabilidad de primer orden que las tensiones políticas coyunturales —que las hay, y serias— contaminaran el único ámbito en el que ambos países han demostrado saber trabajar juntos durante dos décadas.
Perspectivas y escenarios
Las efemérides redondas operan como catalizadores simbólicos para el actor aislado, y este vigésimo quinto aniversario coincide con una guerra abierta en el Golfo y con una intensa movilización propagandística de las dos grandes marcas yihadistas. Cabe esperar, en las próximas semanas, un repunte de la propaganda incitadora y, con ella, un riesgo elevado de atentados de baja sofisticación y alto impacto simbólico en suelo europeo y norteamericano. La amenaza principal no vendrá de una organización estructurada, sino del individuo captado en la red.
5.Memoria, justicia y política: de Guantánamo a la Zona Cero
Hechos
Veinticinco años después de los atentados, los presuntos responsables siguen sin ser juzgados. El pasado 26 de agosto, el juez militar Michael Schrama, teniente coronel de la Fuerza Aérea —quinto magistrado asignado al caso desde la lectura inicial de cargos en 2012—, fijó para el 5 de junio de 2028 el inicio del juicio contra Khalid Sheij Mohamed y sus tres coacusados, Walid bin Attash, Ali Abdul Aziz Ali y Mustafa al Hawsawi, rechazando la fecha de enero de 2027 solicitada por la Fiscalía y alegando la necesidad de resolver antes las disputas sobre admisibilidad de pruebas. Un tribunal federal de apelaciones había anulado previamente el acuerdo que habría permitido a los acusados declararse culpables a cambio de evitar la pena capital.
La conmemoración de hoy llega, además, atravesada por la política interna estadounidense. El presidente Trump pronunciará su discurso en el Pentágono y será el primer presidente en ejercicio que no asiste al acto principal de Nueva York, al que acudirá en su lugar el vicepresidente Vance; según adelantó The New York Times, la decisión guarda relación con la norma que desde 2012 impide a los políticos tomar la palabra en una ceremonia deliberadamente apartidista. A la Zona Cero sí acudirán los cuatro expresidentes vivos, Bush, Clinton, Obama y Biden.
La presencia del alcalde Zohran Mamdani, primer musulmán que ocupa el cargo en Nueva York, ha desatado una agria polémica: una petición promovida por familiares de víctimas y sectores conservadores reunió cerca de cien mil firmas para pedir su ausencia, y el exalcalde Rudolph Giuliani declaró a Newsmax que le ofendía su asistencia, mientras la fiscal general del Estado, Letitia James, y el senador Charles Schumer la respaldaban. El propio Mamdani ordenó la semana pasada la publicación de más de 170.000 páginas de documentos reservados que acreditan que las autoridades municipales conocían la toxicidad del aire en los alrededores de la Zona Cero pese a los mensajes tranquilizadores de entonces, lo que puso fin a dos demandas de la organización 9/11 Health Watch.
Implicaciones
Que el cerebro confeso de la mayor matanza terrorista de la historia vaya a sentarse ante un tribunal veintisiete años después de los hechos no es un detalle procesal: es una derrota jurídica de Occidente. Las comisiones militares nacieron torcidas —de la tortura practicada en las prisiones secretas de la CIA a la improvisación normativa— y han acabado ofreciendo a los acusados el mejor argumento posible, que es la propia conducta de quienes los juzgan. Las democracias que se saltan sus reglas para combatir al terrorismo no solo se degradan: se debilitan operativamente, porque acaban sin poder condenar a nadie.
La segunda implicación es más amarga todavía. La memoria del 11-S, que durante veinte años fue el último terreno común de la vida pública estadounidense, se ha convertido en una trinchera partidista más. Cuando el recuerdo de casi tres mil asesinados sirve para dirimir quién se sienta en qué ceremonia, el terrorista ha obtenido una victoria póstuma que no logró con los aviones.
Perspectivas y escenarios
El calendario de 2028 es, siendo realistas, optimista: la causa acumula cinco jueces, catorce años de incidentes previos y un expediente probatorio contaminado en origen. Lo más probable es un nuevo aplazamiento. En cuanto a la polarización, el aniversario dejará tras de sí un uso instrumental de la efeméride en plena precampaña de las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre, con el consiguiente deterioro del único consenso que quedaba en pie.
III. RACK DE MEDIOS
Repaso de lo publicado en las últimas veinticuatro horas por la prensa internacional de referencia, con las noticias más destacadas de la jornada.
Prensa y cadenas estadounidenses
The New York Times fue el primero en adelantar que el presidente Trump no acudiría a la ceremonia de la Zona Cero por no poder pronunciar allí un discurso, información que la CNN amplió detallando que hablará en el Pentágono y que el vicepresidente Vance representará a la Administración en el World Trade Center. La propia CNN y la agencia AP recogen la fijación del juicio contra Khalid Sheij Mohamed para junio de 2028, así como la controversia en torno a la asistencia del alcalde Mamdani. The Washington Times abre con la subida del crudo, situando el Brent en torno a los 108 dólares tras los ataques iraníes contra la navegación y la toma hutí de Moca. La CNBC insiste en el mismo eje energético, con el Brent de noviembre por encima de los 101 dólares y el West Texas rozando los 96 en la sesión del jueves. Bloomberg subraya que el Brent cerró por encima de los 101 dólares por primera vez desde julio y recoge la advertencia de un alto responsable iraní de que Teherán no piensa ceder ante el bloqueo naval estadounidense.
Agencias y prensa británica
Reuters es la fuente de las dos exclusivas de la jornada: la toma de Moca por los terroristas hutíes, con el dato relevante de que el CGRI les proporcionó armamento y asesoramiento previo, y la calificación de la oleada de ataques contra buques mercantes en el entorno de Ormuz como la mayor declarada por cualquiera de las dos partes desde el inicio de la guerra. La BBC glosa la orden procesal del juez Schrama, que él mismo describe como el andamiaje general necesario para resolver las mociones pendientes, y The Guardian recuerda que se trata del quinto magistrado asignado al caso desde 2012. Euronews y las agencias europeas mantienen el aniversario como tema de apertura.
Prensa del Golfo, árabe e israelí
Al Jazeera lidera la cobertura de Moca, con las declaraciones del presidente del Consejo de Liderazgo Presidencial yemení, Rashad al Alimi, advirtiendo de que lo que ocurre en Bab el Mandeb no es un asunto puramente yemení y de que el estrecho no puede convertirse en otro Ormuz. Gulf News sigue minuto a minuto la escalada naval y las advertencias del CGRI a las tripulaciones de los petroleros en aguas de Kuwait y Baréin. The National recoge el repliegue de las fuerzas gubernamentales hacia Dubab y la creación de un centro de mando alternativo por orden de Tareq Saleh, además de las instrucciones de emergencia difundidas por la Defensa Civil saudí. La prensa turca destaca la maniobra hutí sobre las islas Hanish y el valor de Dubab y Perim para el control efectivo del estrecho.
Think tanks y publicaciones especializadas
El CSIS (Center for Strategic and International Studies — Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales) mantiene su advertencia sobre la conversión de África occidental en el nuevo santuario terrorista global, con el JNIM y las provincias del Daesh como protagonistas. El ACSS del Pentágono aporta el recuento de víctimas mortales del terrorismo en África y la concentración del 41 % de ellas en el Sahel. El CFR (Council on Foreign Relations — Consejo de Relaciones Exteriores) documenta la permanencia del bloqueo de combustible sobre Bamako. En España, el IEEE ha publicado este verano un estudio sobre ataques y atacantes yihadistas en Francia, Alemania y España entre 2015 y 2025 que aporta las cifras de detenciones en la Unión Europea citadas en este informe.
IV. SEMÁFORO DE RIESGOS
🔴 Estrecho de Ormuz y guerra del Golfo. Riesgo máximo. Mayor oleada declarada de ataques contra la navegación mercante desde el inicio de la guerra, Brent en torno a los 108 dólares y ninguna vía negociadora operativa. La extorsión marítima se ha institucionalizado como instrumento de Estado.
🔴 Bab el Mandeb y mar Rojo. Riesgo máximo y en ascenso vertical. La toma de Moca por los terroristas hutíes y su avance sobre las islas Hanish sitúan bajo amenaza el segundo corredor energético del planeta, precisamente el que absorbía el tráfico desviado de Ormuz. Segundo teatro marítimo abierto en la misma guerra.
🔴 Sahel central (Malí, Burkina Faso, Níger). Riesgo máximo, deterioro sostenido. Bloqueo del combustible sobre Bamako, expansión del JNIM y del EIPS, ausencia de presencia occidental y decisión estadounidense sobre ataques selectivos aún pendiente.
🟠 Arabia Saudí y flanco meridional del Golfo. Riesgo alto. Cerca de cuarenta ataques saudíes sobre posiciones hutíes en una sola jornada, instrucciones de emergencia a la población civil y posibilidad de invocación del pacto de La Meca con terceros países.
🟠 Amenaza yihadista interior en Europa y Norteamérica. Riesgo alto. Aniversario redondo, guerra abierta en el Golfo y propaganda intensificada configuran una ventana de vulnerabilidad para el actor aislado. El 48 % de los detenidos en la Unión Europea son nacionales comunitarios.
🟡 Polarización política estadounidense en torno a la memoria del 11-S. Riesgo moderado, tendencia negativa. Primera ausencia de un presidente en ejercicio en el acto de Nueva York y agria controversia sobre la asistencia del alcalde de la ciudad, a menos de dos meses de las elecciones de mitad de mandato.
🟡 Comisiones militares de Guantánamo. Riesgo moderado, reputacional y jurídico. Juicio fijado para junio de 2028, con probabilidad alta de nuevo aplazamiento y desgaste añadido para la credibilidad del Estado de derecho estadounidense.
🟢 Cooperación antiterrorista hispano-marroquí. Riesgo bajo y activo consolidado. La desarticulación en marzo de una célula del Daesh con ramificaciones en Tánger y Palma acredita un mecanismo que funciona y que conviene blindar frente a cualquier turbulencia política coyuntural.
V. COMENTARIO EDITORIAL
En septiembre de 1990, once años antes de que dos aviones cambiaran el siglo, Bernard Lewis publicó en The Atlantic un ensayo titulado «Las raíces de la ira musulmana» en el que hablaba ya de un choque de civilizaciones —expresión que Samuel Huntington popularizaría después— y advertía de que lo que se estaba gestando no era una disputa política ordinaria, sino una reacción histórica de alcance civilizatorio. Se le reprochó entonces alarmismo. Once años más tarde, la ceniza de Manhattan zanjó el debate. La lección no es que Lewis tuviera razón en todo, que no la tenía: es que Occidente dispone casi siempre del análisis correcto y casi nunca de la voluntad política de actuar en consecuencia.
Veinticinco años después, el balance es el de una guerra ganada en todas las batallas y perdida en la campaña. Derrocamos a los talibanes que albergaban a Al Qaida, invadimos Irak, matamos a Bin Laden, destruimos el califato territorial del Daesh, y sin embargo los talibanes gobiernan de nuevo en Kabul, Al Qaida ha construido en el Sahel un santuario incomparablemente mayor que el afgano, y el yihadismo chií patrocinado por Teherán ha logrado algo que Bin Laden jamás consiguió: poner bajo amenaza simultánea los dos cerrojos marítimos del abastecimiento energético mundial. El error nunca estuvo en la capacidad militar, que ha sido y sigue siendo abrumadora. Estuvo, y sigue estando, en la ausencia de plan para el día después, esa enfermedad crónica de nuestra política exterior que la campaña contra Irán ha vuelto a exhibir con crudeza: un éxito militar impecable acompañado de un vacío estratégico absoluto.
Europa merece capítulo propio, y no precisamente elogioso. El continente que sufrió Madrid, Londres, París, Bruselas, Niza, Berlín, Barcelona y Mánchester sigue sin tomarse en serio su propia defensa, contempla cómo arde su vecindario meridional a tres horas de vuelo y confía la seguridad de sus corredores energéticos a una Marina que no tiene. La mediocridad y la miopía de la clase política europea del siglo XXI no son un juicio de valor: son una descripción presupuestaria. Mientras tanto, Washington oscila entre el pragmatismo eficaz de su diplomacia cuando escucha a quienes saben —y ahí están los acuerdos entre Camboya y Tailandia, o entre Azerbaiyán y Armenia, para acreditarlo— y el impulso transaccional y errático del exabrupto. Cabe confiar en que el sistema y la sensatez de quienes rodean al presidente acaben imponiéndose; sería imprudente darlo por descontado.
George Santayana dejó escrito en 1905 que quienes no logran recordar el pasado están condenados a repetirlo. La paradoja de esta efeméride es que el problema occidental no es el olvido —conmemoramos mucho y bien—, sino la incapacidad de convertir la memoria en política. Recordamos a las casi tres mil víctimas y hemos sido incapaces de juzgar a sus asesinos en veinticinco años. Recordamos las señales que no supimos leer en los noventa y volvemos a leer por separado las que se acumulan hoy en el Sahel, en el mar Rojo y en nuestros propios suburbios.
La hidra sigue viva, y le han crecido cabezas nuevas. Los Estados de derecho podemos contenerla, debilitarla, cercenarle alguna cabeza; vencerla de manera absoluta y definitiva no está a nuestro alcance, porque siempre habrá quien sepa transformar una tragedia, una humillación o una injusticia, real o imaginaria, en combustible ideológico, y siempre habrá desesperados dispuestos a prender la mecha. Lo único que está enteramente en nuestra mano es no bajar la guardia, entender la naturaleza recurrente de esta amenaza y no repetir, un cuarto de siglo después, los mismos errores que cometimos entonces. Que la memoria de este aniversario no acabe convertida en una trinchera partidista más sería, hoy, un buen principio.
Gustavo de Arístegui
Diplomático
Exembajador de España
Escritor
Analista geopolítico

